Cuentos, Cesare Pavese

Pavese

Pavese

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Con los versos que citaré a continuación, Pavese ilustra poéticamente el espíritu y la mirada del mundo que, yo estimo, también logró construir en su narrativa: “Lo spiraglio dell’alba / respira con la tua bocca / in fondo alle vie vuote.”
El aura matinal, su respiración por las calles vacías, son estados del alma (amén de escenarios típicos) en los cuentos que se convocan en esta reseña.
El campo italiano, la campiña, los pequeños pueblos, sirven como punto de partida y, a la vez, de llegada. Los personajes se buscan a sí mismos en esos lugares: buscan su esencia, su huella, algún rastro que, inútilmente, hubieran dejado desperdigado por las calles o los caminos que transitaron en su infancia, y que, en el momento del relato de los cuentos (como adultos que hacen memoria, pero que sienten aún como niños pequeños), trataran de que, como las migas de Hansel y Gretel, los volvieran a conducir a casa, o al menos, a algún lugar familiar, de referencia. Pero no… en el triste mundo de los cuentos de Pavese, las referencias se desdibujan en el trayecto de la vida de los personajes, y cuando están listos y maduros para vivir, o al menos eso parece, “vendrá la muerte y tendrá sus ojos”.
En esa visión desencantada de la vida, en ese eterno canto cuyo estribillo parece comulgar con el refrán “Dios le da pan al que no tiene dientes”; allí, decía, los personajes viven y se desviven por relacionarse y lograr la felicidad.
Si bien casi todos los cuentos funcionan, hay dos que merecen un tratamiento especial en esta reseña: “El nombre” y el mejor del volumen, llamado “El ermitaño”.
En “El nombre” la búsqueda de ese pasado glorioso, el intento por recuperar el paraíso perdido, se da con el recuerdo del narrador ante la reconstrucción de su infancia junto a su amigo Pale. Mientras este último huía de su casa, y su madre lo llamaba a gritos desesperados todas las tardes, ambos ansiaban el momento de encontrar a la víbora, de cuya existencia dudan, pero aún así la respeta y le temen, como sucede con todo mito infantil.
En “El ermitaño”, Nino, un pequeño niño, establece una relación de padre a hijo con un veterano ermitaño que la sociedad mira de soslayo y con desprecio. El niño aprenderá mucho de este señor, y el padre del párvulo, y a la vez todo el pueblo, tendrán que aceptar que no se trata de un loco vagabundo, sino de alguien a quien temen, como suele suceder con todo excluido, a causa del desconocimiento que recae sobre su modo de vida y sus valores.

Era mediodía y volvía a casa fatigado bajo el agua, cuando desembocó sobre la plaza un gigante hirsuto y rubio, envuelto en una desteñida capa militar. Cuando estuvo en el umbral, abrió la capa y allí estaba Nino, cabeza y piernas colgando como un cabrito, que se puso de pie avergonzado.–Este muchacho está embarrado –dijo con una voz alegre y ronca. Le corrían gotitas por la barba rubia y la capa exhalaba el olor de las cañas mojadas. Niño lo miraba encantado, aunque se le veían bajo las gotas rastros de lágrimas recientes.–Si con el buen tiempo quieren venir a respirar un poco de aire –dijo el gigante muy serio– no digo que no, pero cada cual tiene su casa, hasta los animales.Me saludó con una inclinación de la cabeza, y se fue con los pies enormes de barro.

Calificación: bueno.
Título original: -
Traducción: Rodolfo Alonso.
Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1971.
ISBN: -

Una minúscula rueda dentada, Eduardo Aguirre

Aguirre

Aguirre

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En “Una minúscula rueda dentada” aparecen todos los elementos narrativos que consagran a un buen aprendiz de Mario Levrero: el gusto por el policial, el minimalismo fragmentario de las “Irrupciones”, el tono absurdo y delirante de la literatura fantástica o, por lo menos, extraña.
Eduardo (protagonista homónimo al autor), un escritor frustrado y reciente ex esposo, encuentra a su gato muerto en la heladera, con un tenedor en la cabeza, y se dispone, junto a su amigo Gutiérrez, a resolver el caso. Luego de repensar todas las hipótesis, y matar al mayordomo (primer sospechoso) y luego a Gutiérrez, su único amigo, Eduardo se queda solo.
Esa soledad lo hace darse cuenta de su patética condición como individuo. Por lo tanto, se decide a combatir la insoportable languidez: desentierra al cadáver de Gutiérrez para sentarlo frente a él y hablarle. Obviamente, el resultado de este intento, mejor dicho, de este manotazo de ahogado, es mucho más deprimente. Ser testigo de la descomposición del cadáver lo hunde aún más en la depresión e inacción. En este punto, el personaje se destruye lenta pero irrevocablemente: recuerda a cada uno de los integrantes de la trágica familia de “El séptimo continente” de Michael Haneke; o también, por supuesto, nos recuerda a los neuróticos personajes de Levrero y Polleri (indiscutida línea hereditaria de Aguirre), con tintes de cine gore y de terror clase B.
Al fin, la aparición del personaje de Adela es lo que hace emerger al relato de la profundidad pasiva en la que se había hundido. Desde la intromisión de esta mujer gorda y paranoide el cuento expone, sin dudas, su mejor color.
Con su segundo libro publicado, Eduardo Aguirre se posiciona en terreno firme y aporta su vuelta de tuerca a la maquinaria de la literatura fantástica uruguaya.

Cuando finalmente nos deshicimos de Gutiérrez, llevándolo a la cocina, y después de que ella buscara en los estantes unos cuchillos muy afilados, me fue explicando los sectores donde debía cortar y triturar cada articulación de mi amigo para achicar su figura. Parecía una profesional. Mis manos se llenaban de sustancias viscosas al igual que el delantal celeste que ella llevaba puesto. Cada tanto llevaba la mano hacia la frente, se secaba el sudor y se manchaba la cara con esas sustancias. No era sangre. Ya hacía tiempo que ni una gota le quedaba a mi amigo. Se trataba de otro tipo de sustancia viscosa muy parecida a la baba.
La parte que más dio trabajo fue la cabeza, y de esa parte se encargó ella. Cuando terminamos el trabajo y pusimos los pedazos de mi amigo en una bolsa de residuos, ella me miró a los ojos y me dijo, “Mi nombre es Adela, y ya le aviso que los fines de semana no trabajo”.

Calificación: Bueno.
Trópico Sur Editor, Maldonado, 2013.
ISBN: 978-9974-8386-2-8

El existencialismo y la sabiduría popular, Simone de Beauvoir

de Beauvoir

de Beauvoir

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Es un hecho tan plausible como infrecuente que no podamos encontrar, en un libro de ensayos filosóficos, dos de las mayores virtudes que puede haber en este tipo de libros: 1) claridad en las ideas expuestas, sin por eso perder su profundidad; 2) estilo y belleza en la escritura, mediante ejemplificaciones y un manejo casi artístico de la sintaxis, el léxico y las expresiones.

