La sibila, Pär Lagerkvist

Pär Lagerkvist
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Como en otras de sus narraciones (“El enano”, “El verdugo”, “Barrabás” o el mismo Dios de “La eterna sonrisa”) Pär Lagerkvist se centra en la novela “La sibila” en un personaje en particular que le permite atravesar a lo largo de la escritura toda una potencial materia de contradicciones morales, religiosas o ideológicas. En el caso de “La sibila” la protagonista es nada menos que una vieja retirada del oficio de pitonisa del oráculo de Delfos, quien vive en una hendidura de una montaña junto a un hijo idiota. El encuentro entre esta mujer y un extranjero desviado de los caminos usuales pone en funcionamiento un diálogo en el que ambos, protegidos por el anonimato, intercambian entre sí las experiencias centrales de su vida. En el caso de la sibila: la larga explicación de la falta que la llevó a ser expulsada por los sacerdotes de Delfos y desterrada. En el caso del hombre: la anécdota de un intercambio de palabras con el mismísimo Jesucristo, a poco de ser crucificado. En cierto modo la novela, o la idea religiosa subyacente en la novela, parece sujeta a una desviación de la temática de “Barrabás”: la alternancia o la tensión entre el paganismo mediterráneo y la insurgente fe en Cristo. El largo parlamento de la sibila y su consecuente duda acerca del estatuto de la deidad, ese ateísmo insinuado, puede sorprender al lector, pero probablemente Lagerkvist esté retomando ahí (para que no sea considerado un anacronismo) el racionalismo que ya demostró hacia lo religioso Eurípides en sus tragedias. Si bien en “La sibila” la reflexión acerca de lo que significa para los personajes “la terrible visión de Dios” es permanente, no se da sin que entre en el juego el tema del amor. El amor hacia Dios o los dioses, el amor entre los hombres, el amor y el mundo que lo rodea. Al final “La sibila” me pareció eso, un libro radicalmente formulado para hablar del amor, sobre el acto de amar, de forma cruda, desligado de la religión, incluso de la idea de bondad y hasta desligado de lo que sería el mismo objeto del amor. [Esto último me recordó vagamante aquella reflexión del narrador de “La balada del café triste”, de Carson McCullers, acerca de la naturaleza del amor, no como algo en lo que hay que ver el pasaje de una energía del punto A al B, sino como algo que es el misterio que está desperdigado en el medio de esa línea.]
“La sibila” posee el sabor de lo clásico. Más allá de tics o de urgencias temáticas de época (la angustia existencial, la carencia de un sentido preciso de la idea de dios), la novela tiene esa marca que hace a un clásico: algo en el estilo, permeable a la traducción (buena o no) que da la sensación de estar amoldado de una forma irrepetible y conmovedora. Aun cuando algunos pasajes puedan resultarle a uno tediosos, este tipo de libros siempre generan la sensación de que valen la pena pese a todo. Y cuando se los termina siempre se siente algo de lástima.

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Luego de que la sibila, a quince páginas de terminar la novela, termina de contarle la historia de su vida a ese extraño, agrega: “-No sé por qué cuento todo esto. Y sobre todo a ti, que eres un extraño. (…)”. Por un instante creí que el otro personaje le diría: “Yo tampoco tengo idea, querida, pero ahora tenemos una buena historia para Bergman y su esposa de turno.”

El destino humano era uno solo. Cuando se ha cumplido, ya no puede esperarse nada.
Sólo los dioses poseen múltiples destinos y nunca tienen necesidad de morir. Ellos poseen todo y sobreviven a todo. Lo tienen todo…, menos la felicidad del hombre. No la conocen nunca, y por eso nunca se la envidian. Y nada los vuelve tan malos y crueles como la temeridad de los hombres para ser felices, la temeridad de los hombres para olvidarlos ante la dicha terrenal. Entonces desatan su venganza. Y les ponen una rama de su árbol en la única mano que les queda.

Calificación: Bueno.

Título original: Sibyllan
Traducción: Fausto de Tezanos Pinto
Editorial: Emecé, Buenos Aires, 1957

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