Triste, solitario y final, Osvaldo Soriano

Osvaldo Soriano
***

Va a ser mejor que empiece diciendo lo siguiente: voy a hacer un comentario con el corazón, sin tanta premeditación de especular acerca de logros técnicos o lo que sea. Esta vez no me interesa, o no puedo hacerlo del todo bien, para ser sincero.
Osvaldo Soriano fue el primer escritor que quise. El primer escritor vivo que yo admiré, y que quise imitar, para ser más preciso. Yo tenía 15 ó 16 años cuando leí sus primeros cuentos, cuando los escuché también leídos por Alejandro Apo en el programa “Todo con afecto”, de Radio Continental, de Buenos Aires, algunos de tantos sábados de tarde en que ese programa se fundía con la previa del partido del sábado de noche relatado por Victor Hugo Morales. A veces uno tenía suerte y podía escuchar al mismo Soriano entrevistado o consultado por Apo acerca de, entre otras cosas, su amor por San Lorenzo de Almagro. Pero había más cosas que me pasaban con el gordo Soriano. Él no había terminado la secundaria y desde chico había querido ser escritor. Yo no veía la hora de terminar el liceo. Tenía 16, había repetido 4º año y sencillamente no me parecía posible terminar un día el liceo. Quería ser escritor y también jugador de fútbol, delantero, como él había sido en partidos interminablemente bruscos e ignotos como los que yo terminé jugando en el Kennedy, donde te cagaban a patadas y era mejor que no chillaras. Antes de dedicarse al periodismo Soriano fue vigilante en una fábrica, por las noches, cuando aprovechaba para leer todo lo que le caía encima. Yo me pasaba las horas de todos aquellos veranos cuidando los automóviles del club de golf. Y como los autos demoraban horas en irse, leía. Leía y escuchaba fútbol. Y había días también en que pescaba en el club algún Página 12 en donde podía leer artículos de Soriano, o entrevistas que le hacían en las secciones de cultura o de deportes en Clarín. Tenía en mi cuarto un recorte de Clarín en el que Soriano sonreía a la cámara y decía que la gata de Cortázar había quedado a su cuidado cuando murió el autor de “Rayuela”. Muchas veces lo sacaba de una caja y lo releía. Sobre todo en el invierno. Una mañana de comienzos del ’97 llegaba al club para trabajar y vi la noticia de la muerte de Soriano en los titulares de La Nación y de Clarín. Fue un día muy triste. Y me sentí muy triste aún un mes y pico después cuando Víctor Hugo Morales le dedicó al gordo el relato del primer partido de San Lorenzo en el Clausura, una tarde ventosa y no muy cálida, pero con sol.
Diez años después leí en una clase de Literatura a mis estudiantes “El penal más largo del mundo”. Y descubrí mientras lo leía que me parecía un gran cuento, y que a los chicos los conmovía, más allá de la novedad de estar trabajando un cuento sobre fútbol. Los conmovía la errática vida del “Gato”, un golero viejo y olvidado de un pueblo remoto de provincia que no podía atajar la soledad más desgarradora. Soriano me sigue y se me aparece de vez en cuando y siempre me toca el alma. Como una noche de 2004 en que regresaba del liceo nocturno en Minas luego de la medianoche. En un televisor de un bar a pocas cuadras de mi casa estaba puesto T y C Sports. Tuve que parar porque allí estaba Soriano charlando con Fontanarrosa. Y entré y me coloqué entre los pocos borrachos que quedaban y escuché lo que pude de la conversación. Y luego salí a la madrugada con ganas de seguir caminando por toda la ciudad…
Tenía que poner algunas palabras sobre “Triste, solitario y final”, que acabo de leer hace unas horas, y no hacer esta introducción tan larga mientras reviso fotos suyas en internet, en las que se parece a una mezcla entre el “Pampa” Biaggio y Orson Welles.
Terminé de leer, digo, “Triste, solitario y final” (su primera obra) y me quedé ensimismado, cismando, como dirían algunos. Aunque me pareció que la novela había arrancado muy bien y que después se caía un poco la tensión con un salto en el tiempo que me desacomodó bastante (cuando Stan Laurel ya está muerto y aparece el mismo Soriano mezclándose en el asunto con el propio Phillipe Marlowe), aunque la recursiva parodia y el constante homenaje del policial negro me hicieron leer cabriolas innecesarias en algunos diálogos y situaciones, aunque creo que a veces lo esperpéntico terminó por agotarme, tengo que reconocer algo: me ganó por puntos, como una pelea de boxeo donde existe eso que define muchas peleas largas por puntos: corazón. Cuando terminé las últimas páginas y cerré el libro, me quedé atrapado por un final que sí me gustó, que sí me conmovió, que me hizo sentir como en muchas de sus obras siguientes una piedad inmensa y (aunque suene raro) disfrutable por sus personajes.
“Triste, solitario y final” es la realización de las fantasías, de la formación y el placer del joven Soriano, el retablo de sus ambiciones y sus penas, el mundo de un escritor que estaba llegando.

Se sentó sobre el diván, la cara cubierta por las manos; el pelo estaba sucio y tenía el color del barro. Abrió los dedos y entre ellos sus ojos observaron al detective que estaba parado, inclinado hacia adelante. Oscilaba. A Soriano se le ocurrió que era un capricho de la luz.
-Está borracho -dijo en tono neutro.
-¡Levántese!
-¿Por qué no se da una ducha? Ya conectaron el gas.
-¡Le voy a romper la cara, gordo estúpido!
Escupió al suelo. El gato miró la saliva y bajó las orejas.
-No me provoque. Tiene una pistola y está borracho.
-¿Una pistola?
-En la cintura.
Marlowe bajó la vista. Tiró de la empuñadura y sacó la pistola.
-No es mía. La última vez que la vi, hace muchos años, la usaba un detective sobrio, que pagaba sus impuestos y tenía clientes importantes y enemigos que podían emboscarlo en un callejón.
-Un gran hombre.
-Un hombre, compañero. ¿Se burla?
-No me burlo.
-¿Va a pelear o no?
-No.
Hubo un silencio. Los dos hombres se miraron largamente. De los ojos de Marlowe saltaron dos lágrimas transparentes como gotas de agua, corrieron entre las arrugas de la cara y cayeron al suelo.

Calificación: Bueno.

Editorial: Hyspamérica, Buenos Aires, 1984. (La foto de la tapa es de otra edición, porque la de mi edición estaba borroneada y no encontré ninguna similar en la web… )
ISBN: 950-614-237-8

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7 comentarios en “Triste, solitario y final, Osvaldo Soriano

  1. Con John Wayne. Aparece también Charles Bronson en un momento… Soriano besa a Jane Fonda, y hasta coloca en un momento su cabeza sobre el regazo de Mia Farrow… No es changa, eh… ja ja…

  2. Y secuestra a Chaplin. Y enfrenta el imaginario del éxito (Ch.Ch.) con el del fracaso (Laurel y Hardy). Y hay que anotar que es un libro de inicios de los 70, cuando por estos pagos no era común que el autor se inmiscuyera como un personaje en su novela. Macheteaste con la calificación. Yo le pondría un MB. Sls.

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