El secreto del mal, Roberto Bolaño

***

Bolaño

Tras la muerte del autor, algunos amigos como Ignacio Echevarría -mediante interpósitas personas, supongo- corrieron ansiosamente a la computadora de Bolaño para averiguar si había quedado algo, cualquier otra cosa que pudiera publicarse y, en consecuencia, siguiera acrecentando y prolongando las ganancias. Así nació “El secreto del mal”, un conjunto de diecinueve textos evidentemente truncos donde se intercalan esbozos narrativos y algunos ensayos.
Una vez conocido este proceso puramente editorial, el lector se siente tan cercano a la alarma como a una sensación de agradecimiento. Ya sabe que será testigo de una literatura no del todo autorizada, quizá carente de corrección, que no cumple con el debido y, para algunos, perentorio aval del demiurgo, destinada a quedarse suspendida a mitad de la caída o el ascenso. Sin embargo, por otro lado puede aflorar la esperanza y la curiosidad de enfrentarse a una obra que fue escrita sin pretensiones y en absoluta intimidad; una suerte de ejercicio quizá imperfecto, quizá inadaptable a las convenciones, pero honesto al impulso primero del creador todavía lejano a una intención de impacto externo, que busca infatigablemente el tono o la orientación de su historia. En otras palabras: el libro ofrece la lectura de aquello pensado con la puerta cerrada. Se podría decir, de hecho, que la sintaxis hace visible por momentos esa auto-referencialidad de quien se cuenta a sí mismo una idea a modo de sopesar su validez o grado de incitación.

Este cuento trata sobre cuatro personas. Dos niños, Lautaro y Pascual, una mujer, Andrea, y otro niño, de nombre Carlos. También trata de Chile y de alguna manera de Latinoamérica.

Lo cierto es que en la mayoría de los casos Bolaño confirma ese presumible deseo del lector por atestiguar el trazado de una cartografía desconocida, donde los contornos de su mundo aún se sienten vacilantes, de trazo tenue, dignos de quien obedece a un deseo difuso y se pregunta por su real naturaleza. A veces el lápiz se afirma y el relato, cuando no se pierde en las derivaciones propias de la búsqueda, se abandona a su curso y logra interesar al lector. Y a diferencia de lo que suele ocurrir en sus novelas, algunos cuentos de este libro, y acaso por obediencia al género, evitan caer en un clima de disipación y se muestran bien rumbeados desde un comienzo, es decir, capaces de lograr rápidamente ese deseo por ver qué va a pasar en algo que de antemano se sabe inconcluso.
Los ensayos, o esbozo de ensayos, merecen una mención aparte. Ya en sus cuentos y novelas Bolaño hace ostensible su amor por la literatura, una devoción que colinda con la neurosis e inevitablemente se filtra al territorio de sus ficciones hasta tornarse una entidad omnipresente, como un perfume que de adhiere a cada piel y a veces genera un efecto contraproducente de homogenización de sus criaturas. Mal o bien, sus personajes siempre recurren a un ejemplo literario a la hora de esclarecer un rasgo personal, o simplemente tienen un libro en la mano o por allí cerca sobre el cual el narrador no puede evitar detener un instante la mirada aunque no venga al caso. Quiero decir que se siente en todo momento la gravitación del libro como un objeto sagrado, y de la literatura como la Única Diosa, lo que habla de una preocupación permanente respecto a la incidencia de la literatura en la vida de aquellos que la leen y la producen. De ahí que en este libro Bolaño se atreva a pensar la nueva narrativa latinoamericana ya no como el trabajo de escritores de clase alta dispuestos a propiciar, sin otro cometido, un ambiente de ebullición y de ruptura de los estereotipos, sino como el deseo de ciertos intelectuales de clase baja por consolidar, inlcuso en la rebeldía, un grado de “respetabilidad”. Pero bajo esta preocupación en apariencia estrictamente literaria late un deseo ya histórico en los latinoamericanos por comprender el pasado y el destino del continente. Mirar la literatura es el modo que Bolaño siente más cercano a su competencia para analizar un síntoma que lo lleva a pensar en sus raíces y hacia qué lado esas raíces se dirigen. Tal es el caso del texto donde analiza las modificaciones de talante nacional que ha causado la muerte de Borges como figura apolínea en seguidores dionisíacos como Lamborghini, Piglia y Soriano, o el cuento-ensayo donde especula sobre la visión que Naipaul se formó de la Argentina luego de su visita en 1972.
En resumen creo que se trata de un libro para seguidores, un libro de chispazos que aunque no deslumbre sabrá provocar sonrisas y asentimientos, de escritura clara, reacia al lirismo, un libro rebelde que, personalmente, logró reconciliarme con el autor y no perder las esperanzas. También permite algunos reencuentros con viejos personajes como Arturo Belano y Ulises Lima, protagonistas de “Los detectives salvajes”, o el embrión de lo que fue el gimnasta de “Una novelita lumpen”.

Los amigos de Lamborghini están condenados a plagiarlo hasta la náusea, algo que acaso haría feliz al propio Lamborghini si pudiera verlos vomitar. También están condenados a escribir mal, pésimo, excepto Aira, que mantiene una prosa uniforme, gris, que en ocasiones, cuando es fiel a Lamborghini, cristaliza en obras memorables, como el cuento “Cecil Taylor” o la nouvelle “Como me hice monja”, pero que en su deriva neovanguardista y rousseliana (y absolutamente acrítica) la mayor parte de las veces sólo es aburrida.

Arlt y Piglia son punto y aparte. Digamos que es una relación sentimental y que lo mejor es dejarlos tranquilos. Ambos, Arlt sin la menor duda, son parte importante de la literatura argentina y latinoamericana y su destino es cabalgar solos por la pampa habitada por fantasmas. Allí, sin embargo, no hay escuela posible.

Corolario. Hay que releer a Borges otra vez.

Calificación: Bueno.
Editorial: Anagrama, Barcelona, 2007. (Edición de Ignacio Echevarría).
ISBN: 978-84-339-7143-2

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2 Comentarios

  1. Estoy de acuerdo también en que se trata de un libro de chispazos. Aunque, por ejemplo, el embrión de “Una novelita lumpen”, que es “Músculos”, es mejor o más ajustado o menos descarrilado que su resultado final. Quiero decir, prefiero “Músculos”, quizás porque, para el caso, la brevedad se me hace “más”.
    Abrazo.

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