En el caso de la francesa Simone de Beauvoir (1908-1986) este encuentro de virtudes es moneda corriente. Al igual que Jean Paul Sartre, su compañero de ruta, Simone de Beauvoir se preocupó sobremanera por comunicar de forma óptima las ideas de la filosofía existencialista, dado que siempre habían tenido problemas con la recepción un tanto desfigurada que los lectores se iban haciendo de dicha escuela de pensamiento.

Esta es la intención y el tono principal del primer ensayo del libro, que da título al conjunto (recopilación de textos publicados originalmente en la revista Les Temps Moderns, durante 1945 y 1946): romper con las falsas ideas preconcebidas en torno a la filosofía existencialista.

El primer punto, entonces, al que responde agudamente la filósofa francesa, es al que pretende corresponder al existencialismo con una filosofía pesimista que solo se ocupara de resaltar las miserias humanas. De Beauvoir dice que no hay nada más optimista que afirmar que el hombre es libre, que no está atado a ningún tipo de determinismo. Lo que le causa repulsión a la gente, en realidad, son las consecuencias de ser libre: son muy pocos los que podrían encarar toda una vida siendo permanentemente responsables de sus actos. Además deberán enriquecer de un sentido subjetivo y arbitrario una vida que no posee ningún valor o sentido en sí misma, a priori de nuestra existencia. Estas dos preocupaciones, la responsabilidad ante la libertad y el sentido subjetivo de la vida, despojan a los hombres de la comodidad en la que están sumidos en tanto conciben ciertas reglas de juego como límites ya dispuestos, infranqueables, inmodificables.

Si el hombre no puede modificar su esencia, si no puede asir su destino, no le queda sino aceptarlos con indulgencia ahorrándose las fatigas de la lucha. El existencialismo, poniendo su suerte en sus propias manos, viene a turbar ese reposo.

En el segundo ensayo, “Idealismo moral y realismo político”, la autora se ocupa de enfrentar dos posiciones con respecto a la filosofía práctica: el idealismo moral y el realismo político. Ejemplifica ambas posturas con los personajes trágicos de Antígona y Creón. En Antígona, vemos al idealismo que necesita que haya principios trascendentes que ordenen lo que ocurre acá abajo, así como tranquilicen la conciencia del que actúa. En Creón, por el contrario, se encarna la figura del realista, que, preocupado por los intereses de la ciudad, no vacilará en recurrir a cualquier medio para cubrirlos.

De Beauvoir no escatima al enjuiciar los vicios de las dos formas de pensar la ética: “En el primer caso, eligen obedecer a una necesidad interior, se encierran en la pura subjetividad; en el segundo caso, deciden someterse a la necesidad de las cosas: se pierden en la objetividad.”

Pero lamentablemente para quienes, de una forma u otra, se ubican en una de estas categorías para ahorrarse el trabajo de pensar por ellos mismos la moral, la filósofa propone que:

…la política no puede dejar de decidir, de elegir. No encuentra en las cosas, ni en el plano del ser, ni en el de los valores, ninguna respuesta definitiva. En cada nueva situación es necesario que nuevamente se interrogue sobre sus fines, que los elija y los justifique sin ayuda. Pero precisamente es en ese libre compromiso que reside la moral.

En el tercer ensayo, llamado “Literatura y metafísica”, la autora de “El segundo sexo” nos cuenta su experiencia como lectora y los conflictos que la lectura generaba en ella. Este conflicto partía de reconocerle valor tanto a la literatura como a la filosofía, puesto que ambas son formas divergentes y necesarias para llegar a la verdad. Realiza una dura crítica contra las llamadas “novelas filosóficas” en tanto estas subsumen el hecho literario a la mera transmisión de contenido conceptual.

En el valor particular de cada una de las dos formas de escritura es que el existencialismo ha completado su sistema: considérese que desde Kierkegaard, los filósofos de la existencia han sentido la necesidad de escribir tanto ficción como tratados y ensayos complejos.

No es por azar que el pensamiento existencialista intenta ahora expresarse tanto por tratados teóricos como por ficciones: es que se trata de un esfuerzo por conciliar lo objetivo y lo subjetivo, lo absoluto y lo relativo, lo intemporal y lo histórico; pretende captar la esencia en el corazón de la existencia; y si la descripción de la esencia revela la filosofía propiamente dicha, sólo la novela permite evocar en su verdad completa, singular, temporal, el surgimiento original de la existencia. No se trata aquí para el escritor, de explotar en un plano literario verdades previamente establecidas en un plano filosófico, sino de manifestar un aspecto de la experiencia metafísica que no puede manifestarse de otro modo.

En el último ensayo, “Ojo por ojo”, de Beauvoir analiza minuciosamente la imposibilidad de lograr la justicia mediante el odio y la venganza que se desatan de un acto criminal. Tanto el impulso de la justicia por mano propia (que, para la autora, no es expresión reflejante de una subjetividad racional ni libre, además de que es una amenaza constante que implicaría el surgimiento de la tiranía) como la frialdad distante del mundo que conforma la burocracia judicial y sus “sanciones”, están limitados en su búsqueda eterna por lograr la plenitud justiciera. Sin embargo, no se debe renunciar a hacer justicia debido a esa imposibilidad, pues en el gesto mismo de la justicia está desarrollándose la libertad.

…todo castigo comporta una parte de fracaso. Pero tanto como el odio y la venganza, el amor, la acción, implican siempre un fracaso, y eso no debe impedirnos actuar, amar; pues no tenemos solamente que comprobar nuestra condición sino, en el seno mismo de su ambigüedad, elegirla. Sabemos suficientemente, al presente, que es preciso renunciar a mirar la venganza como la conquista serena de un orden razonable y justo. Y, no obstante, debemos aún querer el castigo de los auténticos criminales. Pues castigar es reconocer al hombre como libre, en el mal como en el bien; es distinguir el mal del bien en el uso que el hombre hace de su libertad; es querer el bien.

