Clarissa, Erico Verissimo

     

Erico Verissimo
***

          Durante el lapso que estuve en Montevideo, viví en una especie de pensión, que está hasta ahora cerca de Tres Cruces. Había desde un coloniense miliquero –hijo de milico, devenido un efectivo él mismo- que admiraba a Zitarrosa y lo imitaba hasta un montevideano de cerca de cuarenta años que vivía de la madre, hacía papas fritas y escuchaba “Peñarol Verdad”. Después, conocí la pensión a la que se mudó un amigo. Esta ya se parecía más al estereotipo de inquilinato capitalino, por lo menos a juzgar por una señora muy vieja que se quejaba amargamente de haber sido estafada y abandonada por su familia. Hay muchas historias para contar sobre ese submundo que siempre es una casa de ese tipo. Supongo que yo le daría una clave desde humorística hasta paranormal (allí se jugaba a la copa, y se movía). Lo cual es diferente de lo que hace Erico Verissimo con la casa donde ambienta su primera novela, publicada en 1933, ya que la nota sobresaliente es el lirismo, al punto que durante la primera parte del libro se llega a dudar del carácter narrativo. De hecho, el texto se ocupa exhaustivamente de mirar a cada uno de los personajes, mayormente desde el punto de vista de la protagonista, así como de reparar en los efectos de los rayos del sol por la ventana, los canteros con flores o la oscuridad pobre de la casa del vecinito lisiado.

                No es el lirismo sino la ausencia de hechos la que empantana la lectura al comienzo. O, visto de otra forma, podría decirse que instala al lector en las costumbres anodinas de la casa. A veces he pensado que la mera descripción de un tramo de la vida durante un tiempo prudencial termina por fuerza siendo narrativa. Quizá lo pensó el escritor gaúcho –tenido por pilar de las letras de Rio Grande do Sul- porque los tres o cuatro hitos que acontecen se acumulan a partir de la mitad del texto, luego de que ha quedado establecido el carácter cándido y ceñido a obligaciones estudiantiles y de señorita de Clarissa (hay todo un tema con el nombre), la vocación restrictiva de su tía D. Zina, el desempleo del tío Couto, el romanticismo de Amaro, el pianista que trabaja en un banco.

                El protagonista es, más allá de los personajes, el lenguaje, ese instrumento dúctil que Verissimo sabrá dosificar en posteriores novelas en concentraciones menores y más ágiles. Y, además de la estética, está la ética, la pintura de una época, una tierra, y de unos sentimientos desde el ojo “puro” de una muchacha que cumple catorce y recién entonces podrá vestir tacos altos, según la autoriza su madre en una carta desde el campo. El libro se presenta desparejo a los ojos de este lector de policiales: un lenguaje exuberante y una narración que durante muchas páginas no es tal. Esto abre flancos de debate: ¿interfiere el lirismo en la agilidad narrativa?, ¿podemos juzgar una novela de ochenta años de antigüedad con ojos de hoy?, ¿es legítimo pedirle “entretenimiento”? En definitiva, pese a todo, la calidad está ahí siempre.

                Como nota final, vale decir que leí por muchos momentos con ojos de un potencial traductor, reparando casi siempre en lo arduo y empobrecedor que resultaría todo intento de convertir la riqueza del portugués desarrollado a un español improbable.

                Uma vez, há muitos, muitos anos, um menino olhou a vida com olhos interrogadores. Tudo era mistério em torno dele. Era numa casa grande. O arvoredo que a cercava amanhecia sempre cheio de cantos de pássaros. O mundo não terminava ali no fim daquela rua quieta, que tinha um cego que tocava concertina, um cachorro sem dono que se refestelava ao sol, um português que pelas tardinhas se sentava à frente de sua casa e desejava boa tarde a toda gente. Não. O mundo ia além. Além do horizonte havia mais terras, e campos, e montanhas, e cidades, e rios e mares sem fim. Dava na gente vontade de correr mundo, andar nos trens que atravessam as terras, nos vapores que cortam os mares. Andar… nos olhos do menino havia uma saudade impossível, a saudade de uma terra nunca vista. Um dia –quem sabe?- um dia um vento bom ou mau passa e leva a gente. Um dia…

