Cartas a un joven poeta, Rainer María Rilke

*****

 

Rilke

Yo había leído estas cartas por internet, pero no resistí el impulso de comprarme el libro para releerlas recostado en la cama. Los libros son también un objeto físico, y cuando acunamos las palabras entre las palmas ligeras, si el mensaje es bueno, podemos sentir también la dimensión física y completa de la palabra. Este librito exiguo y liviano no tarda en volverse tibio como un bebé que te mira directamente a los ojos.

Las “Cartas a un joven poeta” que Rilke escribió en el tránsito de 1903 a 1904 al joven Franz Xaver Kappus coinciden con un cambio radical de su estética. Rilke abandonaba por entonces su perfil más hermético e intimista para desplazarse a un terreno más plástico e impersonal: lo que hace de este libro algo así como el punto medio de una encrucijada, el sitio mismo donde comienza y termina un impulso.

Las diez cartas son un testimonio fiel de una sensibilidad desbordante. Uno puede llegar a sentir envidia, sana envidia ante tanta seguridad, ante la exhibición de un mundo interior tan turbio como maduro y reconocible. Aquí el poeta habla de muchas cosas: del amor, la soledad, la mujer, el ocio, el sexo, etc… Siempre con modestia y una oscura felicidad. Pero hay un tópico que nuclea a todos los otros, y es el de la creación. La creación y sus misterios. Pareciera que todo lo dicho no puede decirse si no se proyecta o se mira desde la pretensión de crear. ¿Y qué es crear para Rilke? Pues sencillamente vivir, dejarse vivir en soledad y sin apremios: “(…) ser artista quiere decir no calcular ni contar; madurar como el árbol, que no apremia a su savia, y se yergue confiado en las tormentas de primavera, sin miedo a que detrás pudiera no venir el verano. Pero viene solo para los pacientes, que están allí como si tuvieran por delante la eternidad, de tan despreocupadamente tranquilos y abiertos”. Habría que aclarar que esta soledad tan ponderada no se remite a la idea del individuo alienado y escindido de las dinámicas sociales. No, no. La cosa va por otro lado. Rilke se refiere a ese “sentirse distinto” en medio de la muchedumbre, sin despreciar o malgastar energía en penalizar al grupo, porque el grupo es también una arcilla, el gérmen de otra verdad que aguarda ser desentrañada o al menos justamente sentida.

Para Rilke la belleza está en todas partes, y es tarea del poeta desenterrarla para hacerla relucir ante los ojos del mundo. El poeta no debe culpar la realidad si esta se muestra en apariencia precaria y estéril. Es el propio poeta quien debe culparse por no ser lo suficientemente bueno como para captar honestamente ese recóndito fulgor. El problema, según se plantea entre líneas, no está en el mundo. Está en el hombre.

En todo este sincero y no tan breve tratado de verdades, Rilke nunca se detiene en recomendaciones técnicas. Su noción de arte se halla en otro sitio, y el discurso se concentra en cómo propiciar un camino vital hacia la introspección. Allí, dentro del poeta, está la semilla de una selva. Nada de lo que nos ocurre está mal, porque todo es una forma de enriquecimiento. La peripecia es en verdad un jaque que nos pone en alerta y nos obliga no sólo a ser concientes de la dimensión del tablero, sino a ser de algún modo ese tablero, y así desplegar la táctica más original de la que somos capaces. El hombre en el problema se reconoce y se completa: “¿Por qué quiere excluir de su vida ninguna intranquilidad, ningún dolor, ninguna melancolía, si no sabe lo que esas situaciones producen en usted? ¿Por qué quiere perseguirlas preguntando de dónde viene todo eso y adónde quiere ir a parar? (…) Si algo le es molesto en sus procesos piense, sin embargo, que la enfermedad es el medio con que un organismo se libera de lo extraño…” Parece ser que el poeta –o el artista, para serle más fiel al autor- es una suerte de centro donde confluye el orden natural de las cosas. De nada sirve querer intervenir en ese proceso de confluencia. Intervenir es esperar, haciendo cada vez más sólida la convicción de que estamos solos. Buscando allí, enteramente solos, la respuesta.

El libro es un goce. Y más que un goce, un consuelo.

“La gente (con ayuda de convenciones) lo ha disuelto todo hacia lo fácil, y hacia el lado más fácil de lo fácil; pero está claro que nosotros debemos mantenernos en lo difícil; (…) Sabemos poco, pero el que hayamos de mantenernos en lo difícil es una seguridad que no nos abandonará; es bueno estar solo, pues la soledad es difícil; que algo sea difícil debe ser una razón más para que lo hagamos.”

Calificación: excelente
Título original: Briefe an einen jungen Dichter
Traducción de José María Valverde
Editorial Alianza, Madrid, 2005.

Anuncios

4 comentarios en “Cartas a un joven poeta, Rainer María Rilke

  1. “El poeta no debe culpar la realidad si esta se muestra en apariencia precaria y estéril.”, pusiste. Exacto.
    Justamente, en el libro que había reseñado de Abelardo Castillo, “Ser escritor”, hay toda una sección que es ni más ni menos de este libro de Rilke. Allí subrayé esto: “Por eso, sálvese de los motivos generales yendo hacia aquellos que su propia vida cotidiana le ofrece (…) Para los creadores no hay pobreza ni lugar pobre, indiferente.”

    Gracias, Leo, por traer a Rilke. Un abrazo.

  2. “es bueno estar solo, pues la soledad es difícil; que algo sea difícil debe ser una razón más para que lo hagamos.”

    Esta parte de la cita es con la que me identifico más. Dijo algo que me toca en lo más hondo de mi personalidad.
    Gracias Leo. La de Rilke es una poética para prestarle atención. Y de hecho lo hicieron.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s