Calificación: Bueno.
Título original: “L`existencialisme et la sagesse des nations” (1948).
Traducción: Juan José Sebreli.
Editorial: Siglo Veinte, Buenos Aires, 1969.
ISBN: -

Equilibrio, L. S. Garini

Garini

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Este año se conmemoran 110 años del nacimiento (y 30 de la muerte) de uno de los escritores más extraños de la literatura uruguaya. Nos referimos a L. S. Garini (seudónimo de Héctor Urdangarín). Preocupado más por su escritura de sintaxis pulida, rupturista y extravagante que por un perfil de intelectual comprometido o de figura pública, Garini construye una obra que conjuga las manifestaciones vanguardistas y el incipiente existencialismo, ambos probablemente adquiridos de su estadía parisina ocurrida del 1937 al 1938.
Pablo Rocca expone en el prólogo a “Equilibrio” (escrito entre 1950 y 1951) que, siguiendo el mismo destino que, por ejemplo, Felisberto Hernández o Armonía Somers, la crítica literaria coetánea no pudo comprender totalmente la obra de Garini con las herramientas hermenéuticas y valorativas usuales. De ahí que Rama, más adelante, tenga que establecer la denominación de “raros” para todo el que no siguiera una cierta tradición escritural.
Benedetti opinó que el uso abusivo e inusual del etc. o de las comillas terminaba por establecer un distanciamiento con el lector.
De todos modos, la narrativa de Garini, a la luz de la filosofía existencialista o del psicoanálisis, será dotada de una nueva valoración, atendiendo, por ejemplo, a la relación de ciertos elementos estético-discursivos con síntomas del narrador, entendido como sujeto lingüístico; o proponiendo, bajo una óptica sartreana, que las distintas acciones de los personajes giran en torno a la angustia que nace de la imposibilidad de escapar de la libertad; o, de un modo más kafkiano, establecer que el relato es una alegoría de la frialdad y la tristeza del hombre moderno, dado su estado de alienación con respecto a la sensibilidad esencial del alma humana.
En la primera parte del relato, el narrador, anónimo, se siente obligado a marcharse de su casa al constatar, mediante una observación algo trunca, que su esposa lo engaña. La angustia, en realidad, comienza a nacer a partir de la constatación de que nadie, excepto él, es, podríamos decir, un sujeto consciente: del amante solo se conocen sus piernas, velludas y fuertes como las de un animal (en un sueño, el narrador representa al amante como un caballo ciego que lo defeca encima, y en la vigilia, con las ladillas que le contagió); Joaquinita, al salirse de los límites valóricos dentro de los cuales el narrador supone que la conoce, también se convierte en un Otro incomprensible; los individuos con los que se va topando el narrador durante su autoexilio (dedicado a interpretar su situación existencial) son toscos, irreflexivos, carentes, al parecer, de un alma, una conciencia o una subjetividad: el granjero lo agrede gratuitamente, los hombres del bar se burlan de su soledad, las prostitutas que lleva al hotel lo agreden psicológicamente mientras le roban. Y él, receptáculo de todo el mal del mundo, termina por convencerse de que la culpa de dicho mal es suya. Cuando todo parece volver a la normalidad, podemos leer la siguiente reflexión:

Por la mañana era yo otro hombre. Mi cabeza empezó a trabajar con gran actividad. Se sucedieron varios proyectos de reforma en el apartamento. Tendría, además, que hacerle un obsequio valioso a Joaquinita. Reconozco, aun cuando me duela mucho pensarlo, que todo esto ha sido una válvula de escape para ella. Lo necesitaba tal vez. Un hombre como yo, siempre a su lado. Hay una diferencia en nuestras vidas. Lo veo con claridad. Es una diferencia muy grande. Joaquinita llena mi vida por completo. En cambio, yo creo estar muy lejos de satisfacer todas sus aspiraciones. Le quedan muchas horas libres durante el día y piensa mucho. Lo he notado. Debe ser una mujer con mucha imaginación. Hay que llenar esas horas, hay que buscar algo para que se entusiasme, me dije: hay que espantar los malos pensamientos.Y fue entonces que se me ocurrió lo del piano.

De este modo, el piano pasa a representar un intento de escisión del Yo. A la vez que pretende culturizar el instinto de Joaquinita (y cambiar el objeto de sus pulsiones: del amante al piano), sirve como objeto que convierta en presencia los momentos de ausencia del marido. El piano, en su doble presencia (presencia de la Cultura frente a las pulsiones, y presencia simbólica del marido frente a la ausencia real del mismo), opera como un Superyó encargado de moralizar a Joaquinita, como en una estupenda escena de “Un perro andaluz” en la que el individuo no puede acercarse a la mujer de sus deseos debido al peso de un piano, un burro muerto y unos curas que lleva a cuestas, amarrado a estos por una soga.
En la segunda parte del relato, la voz narrativa (y por tanto, la nueva conciencia organizadora) pasa a pertenecer a un presunto vecino del edificio que habría percibido, en el mismo momento que el protagonista-narrador de la primera parte, el engaño de la esposa y todo el éxodo del protagonista, su estadía en el hotel y su regreso al hogar con el piano de obsequio. En esta segunda parte, vemos cómo el personaje que al principio narraba y que, por tanto, tenía conciencia de sí (era, digamos, un sujeto) y que, además, se distinguía de la animalidad-objetivación con que calificaba a los Otros, pasa a integrar la narración de una conciencia externa, la del presunto vecino, que es a la vez una especie de espía-escritor, o posiblemente, representa la tutela de Garini en su propio relato. Una vista panóptica. Entonces el protagonista, depurado de su conciencia y de su voz, también va a formar parte de los Otros incomprensibles, objetivables o animalizables. Pasa a pertenecer a las representaciones de la mirada de un Otro que organiza y califica a los entes que, como él, tan solo participarán, de ahí en más, pasivamente de la historia.
Se puede concluir que ese juego de subjetivación consciente y objetivación impulsiva o irracional al que acude Garini corresponde a la ilustración de un vacío, de una obturación, inherente al conocimiento humano del “Otro”: no se puede conocer totalmente al Otro, y de esa imposibilidad surge la angustia. Entonces, del mismo modo que el narrador primero se pregunta:

¿Cómo ha podido llegar a esto? […] Joaquinita que es tan limpia, ¿cómo admite a ese hombre en su intimidad?, no salgo de mi asombro.

el segundo (¿vecino con respecto al protagonista?, ¿Garini con respecto a los personajes?, ¿Urdangarín con respecto a Garini?) confiesa, analizando al primero:

Me estaba prohibido conocer los límites de su desdicha, y la hondura de su sufrimiento  […] Nada de eso lograría saber, y es lo que más me hubiera interesado.

Calificación: excelente.
Editorial: Banda Oriental, Montevideo, 2013.
ISBN: 978-9974-1-0129-6

Disturbio en Julio, Erskine Caldwell

caldwell

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Si somos conscientes de que entre la abolición de la esclavitud “de derecho” en los Estados Unidos, en 1863 bajo la dirigencia de Abraham Lincoln, y la “de hecho”, acontecida recién en los años 60 del siglo pasado (si tomamos las campañas de desegregación como fenómeno válido para hablar de una verdadera “abolición” de desigualdades civiles) pasaron más de cien años, entenderemos mejor la hipótesis de la “larga duración” que sostenía Braudel. Y debido a algunos hechos ocurridos no hace mucho en Uruguay, y, sobre todo, debido a las respuestas populares, entre irónicas y burlescas, que desataron tales hechos, podemos decir que el racismo es un tema que no ha acabado, y que una novela como “Disturbio en Julio” (1940) aún tiene mucho que comunicarle no solo a Uruguay sino también al resto del mundo.