 Calificación: Bueno

Editora Globo, 1987, 56° edición

ISBN:  85-250-0502-9

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5 comentarios en “Clarissa, Erico Verissimo

  1. Traducción:

    Una vez, hace muchos, muchos años, un niño miró la vida con ojos interrogadores. Todo era misterio en torno suyo. Era una casa grande. La arboleda que la cercaba amanecía siempre llena de cantos de pájaros. El mundo no terminaba allí al final de esa calle quieta, que tenía un ciego que tocaba la concertina, un perro sin dueño echado cómodamente al sol, un portugués que por las tardecitas se sentaba en el frente de su casa y daba las buenas tardes a toda la gente. No. El mundo iba más allá. Más allá del horizonte había más tierras, y campos, y montañas, y ciudades, y ríos y mares sin fin. Le daba a uno ganas de correr mundo, andar en los trenes que cruzan las tierras, en los vapores que cortan los mares. Caminar… En los ojos del niño había una nostalgia imposible, la nostalgia de una tierra nunca vista. Un día –¿quién sabe?- un día un viento bueno o malo pasa y te lleva. Un día…

  2. ¡Vaya, vaya! Hablando de estos lugares… Casualmente me puse en estos días en la pila para leer “Casa de pensão”, de Aluísio Azevedo. ¿Lo leíste? Si no, hacemos trueque. Te lo presto y vos me prestás el de Verissimo. Abrazo.

    “A veces he pensado que la mera descripción de un tramo de la vida durante un tiempo prudencial termina por fuerza siendo narrativa.”… Tal cual… Lo siento de forma patente cuando leo a Cormac McCarthy. Ese predominio del “homo faber”…
    Mirá esto, creo que viene a cuento para entrarle al tema: “En varios cuentos de Quiroga, los más reveladores seguramente de su personalidad literaria, se advierte con toda claridad la importancia que tiene la actividad que desarrollan los personajes. El acento no está puesto ni en la profesión ni en el oficio, procedimiento que emplearían los escritores costumbristas. Los costumbristas se empeñan en trazar cuadros sociales que les exlpican absolutamente todo lo que sucede en el mundo. (…) En los cuentos de Quiroga, por el contrario, es evidente que los personajes hacen las cosas que hacen porque tienen vinculación con la situación total de sus vidas, ya sea porque se ven encadenados casi contra su voluntad al trabajo (“Los mensú”), ya sea porque obran circunstancias más particulares todavía que los obligan (“Los destiladores de naranjas”)”. [Horacio Quiroga. Una obra de experiencia y riesgo, de Noé Jitrik]

    Además: “Esto abre flancos de debate: ¿interfiere el lirismo en la agilidad narrativa?, ¿podemos juzgar una novela de ochenta años de antigüedad con ojos de hoy?, ¿es legítimo pedirle “entretenimiento”?” Con esto me hiciste acordar a alguien que dijo o alguien que leí, que afirmaba que cada libro trae implícita la manera en que debe ser leído. Quien decía esto no estaba borroneando la importancia del lector, sino justamente instalando al lector en el esfuerzo que debe conllevar una buena lectura. ¿es así al final? No sé… Toda lectura es un tire y afloje entre una punta y la otra, capaz…

    Un abrazo.

  3. 1- Trueque aceptado.
    2- Sí, eso de la tensión obra – lector es todo un tema, y quizá lo sea por antonomasia, sobre todo cuando se consideran los hábitos lectores de la gente. La vida y la literatura… (da para llenar bibliotecas, ¿no?)
    3- Hace un rato soñé contigo. Teníamos algo que hablar, no sé qué (capaz que recibí tu comentario antes en el sueño que en gmail), te encontraba por la calle Sarandí, en el juzgado donde se casa la gente, ahí a la vuelta del kiosko. Había varios amigos. Nos saludábamos -y con otros- y luego me integraba a lo que en definitiva era un cortejo fúnebre de un desconocido. Me escapaba en una plaza. El subdirector del nocturno me perseguía para ofrecerme horas, que yo declinaba.

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