La ciudad de cristal, Paul Auster

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Auster

Esta es la primera de las tres novelas que componen la trilogía de Nueva York… y es pesadillezca. Me hizo acordar aquello que dice Freud en La interpretación de los sueños, acerca de que ningún sueño es sólo uno, sino muchos pequeños sueños enlazados que no admiten un análisis lineal, sino una serie de análisis fragmentarios. Bueno, con La ciudad de cristal me pasa algo así. Es una novela breve hecha de muchas partes que se articulan de un modo que siempre resulta incómodo, y de esta incomodidad nace esa confusa sensación de pesadilla. El juego de los alter ego, los dopplegangers -¡hay uno en la Estación Grand Central!-, los dobles y las sustituciones acaba por agobiar. Daniel Quinn es un escritor de novelas de misterio bajo el seudónimo de William Wilson -y aquí vamos-. Su personaje principal es Max Work. Un buen día -digamos que porque sí-, se hace pasar por Paul Auster, un detective real, y bajo ese nombre es contratado para proteger a Peter Stillman de su padre, recién liberado de prisión, que se llama -adivinen-: Peter Stillman. Esta es la estructura principal, el soporte de la trama, entre los parantes y columnas pasa todo lo demás, disquisiciones sobre Babel, Don Quijote, John Milton, Alicia a través del espejo, y más, siempre más. El cuaderno rojo de Quinn. El cuaderno rojo del padre de Stillman. El libro que publicó Stillman antes de ser encerrado. El libro que escribe Paul Auster personaje. Y en algún momento entre tanto laberinto y tanto espejo, entre tanta cita erudita y entre tanto libro apócrifo -Auster ha admitido su admiración hacia Borges más de una vez-, yo dejé de disfrutar el libro. Simplemente pasó. Terminé de leerlo porque sí… porque sí, pero no.

Quizá este haya sido exactamente el libro que Auster quiso escribir, algo así como cerrar los ojos y girar y girar hasta ya no poder mantenerse en pie y caer de espaldas al suelo sintiendo que todo el universo da vueltas. En ese caso, lo logró. Pero ese, me temo, es un éxito menor. Espero que “Fantasmas” y “La habitación cerrada” levanten el listón.

“Nunca había estado en una comisaría de policía, nunca había conocido a un detective privado, nunca había hablado con un delincuente. lo poco que sabía de esas cosas lo había aprendido en los libros, las películas y los periódicos.  Sin embargo, no consideraba que eso fuera un obstáculo. Lo que le interesaba de las historias que escribía no era su relación con el mundo, sino su relación con otras historias”.

Calificación: Regular – Bueno

Título original: City of glass (1985)
Editorial Anagrama, 1996
Traducción: Maribel De Juan
ISBN: 978-84-339-7329-0

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2 comentarios en “La ciudad de cristal, Paul Auster

  1. Esto de que menciones al Auster de los primeros tiempos y digas lo que dijiste al respecto es interesante… ¿Por qué?…
    Por un par de cuestiones.
    Yo creo que hay una diferencia muy grande no sólo de estilo entre el Auster de los comienzos y el Auster, llamémoslo así, de la consagración. Por ejemplo, si uno observa el tipo de toque narrativo que hay en la “Trilogía…” o en “La invención de la soledad”, se percibe la gran influencia de la literatura francesa. Hablo de la recursividad, de la meta-literariedad, de la narración desde los bordes de lo argumental, de la búsqueda de la gracia de la inteligencia y de la cita soterrada o fina. Son narraciones que lo mismo se leen con la atención de una propuesta ensayística. Daniel Quinn es “DQ”, y, como Don Quijote, un hombre asediado por los textos y sus repercusiones. De todos modos creo que “La invención de la soledad” es una obra maestra. Es un libro extraordinario.
    Ahora… Yo intuyo que en un momento de su proceso creativo Auster tuvo que pactar con su tradición de narrador norteamericano, plegarse a esa gran tradición arrasadora de la narrativa norteamericana, que puede priorizar mucho más el nivel argumental o episódico que cierto modelo francés o europeo. Ahí uno encuentra otra obra maestra que es muy diferente a “La invención de la soledad”, y es “El palacio de la Luna”. Incluso hasta en pasajes de “Leviatán” por momentos sentí cosas similares a las que sentí al haber leído algunas páginas de James Ellroy o Stephen King…
    Bueno… Un abrazo grande.

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