Si bien algunos personajes saben, y muchos otros sospechan, que la acusación de la activista religiosa Mrs. Narcissa Calhoum hacia el cultivador negro Sonny Clark es una acusación falsa, inventada por ella para llevar a cabo una campaña cuya misión es juntar firmas para excomulgar a todos los negros al África a fin de culminar con la circulación de “biblias negras” entre los negros de Georgia; el pueblo decide perseguir y castigar al acusado de violación a una mujer blanca les cueste lo que les cueste. La búsqueda la encabeza el padre de la presunta violada, Shep Barlow, arrendatario de una parcela importante de un gran terrateniente. Como las elecciones se acercan, el sheriff McCourtain no quiere entrometerse en un proceso legal para con el acusado, pues sabe que perderá votos: la gente quiere ver morir ahorcado al negro “violador”, no tras las rejas como la ley indica. Pero el sheriff no podrá seguir en el molde cuando las hordas bestiales que buscan a Sonny, deciden tomar de rehén a Sam Brinson, un negro inocentón amigo del sheriff, que pasaba algunas temporadas en la prisión de McCurtain debido a negociar autos cuyas matrículas no habían sido saldadas antes de su transacción. Nada grave para ese contexto histórico, por cierto. Entonces, la amenaza del pueblo de aniquilar a Sam si no lograban encontrar a Sonny pone a McCurtain en acción.

Horacio Bernardo, en un artículo reciente, comenzó a operar con ciertas hipótesis interesantes bajo algunos conceptos propios como “la falacia de las minorías”, la cual obedece, entre otros, al siguiente punto: dado un hecho individual reprobable que tiene como víctima a un integrante de alguna minoría, el hecho se tomará como ataque al colectivo minoritario y no a la víctima individual. Si bien esta hipótesis puede tener cierta actualidad en nuestra sociedad, en el tiempo y el país de Caldwell la ley tenía muchos matices: dado un acto reprobable (haya sido real o achacado falsamente) de un negro hacia la comunidad blanca, el hecho es interpretado, bajo una óptica racista, como un síntoma de discapacidad de la población negra en su totalidad, no como un hecho de mala fe o de equivocación del individuo particular que lo comete.

Es innegable, no obstante, que el mismo prejuicio que la población sureña tuvo con los negros, nosotros lo estamos experimentando con los planchas o, en léxico político-espectacular, con los “menores infractores”.

La excelencia de esta novela radica, además de en la maestría de la prosa o del desarrollo paciente de la irrevocable trama (cuya estética cruel, realista y grotesca varía mucho del estilo, por ejemplo, de la narrativa cuasi-fantástica de Robert Nathan, neoyorkino que escribió y publicó durante el mismo período), radica sobre todo en la vigencia del tema de la violencia y el racismo que describió, tristemente, la mayoría de los hechos históricos de América del Norte.

Desde allí, les era posible ver el cuerpo del negro, balanceándose sin vida de una rama que había sido desgarrada por los disparos. Todavía quedaban cuarenta o cincuenta hombres, por lo menos, diseminados en pequeños grupos, alrededor del árbol. Otros se marchaban. Se oyó el motor de un par de coches que partían desde las proximidades del puente hacia algún sitio.

(…)

Desde la otra orilla, Katy Barlow estaba vadeando las aguas. Ninguno de los hombres que estaban alrededor de los árboles se había percatado de su proximidad, pero ella se encontraba ya a menos de media docena de metros. Se detuvo y miró el cuerpo de Sonny, que giraba lentamente en la cuerda.

- Él no lo hizo –gritó la muchacha de modo discordante, con el registro más agudo de su voz.

Calificación: Excelente.
Título original: “Trouble in July” (1940).
Traducción: -
Editorial: Libros Plaza, Barcelona, ¿año?
ISBN: -

Nota: La falta de datos bibliográficos que me aqueja en esta reseña se debe a la ausencia de las páginas iniciales de mi ejemplar, así como también se debe a la inexistencia de datos en internet sobre la edición que manejo. Las disculpas del caso.

