Diario de un seductor, Soeren Kierkegaard

***

Kierkegaard

Para Jesucristo el valor primero de la humanidad, y acaso el más importante a la hora de  obtener la Salvación, estaba en el ejercicio de la ética y la fe. Más tarde (cuenta Borges) el teólogo Swedenborg agrega la cualidad del intelecto. No del todo conforme, y conocedor profundo de las aventuras y desventuras de sus predecesores, a comienzos del siglo XIX William Blake termina la tríada con el aditamento del valor religioso y estético, fiel a su pulsión romántica.  Pues bien, la obra de Soeren Kierkegaard puede interpretarse como un profundo y a veces obsesivo recorrido por los tres planos citados: ética, estética y religión.
“Diario de un seductor” forma parte de su período estético y, desde luego, abunda en digresiones filosóficas. En ese sentido, se trata de una novela que ayuda a comprender el proceso en que la metafísica se torna literaria al tiempo que la literatura decimonónica –de la mano de Dostoievski- se vuelve metafísica. Ese paulatino tránsito o superposición de mundos implica cierto desplazamiento de lo episódico al servicio de la idea, una idea en descenso, ya desprendida del mundo platónico y en proceso de encarnarse, de hacerse tangible y bella como… como una mujer. Y es la mujer, precisamente, el elemento que aquí merece tantos elogios como ataques de misoginia.

Escrito en un formato de diario íntimo, y con el intercalado de algunas intervenciones epistolares, el libro cuenta la historia de Juan, un joven intelectual con un encumbrado sentido del orden y la belleza. Juan es un seductor en constante exacerbación de sus cualidades mentales, vagabundo, cortés, atento a los detalles, que se entretiene tejiendo estrategias para conquistar a las bellas –y a veces meramente inquietantes- jovencitas del lugar. Al margen de algunas aventuras paralelas que ayudan a fijar las características del personaje en la retina del lector, el centro de la novela es la historia de amor entre  Juan y Cordelia (adviértase la referencia shakesperiana del nombre): una bella chica que vive con su tía en las afueras de la ciudad.

El argumento es simple. Juan procura un acercamiento indirecto para no hacer evidente su fascinación ante Cordelia, y hace que uno de sus amigos la visite con regularidad. De esa manera él podrá infiltrarse en el hogar de su amada y examinar, en su rol de ocasional acompañante, cada una de sus actitudes. Los gestos, las palabras, la sutil sugerencia de una fuerza más profunda, serán los elementos centrales para que Juan trace su plan de seducción. Y he aquí el principal objetivo de la novela: el delineamiento de una personalidad seductora que no pretende la mera conquista física del objeto, sino una constatación de cierto poder o don para quebrantar la voluntad ajena y ponerla al servicio de la propia, sin que por ello se pervierta el libre albedrío.  En otras palabras: el seductor de Kierkegaard no desea un simple encuentro sexual, pretende llevar a Cordelia hasta el límite y gozar de su sumisión, del espectáculo de un sistema de creencias y valores derrumbándose ante el golpe certero de un amor calculado pero en algún punto legítimo. Juan ama a Cordelia en el sentido más romántico posible, y su obsesión es contemplarla en su absoluta desnudez, escindida de todo esquema o convención. Alguien podría decir que se trata, otra vez, de una forma de poder.

Volviendo al comienzo, podría afirmarse que debajo de las reflexiones de Juan y su obstinada alabanza de lo estético, ya se perciben aquí algunas preocupaciones de Kierkegaard vinculadas a la ética y a lo religioso. Ante todo, y aunque a veces monótono en la superficie, este es un texto fermental. Un puñado oscuro de inquietudes subyace como un depósito de petróleo que espera el pretexto de una mínima perforación, la tímida chispa de un lector interesado, para emerger como un chorro de fuego por la abertura y desatar nuevas impresiones.
Una lectura imprescindible para que el amor y la conquista como rituales actualmente lesionados por las reglas del comercio, recuperen algo de su relieve y conflicto original.

A pesar de todo, ella no tiene que sentirse obligada por nada hacia mí, ya que es necesario que ella sea libre; el amor solo está en la libertad, solo en la libertad está el eterno deleite del tiempo que pasa.

