La alucinación, Tabajara Ruas

Tabajara Ruas
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Publicada originariamente por entregas en 1996 en el diario Correio do Povo, de Porto Alegre, “La alucinación” es una novela que parece aunar varios de los intereses que su autor, Tabajara Ruas (Uruguayana, 1942), ha manejado en otros de sus libros. Acá están sumados el policial y hasta el thriller, el relato histórico y también ese reconocimiento de la intersección cultural entre Uruguay y Brasil que se da en esa frontera móvil que es nuestro norte y es el sur de ellos. Pero al mismo tiempo este relato trae la fascinación por el misterio, por lo fantástico y lo fantasmagórico. Una mezcla nada despreciable en manos de un buen narrador.
Tabajara Ruas es uno de mis narradores brasileros actuales favoritos. Y quizás por eso, y para bien, estoy siempre esperando grandes cosas de él. “La alucinación” no es la excepción, pero me habría gustado tanto que su autor se hubiera extendido más en ciertos detalles (como toda la historia entre Gumersindo Saravia y el coronel Bertholino, las mismas idas y vueltas de los crímenes) que terminé de leer el libro como quien no puede dejar de sentir que el autor demostró una vez más su potencial, pero hasta cierto punto. Quizás esto que digo sea excesivo, dado que la historia fue pensada para ser escrita y publicada por entregas en un diario (en las cada vez más escuetas columnas que un diario le puede ofrecer hoy en día a la ficción). Con esto, en cierto modo, me desdigo de lo anterior, porque tampoco está tan mal que existan este tipo de narraciones así, breves, pautadas por capítulos muy cortos y con mucho potencial, pero que, al final y al cabo, recuperan un espacio hermoso del arte de narrar. Creo que mi sobre-exigencia quizás llegue de lo sorprendido y emocionado que me dejó todo ese torrente de historias y descripciones extraordinarias que es su novela “El cerco” (en portugués: “O amor de Pedro por João ou o dia em que Dorival encarou a guarda”).
El argumento de “La alucinación” es sencillo en un comienzo. Lino, un abogado de Porto Alegre casado y con un hijo de poco más de veinte años, hereda de unos parientes lejanos una estancia cerca de Uruguayana, justo en los albores de una época de grandes problemas económicos. Hasta ahí todo normal. El padre y el hijo viajan en automóvil hasta los confines de Rio Grande do Sul y pasan allí un par de días para los arreglos pertinentes a la toma de posesión de la herencia y a la posibilidad de venderla y salvar la economía familiar. En la primera noche, Lino ve a través de una ventana, apenas recortada contra la inmensa oscuridad del campo, la figura de un individuo emponchado que lo mira fijamente.
No voy a adelantar nada más del argumento, pero sí quiero apuntar que uno de los aspectos más interesantes de esta novela, y que hacen que la extrañeza se adueñe de una manera insólita de cada página que se pasa, es un inteligentísimo manejo de la perspectiva. Para inducir a cierto temor el narrador logra realizar un sutil alejamiento de la perspectiva que está puesta desde el inicio sobre Lino. No es fácil de hacer, me parece. Esa perspectiva tan cercana al comienzo (que incluye las discusiones con su mujer, la relación conflictiva con su hijo, el apremio de la última cuota del Mitsubishi, la presión de un jefe político de Porto Alegre), se aparta a la mitad del relato (capítulo 9, Tercera parte), y esa forma de ya no estar tan cerca del protagonista otorga el extrañamiento necesario para que el lector padezca su buena dosis de algo nuevo y perturbador.

-La sangre brota a raudales de la herida. La sangre del primer hombre comienza a encharcar el piso. Tu bisabuelo da un paso y queda frente al segundo hombre. El segundo hombre está con los ojos desorbitados, reza e implora, mientras los estertores del primero, junto con sus aullidos y gemidos, comienzan a disminuir. Imagínate lo que estar de rodillas, atado de pies y manos, y ser el siguiente de la fila.
Martinica inició una risita nerviosa.
-¿El siguiente? Imagina que eres el quinto. O el sexto.
-Imagina ser cualquiera de ellos. Esperar tu turno. Quedar oyendo los gemidos, los aullidos, los estertores, los rezos. Imagina oír los pasos del coronel Bertholino aproximándose con el cuchillito en la mano, pisando sangre. Imagina el suelo transformándose en un barro rojo y pegajoso, y el coronel Bertholino, implacable con el cuchillito en el mano, inclinándose delante de cada uno, agarrando la cabeza de cada uno y empujándola hacia atrás, mirando bien adentro del terror de cada uno, mirando hasta ser tocado por el odio, y ahí, entonces, el coronel daba el tajo en la garganta del prisionero, de oreja a oreja. Para cada uno de ellos el coronel tenía una porción de odio. Una gota. Y bastaba.

Calificación: Bueno

Título original: O fascínio
Traducción: Heber Raviolo y Pablo Rocca
Editorial: Banda Oriental (colección Lectores, 7ª serie, Nº 14), Montevideo, 1997.

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3 comentarios en “La alucinación, Tabajara Ruas

  1. Leí esta novela breve hace algunos años ya. Recuerdo que me gustó mucho, para mí es un muy bueno sólido. Tabajara es un gran narrador. Ahora, una crítica a la reseña: me parece que le sobra el segundo párrafo. Un abrazo.

  2. Nacho: Al menos eso sentimos de su parte hace un tiempo, ¿no? Un grande..
    Leo: Tabajara es un gran narrador sí, y un gran narrador oral además, ¿te acordás? O al menos un gran lector en voz alta… El segundo párrafo lo puse de relleno (sshhhh!!)…
    Abrazo grande.

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