Kyra Kyralina, Panait Istrati

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Panait Istrati, el “Gorki de los Balcanes”, nació en Brâila en 1884. Esta ciudad del este de Rumania, debido a las diferentes invasiones y flujos migratorios que ocurrían con frecuencia desde la Edad Media, posee una riqueza cultural muy vasta: griegos, turcos, árabes y rumanos pueblan sus calles y atienden sus negocios.
El lugar ha tenido otros nombres, que con frecuencia son mencionados por el propio Istrati: Drinago, Proilava. Esto se debe a la cantidad de lenguas que se hablan en dicho entorno.
Todo este preludio histórico no es gratuito: en la novela, escrita en adquieren una relevancia notoria la pluralidad de lenguas, así como las ferias típicas del lugar.
Los personajes hablan en varias lenguas y deben llegar a un acuerdo para comunicarse. Cuando esto no sucede, la información suele quedar trunca y los personajes utilizan esa ventaja lingüística que pueden tener con respecto a otros (hay quienes hablan griego y no turco; los hay quienes hablan turco y no rumano, etc.) para mostrar u ocultar información.
Istrati utiliza ese juego de lenguas para ir construyendo los vínculos entre los personajes y no falla en ese sentido: es un punto a favor.
Por lo demás, la novela se estructura en tres grandes capítulos, cada uno de ellos titulado como un personaje. El primero se llama Stavro (que será el protagonista, aunque este rótulo sea confuso, debido a que toda la perspectiva o punto de vista desde el que se nos presenta la historia correspondan a Adrián), el segundo Kyra y el tercero Dragomir, que es el verdadero nombre (luego entenderemos por qué el cambio de identidad) de Stavro.
Adrián es un joven que quiere independizarse de su madre, salir en busca de su propia vida y convertirse en un hombre. Para eso, consigue trabajo en la feria y se despide de su madre, al mejor estilo emotivo, como cuando la madre de Lázaro deja en manos del ciego a su querido hijo. En uno de sus típicos paseos nocturnos, Adrián se encuentra, luego de mucho tiempo, con Stavro, un viejo amigo. Entonces, Adrián se dispone a narrar la historia de Stavro. Este proyecto le consume el resto de la novela. Adrián se sube a una carreta con un par de amigos y se encaminan al pueblo donde tendrán un puesto de venta de granos y otros comestibles. En uno de los parajes que hacen durante el largo camino, Stavro le había intentado robar un beso y cuando Adrián se despierta, y los otros hombres intentan hacer justicia y castigar a Stavro, este comienza a sollozar y se dispone a contar su historia, para que no lo juzguen sin saber cómo ha llegado a ser como es.
Y la historia de Stavro es, en realidad, la historia de Dragomir, el niño que supo ser, y la de su hermana Kyra, que junto a su madre atendían los placeres de los hombres y sacaban réditos por ello. De vez en cuando, el padre de los chicos y el hijo mayor, que vivían en otra casa, llegaban a la casa a golpear a la madre. Esta se cubría el rostro para no quedar desfigurada y poder seguir atendiendo a sus clientes.
Llegó un momento en que ni la madre ni los niños pudieron seguir soportando el avasallamiento del padre y el hermano mayor y tomaron medidas al respecto. Idearon un magnifico plan. Desde ese entonces, Dragomir y su hermana Kyra tuvieron que comenzar una vida errante y nómade. Aquí la novela adquiere un tinte entre bucólico y pastoril, si bien la naturaleza no se idealiza; los maleantes que quieren engañar a los dos niños están presentes todo el tiempo, así como las personas que los quieren ayudar. En este sentido, hay una ambigüedad estética: las descripciones de los espacios son bucólicos; las descripciones de los personajes y sus almas son realistas.
Esta combinación de estilos ayuda a la consolidación de una perspectiva del mundo que, además, responde a la complejidad del mundo rumano, que a la vez, concentra en su composición elementos del mundo oriental y del occidental; que a la vez ha sido comunista y que ha tenido un gobierno de ultraderecha como la Guardia de Hierro.
Sin duda, la mística que genera este tipo de países ha fomentado al gusto por lo exótico y lo fantástico que los países europeos tienen, en general, con respecto al Tercer Mundo: la América Latina que llega a Europa es el Macondo de García Márquez. De la misma forma, la Rumania de Drácula que nos ha llegado a través de la pluma de Bram Stoker, un negociante y escritor irlandés, dista mucho de la forma en que la narrativa de Istrati muestra Rumania. Y ese es un factor que hay que tener siempre en cuenta.

Habían transcurrido cuatro años desde que Adrián escuchara de labios de Stavro la historia de Kyra. Cuantos esfuerzos realizara desde aquella fecha queriendo encontrar al salepgdi para ofrecerle el testimonio de su afecto y sincera amistad, resultaron inútiles. El desgraciado “botillero” no aparecía en parte alguna, acabando Adrián por creerle muerto.Y la ya muy agitada existencia de nuestro joven, siguió su destino.
Pero esta vez el destino se hallaba a su servicio, ya que le facilitaba lo que más le interesaba en la vida: penetrar en lo profundo del alma humana. A pesar de que estas almas a que el joven gustaba asomarse, eran poco comunes y de muy difícil descubrimiento en medio de la multitud anónima, él supo buscarlas, supo descubrirlas, aunque muchas veces fuera la casualidad quien se las presentara.

Calificación: muy bueno.
Título original: “Kyra Kyralina” (1923)
Traducción: Ramón Hervás
Editorial: Caralt, Barcelona, 1977.
ISBN:84-217-4220-5

El fideo más largo del mundo, Bernardo Jobson

Jobson

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Volver a ciertas cuestiones, a veces, se hace inevitable. En este caso, es menester volver a la cuestión del canon, de los escritores consagrados y olvidados. ¿Por qué un escritor con el talento de Bernardo Jobson es un olvidado? ¿Por qué su nombre no integra la mayoría de las antologías de la literatura argentina? No parece ser una razón alegar que es santafesino, porque además de que sus cuentos están ambientados en Buenos Aires, hay abundantes muestras de que buenos escritores del interior argentino han asomado la cabeza. ¿Entonces? ¿Importa su origen judío? En ese caso, Verbitsky no sería, como es, uno de los autores argentinos más leídos en la actualidad. ¿Habrá que resignarse a la simple hipótesis de que la trascendencia en el ámbito literario pertenece más al azar que a la calidad literaria del autor? No. Una proposición un poco menos aleatoria sería pensar en el aparato propagandístico que muchos escritores han hecho maquinar en torno a su figura y a su proyecto escritural. No hay mucha distancia entre la calidad literaria, ni entre el estilo de las prosas, un poco desordenadas, donde predomina el estilo indirecto libre, de Cortázar y de Jobson. ¿Por qué Cortázar trascendió y Jobson no? Porque Cortázar se habría puesto en campaña para trascender, y Jobson no. El primer autor publicó muchas obras, del segundo solo aparecieron un par de cuentos dispersos en varias revistas, y este volumen los recopila. El gran cronopio, además, integró el conocido “boom” latinoamericano, en el cual integró una suerte de red intelectual de izquierda, donde además de escritura, había que investirse del personaje que conllevaba ser un intelectual de izquierda: encabezar movimientos revolucionarios, dar conferencias, mantener correspondencias con autores de otros países, otorgar entrevistas, vivir cien por cien la vida del escritor comprometido, al estilo de Saramago o Sartre. Jobson, escritor de perfil más bien bajo, es como ese regalo de navidad cuyo paquete es pequeño y feo, y todos los niños dejan para abrirlo al final. Cuando lo abren, se dan cuenta de que el regalo es tan bello (o tal vez más bello) como cualquier, pero cuesta decidirse y abrirlo.

Se puede decir que en este conjunto de cuentos percibimos un proyecto coherente: hay temas recurrentes (como el padecimiento, la tristeza y la imposibilidad del ser humano para modificar ciertas situaciones más o menos incómodas), hay un tono humorístico que condimenta, inequívocamente, esos temas serios. Recordemos la fórmula de Bergson: la risa viene a ser la corrección de una situación irregular con respecto a la cotidianidad, el bálsamo de cualquier anomalía. Y hay, además, un estilo prosístico que nos recuerda, inevitablemente, a Julio Cortázar (aunque en el punto de vista con el que el autor capta el mundo, podemos divisar, si hubiera existido tal conexión, a Felisberto Hernández); a ese Cortázar en cuya narrativa confluyen, a veces armónicamente y a veces caóticamente, el mundo “real” y el mundo mental de los personajes.