Calificación: bueno.
Título original: Forfoererens Dagbog (1843).
Traductor: Joseph Club.
Editorial: Plaza y Janés, Colombia, 1994.
ISBN: 987-9049-08-X

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3 Comentarios

  1. LDL: una reseña muy puntillosa, que deja con una buena idea del libro. Además de un par de temas bastante interesantes. Por ejemplo (aclaro que no leí el libro), esta reflexión final tuya: “Una lectura imprescindible para que el amor y la conquista como rituales actualmente lesionados por las reglas del comercio, recuperen algo de su relieve y conflicto original”, de algún modo me parece algo contrapuesta con la sensación que me dejaron las líneas previas. Quiero decir, más allá de que Juan desea algo más que la conquista física del objeto, ¿en qué forma ese deseo de seducción que busca el quebrantamiento de una voluntad, el dominio y la subyugación -de hecho, al parecer, lo que busca es la posesión más absoluta-, puede venir a enfrentarse al “amor comercial” del que hablás al final? Sólo eso. Un abrazo.

  2. Hola Leo, muchas gracias por comentar. Comprendo tu inquietud… Digamos que el amor comercial puede reducirse a la fórmula “te doy para que me des” o “te doy porque me das”. En esta dinámica se percibe una clara orientación del sujeto hacia el sujeto en sí, donde el otro (por ejemplo, al amante) queda desplazado a un mero intermediario o pretexto para el placer individual.
    Me parece que Juan trasciende esa forma básica de trueque y se permite gozar del amor antes de obtener nada a cambio. Da antes de obtener. El solo desafío de la conquista es para él una forma apasionante de vida y justificación. Y en todo esto, Cordelia no es un mero intermediario. Juan trabaja y se empeña en la perfección de su estrategia para descubrir a Cordelia en su plenitud, para admirarla en un estado puro y descontaminado de belleza, para hacer visible su estética inherente pero oculta por el recato y la acción de los marcos de la cultura… De ahí que no quiera quebrantar el libre albedrío de Cordelia. La sola atenuación de este valor humano dejaría obsoleta su teoría. Esa subyugación no es, en realidad, el objeto de placer de Juan; sino una mera consecuancia de esa desnudez, de ese ser entregado al amor más puro, devuelto a la pulsión original de sus instintos.
    Desde luego, me dirás, que todo lo que Juan hace está orientado a recibir a largo plazo una gratificación a cambio de su esfuerzo. Sí, pero una gratificación estética que en algún plano logra desprenderse del narcisismo del comercio y da otro relieve a la cuestión.
    Digamos que para Juan, entre el “te doy” y el “me das”, hay un abismo. Y el goce verdadero está, de algún modo, en hacer que esos dos puntos, esos extremos u orillas, sean el pretexto: la condición necesaria para que el abismo exista y uno pueda acercarse a mirarlo, hacerse preguntas sobre su origen, su naturaleza, su fondo, su misterio…
    Si Juan busca un rédito, es un rédito inasible que permite descubrir las facultades ajenas y propias.
    Un abrazo grande y gracias de nuevo.

  3. Excelente reseña, estropeada por la frase final con cierto tufillo “anticapitalista” y demagogo. Las explicaciones dadas a Cabrera me recordaron algunas lecturas aburridas de Deleuze, quien acostumbra a regalarnos un tour indeseado por deslucidos laberintos oratorios (“no aclaren que oscurece”).
    En toda actividad humana está presente el comercio, nos guste o no, nos demos cuenta o no. Basta vivir o leer el Arte de Amar de Fromm para saberlo. Alguien dijo con acierto “la pureza de las estrellas es una cuestión de distancia”. El amor, como actividad humana suprema, es complejo y exhuberante en contenidos. No leí el libro -aunque lo tengo- pero gracias a la magnífica reseña me atrevo a decir que el nombre de Juan no fue elegido al azar (chocolate !) y lo que Juan pretende es una sumisión absoluta con visos de un dudoso libre albedrío, revelado por el inicio del parrafo citado: “a pesar de todo”. Juan esta pergeñando una relación que ya intuye imposible, porque ningún ser vivo puede subyugarse tan completamente y ser libre al mismo tiempo.
    Y lo del comercio ? Fromm (tal vez no esté de moda) lo plantea de manera radical y sincera: en el mundo social, cada individuo representa un valor y con ese valor cotiza en el “mercado afectivo”; da algo y pide ser recompensado en la misma medida o más. No se me malentienda, no estoy hablando de dinero, pero el dinero está incluído, al igual que la posición social, el intelecto, la sensibilidad y las cualidades morales y físicas. Intuyo que la Cordelia del libro, al igual que la otra más célebre, no es pobre en espíritu ni una indigente, no pertenece a una clase social más baja que el seductor, quien buscó su objetivo para ser compensado en equidad al menos, con lo que él cree valer.
    El comercio “vive y lucha”, en cada uno de nosotros, lo sepamos o no.

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