“Despelote a la hora del balance” abre el volumen y es uno de esos cuentos críticos con la burocracia de un país, muy en la línea benedettiana. Tal vez lo más flojo del libro.
En “Los caballos no saben que es domingo” se asoma una de las pasiones de Jobson: las carreras. El escenario se vuelve un poco onírico cuando gana el caballo que nadie esperaba y que nadie consideraba como favorito.
“Si viene el cinco” es el otro cuento en donde el mundo de los hipódromos toma protagonismo. Esta vez, con un tono un poco más realista y desalentador.
“Frío”, un cuento dedicado a Abelardo Castillo, es uno de los puntos altos del libro: un hombre no consigue trabajo y está a punto de ser echado de la pensión en la que reside, en pleno invierno.
“Te recuerdo como eras en el último otoño” es de esos relatos en los que la carcajada está asegurada: un hombre está imposibilitado para ir a trabajar porque le ha salido un grano en el culo.
En “Vanitas vanitatis”, uno de los cuentos más cortos del volumen, nos adentramos en la peligrosa relación entre Aníbal Troilo y la guitarrista que lo acompaña.
“Una vez que caen” es un cuento de boxeo cuya trama es notoriamente similar a la de “Por un bistec” de London. El boxeador veterano, pobre y tercermundista está destinado a perder con un joven negro norteamericano. Otra vez, la distancia entre púgiles es ineludible y trágica.
En “Una de las cuestiones judías”, dos judíos parecen ser amenazados por llamadas telefónicas de unos maleantes filonazis, hasta que se hartan y toman cartas en el asunto.
“Generalmente en setiembre” es un cuento ambientado en la guerra de las Malvinas (aunque esto nunca se explicita del todo) y narra la difícil relación entre unos presos que se abstienen de combatir y el arrogante guarda que los vigila. Es el cuento más flojo.
En conclusión, un volumen fuerte y compacto, que se sostiene por sí mismo, es decir, por su calidad y no por la mucha o poca campaña publicitaria que exista sobre el escritor.

 Empezó a caminar de vuelta. Hizo el cálculo. Unas treinta cuadras. No son muchas, se dijo, pero con este frío… y las ganas que tengo de tomarme un café. Puso una mano en el bolsillo de adentro y sacó un paquete de cigarrillos en el que quedaba uno solo. Se lo llevó a la boca y súbitamente llevó su mano al bolsillo de afuera. Contó todas las monedas. Guardó el cigarrillo y a las veintisiete cuadras tomó un café, fumó inmediatamente el cigarrillo y llegó hasta la esquina de la pensión. El mediodía se le había venido encima sin que tampoco hubiese podido evitarlo. En el restaurante había ya mucha gente comiendo. ¿Cómo hacer para pagar?, pensó. Sintió hambre, mucha. La jovata debe estar sirviendo la sopa… Bueno, después de todo me dijo esta noche, así que puedo ir y comer. Quedó con el cerebro en blanco por unos instantes. Luego se dijo: no seas infeliz. En cuanto te vea entrar te tira con una silla. ¿Cuántos años tendrá la jovata? Cuarenta y pico, fácil. ¿Y el marido? ¿Por qué la habrá dejado? ¿Por qué? Río para sí. Con esa cara, ni San Francisco la aguanta. Cuarenta y pico. ¿Y que no se acuesta con un tipo? Volvió a reír. ¿Y cómo la convenzo? ¿Qué le digo?
Sintió que el sol se había ido. Lo único que faltaba, pensó. El cielo estaba gris y negro. Lo único que me falta es que llueva. Me agarra el sobretodo y mañana tengo que salir en camiseta. ¿Mañana? Se le antojó que mañana estaba lejísimo, que no llegaría nunca.

De “Frío”.

Calificación: muy bueno.
Centro Editor de América Latina, “Narradores de Hoy”, Buenos Aires, 1972.
ISBN: —

A quién le cantan las sirenas, Damián González Bertolino

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González Bertolino

González Bertolino

Entre lo que se puede distinguir como nueva joven narrativa uruguaya (si bien demarcar sus límites es por demás complejo), hay ciertas voces, a esta altura, más que atendibles. Y ya no son ni tan jóvenes ni tan nuevas.  Damián González Bertolino (Punta del Este, 1980) es una de esas voces. Y lo es por muchos aspectos. Entre ellos puede destacarse su versatilidad: si tuviéramos en cuenta la clasificación tripartita de Gabriel Lagos, en la narrativa de González Bertolino hay elementos de los tres subgrupos: las referencias al jazz, al fútbol, a la literatura y a ciertas calles y barrios maldonadenses lo emparentan con la cultura pop literaria; a la vez, su libro “El increíble Springer” (sobre todo el cuento homónimo) supo demostrar un interés por la parte “seria” o “formal” a la hora de estructurar un cuento. Y, aunque más heredada de Felisberto Hernández que de Mario Levrero, está muy presente la parte “intimista”; esto en un doble sentido: 1) predominio de narradores en primera persona; 2) introspección e investigación en la profundidad del alma humana, desde lo cotidiano hacia lo universal. El grupo sintáctico nominal, casi oximorónico, “pequeños milagros” (que aparece en uno de los textos del libro en cuestión) da cuenta de ese camino inductivo del que hablo en el segundo punto.

En el volumen que nos convoca se recopilan textos narrativos (tanto impresiones cuasi fotográficas del verano como reflexiones de voyeur) escritos en blogs o libretas personales del autor, entre 2008 y 2012.

Entre sus líneas nos internamos en el mundo de preferencias y costumbres del autor: qué es lo que lee, con quiénes disfruta pasar el día o ir a la playa, cómo ve y describe su entorno y, por consiguiente, el mundo.

En el texto homónimo, “¿A quién le cantan las sirenas?”, nacido de la conjunción de una pregunta de Eliot y un título de Highsmith, González Bertolino vuelve a introducir un escenario recurrente en sus escritos: el campo de golf que se ubica entre el barrio-asentamiento Kennedy y el lujurioso y excesivo Beverly Hills. Este contraste socio-cultural y económico, si bien origina más simbiosis que enfrentamiento, se hace notar si comparamos dos personajes: las sirenas y los caddies. Las sirenas son las mujeres de la piscina, esposas de los jugadores, que habitan una gran casa cercana al fairway del hoyo 5: tal vez sean turistas, indescifrables, de mirada perdida y voz alejada, cuyo mundo siempre es ajeno pero cuyo canto puede ser fatal. Los caddies son los transpirados, los que alcanzan los palos de golf a los pudientes jugadores, los que desearían poder sucumbir, inútilmente, ante el canto de las sirenas. En el cuento “Threesomes” se repite ese binomio contradictorio, encarnado en Morán y la señora Etchegoyen. Luego se pasa del plano del juego de golf, al plano donde el narrador, como otras tantas veces en el libro, se encuentra en la playa mirando a los demás, trazando sus descripciones fenomenológicas, explicando una nueva idea sobre los cuerpos en verano y las sirenas desde otra perspectiva.

En “Todos los pequeños milagros”, el autor constata, comparando el arribo accidental de un lobito de mar con el film “Ordet”, de Dreyer, que hay pequeñas cosas que uno debe saber apreciar y reconocer como pequeños milagros.

En los otros textos, aparecen más “personajes/personas” que integraban o integran la vida cotidiana del escritor: su padre, sus amigos, Franco, Victoria, Matilde.

En suma, el primer libro de narraciones autobiográficas de González Bertolino, que, a pesar de la brevedad que exige el sello editorial, deja un considerable número de breves relatos (8) para disfrutar leyendo bajo el sol playero del verano, levantar la vista y empezar a ver lo que nos rodea con nuevos ojos.

Íbamos esta tarde en la bicicleta con Matilde por el viejo camino de la perrera. Cruzábamos los campos aledaños al arroyo Maldonado en los que ella podía ver a sus adorados caballos desde el cuadro de la bicicleta. El recorrido era largo e incluía pasar luego por El Jagüel y el Kennedy para terminar en la Brava. Hacía mucho calor y el sol nos pegaba desde atrás. Del lado donde se hallan los restos de la goleta Muriel, aterrizó un avión con la misma suavidad con que llegaba el viento. Luego vimos unas vacas con varios terneros y paramos a contemplarlos desde el alambrado. Matilde se quedó impresionada con el tamaño de los animales. Y yo también. Hacía tiempo que no me acercaba tanto a una vaca y eso me hizo perder un poco la noción de las proporciones. Cuando subimos a la bicicleta le pregunté qué le parecía todo aquello. Me dijo que le gustaba, pero unos metros más adelante agregó:-       ¿Podemos pasar mañana por acá así recordamos esto? (“Memoria”, 2009)

Calificación: Muy bueno.
Editorial: Trópico Sur (colección Minilibros 50), Maldonado, 2013.
ISBN: 978-9974-8357-3-3

Adiós a la verdad, Gianni Vattimo

Vattimo

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Ayn Rand utiliza la metáfora de un astronauta perdido en un planeta extraño para ordenar las fases por las que el pensamiento filosófico debe transitar.  Cuando el astronauta abre los ojos, y ante él se expande un mundo totalmente extraño, se hace tres preguntas: ¿Dónde estoy? ¿Cómo lo sé? ¿Qué debo hacer?

Luego del planteamiento de las tres preguntas esenciales para que el astronauta logre entender su posición en el cosmos, Ayn Rand hace corresponder una determinada área de la filosofía a cada pregunta: la primera da nacimiento a la metafísica; la segunda, a la epistemología (aunque otros prefieran gnoseología o teoría del conocimiento); la tercera, a la ética.

Siguiendo el planteo de Rand, podemos decir que este ensayo de Gianni Vattimo (Italia, 1936) se ubica entre la segunda y la tercera etapa del pensamiento filosófico, es decir, entre el epistemológico y el ético-político.
Vale aclarar que muchos filósofos postmodernos suelen negar el primer estadio de Rand, en el sentido de que para ellos pensar la metafísica como correspondencia de los hechos fácticos con el pensamiento o la “verdad” discursiva no hace más que generar distorsiones violentas en el ámbito de lo político; y entonces comienzan con un diagnóstico historicista de la sociedad específica donde ellos viven, y luego dan posibles soluciones (lo que se llama “filosofía pragmática”) a los problemas locales, siempre con afán de disminuir la violencia y mejorar la convivencia y la comunicación. Vattimo no se divorcia de esta línea.

Para cumplir este objetivo, trae a la palestra (un poco sin fundamentarse más que en la constatación de que los italianos, y él, creen en Dios; y, además, que la única característica, más o menos en común, que tiene Europa, que de por sí es un concepto “artificial”, es el cristianismo) el concepto de Dios, como elemento necesario para mejorar las condiciones de convivencia. Pero no ese Dios tradicional metafísico, que dirige a la sociedad según lo Bueno y lo Malo, según cierta “Verdad” revelada en la Biblia, sino un “Dios relativista”, que comulgue con las características de una sociedad de “pensamiento débil”, multicultural, “abierta” (en términos popperianos).
Esta vuelta al concepto de Dios es el punto flojo del ensayo, que termina por hacer sucumbir cualquier logro intelectual.

Dedica, entonces, una considerable parte del libro al tema religioso en la época contemporánea. Se opone tajantemente a la Iglesia y se ubica del lado de la doctrina de Cristo, sin interpretaciones católicas mediadoras que intenten posicionarse como “verdades” religiosas. Aquí se ubica en el paradigma hermenéutico, ya que retoma la prédica de Cristo y la “interpreta” para hacerla actual.

Si la iglesia continúa pensando la fe como un depósito de verdades más ciertas que las que asegura la ciencia, por ejemplo, profesando aún un creacionismo más o menos literal o pretendiendo imponer a las instituciones estatales su propia “antropología bíblica”, terminará fatalmente por sucumbir, en un mundo donde la ciencia y la conciencia de los derechos son un patrimonio cada vez más común. Hablar de un Dios kenótico o “relativista”, significa tomar en consideración que la época de la Biblia como depósito de “saber” verdadero, garantizado por la autoridad divina ha pasado por completo, y que esto no es un mal al cual intentar adaptarse en espera de poder combatirlo con mayor decisión, sino que forma parte de la propia historia de la salvación.

Entonces, el valor cristiano fundamental que rescata Vattimo y que considera esencial para forjar una solución para los problemas de época (problemas de convivencia, intolerancia, racismo, sexismo, enorme brecha entre los sectores favorecidos y los necesitados) es la “caridad”. “Deus caritas est” reza una de las prédicas, entonces, más importantes de la doctrina cristiana.

Concluye este apartado diciendo que debe fundarse un “cristianismo no religioso”, en cuya noción de “caridad” pueda sostenerse la idea de que las sociedades cambian y hay que entenderlas en sus condiciones socio-históricas: no son eternas e inmutables, y por tanto, no pueden regirse por una “verdad” eterna e inmutable.

…la interpretación es la idea de que el conocimiento no es el reflejo puro del dato, sino el acercamiento interesado al mundo con esquemas que también son cambiantes en el curso de la historia.

Aquí se opone definitivamente al kantismo, es decir, de que existe un esquema racional fijo, intemporal y ahistórico, para analizar y conocer el fenómeno; estos son: el tiempo, el espacio y las categorías.

Y aquí regresa al tema epistemológico, pero intercalándolo con la importancia del cristianismo. Para eso, trae a Dilthey, que propuso que “el primer martillazo contra la metafísica como objetividad lo dio el cristianismo”, ya que San Agustín pronunciaba que “in interiore homine hábitat veritas”.

Parece que Vattimo, al citar el error de Dilthey, obvia, no inocentemente, a Sócrates, quien a través del diálogo y la mayéutica (la extracción, mediante preguntas, de la Verdad dentro del interlocutor) ya concebía la Verdad como subjetiva, en tanto surgía de la concatenación de premisas de los interlocutores y no de la contemplación objetiva del entorno.

Vattimo considera que el cristianismo, y su valor más importante, la caridad; y la hermenéutica como herramienta estratégica para conocer la realidad y por tanto sentar bases éticas “débiles”, es lo que les hace falta a los europeos para mejorar como sociedad. Y la “caridad” es el valor cristiano que más comulga con el pensamiento débil, según el filósofo:

…no nos ponemos de acuerdo cuando hemos descubierto la verdad, decimos que hemos descubierto la verdad cuando nos hemos puesto de acuerdo. Lo cual también significa que en el lugar de la verdad entra la caridad.

 Al final del libro, habla de la “conversión” y la “catástrofe” que conlleva la misma: es decir, que hay una necesidad de cambio radical y hay una imposibilidad o una clara dificultad para logarlo. El imperialismo y la globalización impiden que se dé un suceso “auténtico”, al decir de Heidegger, ya que la “autenticidad”, la “conversión”, no deben darse individualmente, en cada uno de los entes, sino que debe haber una conversión en el Ser.

Por último, nos trae a Hegel y su noción de “clásico” (logro histórico, indicador de camino, referencia para sociedades y generaciones enteras, lo que da autoridad a lo “verdadero” pragmático, que es reconocido en cuanto está bien para nosotros), para proponer que aún en la formación de la comunidad histórica, en el nosotros de Rorty, puede existir un arbitrio contra las opiniones infundadas.

Calificación: regular
Título original: Addio alla veritá (2009)
Traducción del italiano: María Teresa d´Meza.
Editorial Gedisa, Barcelona, 2010
ISBN: 978-84-9784-167-2

Médanos, Camilo Baráibar

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Baráibar

Llamar a una obra “Literatura Infantil”, o bien “Literatura juvenil”, puede llegar a producir, en ciertos casos, más confusiones que aclaraciones. Antes que nada, creo que esto puede darse debido a la naturaleza misma del género, cuya esencia puede resultar turbia: ¿La literatura infantil es la que se destina a los más jóvenes, o la que sus personajes son jóvenes? ¿O ambas cosas a la vez? Veamos entonces, si es, por qué es literatura juvenil.

Si la literatura juvenil es la que está destinada a los más jóvenes, entonces prácticamente toda la literatura tradicional folklórica, de claro fin moralizante, puede considerarse literatura infantil. Como esto parece algo descabellado, tendemos a asociar a este género con la literatura de protagonistas infantiles, es decir, con las novelas (casi siempre son novelas) cuyos personajes rondan entre los 7 y los 17 años. La juventud de los personajes es una constante en los libros de Ignacio Martínez, Roy Berocay, Magdalena Helguera o Helen Velando.

Soy consciente de que se creará el problema, nada sencillo, de definir si es literatura infantil la vieja picaresca, por ejemplo, el Lazarillo de Tormes o Historia de la Vida del Buscón, en las que sus personajes son infantes. Supongamos que sí, para no deslegitimar nuestra hipótesis y poder seguir hacia lo importante.

“Médanos” es claramente “literatura juvenil” (diferenciándola de la “infantil” por el mero hecho de tratarse de personajes adolescentes), porque el mundo de personajes al que Baráibar se propone dar vida es un mundo juvenil, no solo etario, sino por todo lo que la juventud o la adolescencia conllevan.

El narrador es Agustín, un chico de diecisiete años que está enamorado en secreto de su mejor amiga: Tania. Busca el modo menos chocante de decírselo, y ante una primera negativa (aunque no va a ser el único intento) a Agustín se le van abriendo otras puertas que lo conducirán a experimentar nuevas aventuras, o al menos, situaciones inesperadas.

Baráibar, notoriamente nutrido de su propia historia de vida, recrea con frescura la complejidad del carácter adolescente, que oscila entre los tiempos de estudio y el estrés, y las salidas a los bailes, toques, alcohol y sexo.

Siguiendo a Marcelo Viñar, en una conferencia suya, pienso que los adolescentes “hablan por sus actos y sus producciones culturales, por sus conductas de riesgo, por sus estilos vestimentarios y musicales que en general desconciertan, que fascinan o desagradan al establishment, por sus tatuajes y sus piercing, por sus aptitudes y rapidez adaptativa al mundo de la informática. Por su tiempo interminable – quizás adictivo – a la computadora y el Cybercafé.

Así, puede decirse que los personajes de esta novela hablan mediante su cuerpo, mediante su performance ante el mundo. No así Agustín, que es el protagonista, además de porque es el narrador, porque se construye a sí mismo a lo largo de la obra, y sobre todo, porque no intenta transmitir nada. Nosotros acompañamos a Agustín en la búsqueda de su verdadero Yo. En las líneas iniciales, cuando siente que quiere romper el espejo con el puño, la rabia que lo conmina a hacerlo no es tanto la posible negativa de Tania, ni siquiera el mero hecho de ser tan tímido hasta el punto de no soportarse; lo que realmente lo enoja es su propio rostro como significante sin significado concreto. El rostro es el primer “nudo significante”, en términos del filósofo Emanuel Lévinas.  La voluntad de Agustín parece ser desanudar el nudo significante para vincularlo, de una vez por todas, con su verdadero significado. Y para eso ha notado, como los personajes de las novelas de Paul Auster, que el azar es un buen ayudante: el poema del padre de Agustín, “las voces de los días”, simboliza el camino que transitará el adolescente hasta encontrarse (o no) con su verdadero Yo. Este camino parece definirse más por escuchar, y saber interpretar, al mundo, a los otros; olvidándose un poco de sí mismo para poder, paradójicamente, encontrarse uno, o construirse en la marcha.

Una cama de dos plazas para nosotros solos.
Siempre se hacían chistes sobre eso. A mí me parecía que era algo que les pasaba a los viejos y que era una cosa que yo podía controlar. A mí no me iba a pasar. Y si algún día me llegaba faltar un poco de firmeza, bueno, sería cuestión de esperar unos segundos, hacer algún mimo y al toque se tendría la dureza necesaria.
Pero no. La dureza necesaria esa noche no vino. Esperamos unos segundos. Unos mimos. Chistes. Pero no. Desde aquella vez que se me cayó el pantalón bailando el pericón nacional en pleno acto patrio, esta fue la vez que sentí más vergüenza en toda mi vida.
Para dormirse me pidió que le contara un cuento o algo de lo que yo escribía.

Calificación: muy bueno.
Editorial: Trilce, Montevideo, 2da edición, 2010.
ISBN: 978-9974-32-471-8