Relatos, Lev Tolstói

Lev Tolstói
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He aquí todo Tolstói, el gigante Tolstói, el apabullante y notablemente desconcertante Tolstói, el entrañable y el terrible Tolstói.
A poco de terminar de leer esta selección de relatos (hecha y traducida por Víctor Gallego Ballestero) se me vino a la cabeza la idea de que si hubo alguien más en Literatura, ya no sólo en la del siglo XIX, que encarnó de la misma manera que Walt Whitman una tan fuerte simbiosis entre vida y obra al punto de establecer en el lector tanto en una faceta como en la otra las ideas de “profeta” y de “mensaje casi-divino”, ese otro tuvo que ser, para mí, Tolstói. Imposible, al mismo tiempo, que no deje de pensar en estos versos de Whitman: “Walt Whitman, un cosmos, de Manhattan el hijo, (…) / Ni sentimental, ni sintiéndose superior a otros hombres y mujeres, ni alejado de ellos, / No menos modesto que inmodesto. (…) El que degrada a otro me degrada, / Y todo lo que se dice o se hace vuelve a mí al fin. / A través de mí surge y surge la voluntad creadora, a través de mí el torrente y el índice.”
Esta selección de relatos abarca cincuenta y dos años de la narrativa breve del escritor ruso. Hay más de sesenta narraciones, varias de pocas páginas, y muchas otras de una extensión que orilla la narrativa extensa, aunque el antólogo ha dejado de lado algunas piezas como “La sonata a Kreutzer” o “La muerte de Iván Illich”, algo más extensas que los textos que aquí se presentan.
Como sea, en este libro uno puede encontrar a Tolstói en su inmensa pluralidad de intereses y de enfoques de la actividad humana, pero también en su creciente manejo de la narrativa breve, llegando a relatos que son verdaderas proezas del género, como sucede con la narración morosa, pesadillesca y extasiante de “Amo y criado” o con los saltos de perspectiva imponentes de “Jolstomer (Historia de un caballo)”.
Como se sabe, Tolstói procedía de una rica familia aristocrática, pero muy pronto se sintió conmovido por el sufrimiento y el estado de vida penoso de los campesinos rusos. Tolstói fundó escuelas en sus propiedades, redactó textos escolares (muchos cuentos breves que fueron a parar allí, casi como un fabulario, pueden leerse en esta antología), dictó clases, predicó e intentó sacudir a las masas de su letargo de opresión. Quizás sea un lugar común para hablar de la literatura clásica, pero en Tolstói la fuerza principal radica en ver al prójimo atravesándolo con la mirada del amor, del amor más puro y religioso, que es como decir también que a Tolstói le preocupa centralmente el hecho de la vida como una preparación para la muerte, le preocupa qué hacen y por qué hacen lo que hacen los hombres y las mujeres cuando la muerte es algo asegurado, es el real desafío. Quizás esto último sea otro lugar común, quizás no…
Pero si hacemos un recorrido por los relatos más importantes o de madurez de Tolstói que figuran aquí, encontramos que la gran mayoría están regidos por un elemento común: todos incluyen a por lo menos un personaje que se nos exhibe como alguien que desarrolla un trabajo o una actividad, sea rico o sea pobre, pero siempre en el trance de estar obteniendo algo en (o “de”) la vida a partir de su trabajo. Y eso acompaña al conflicto de los protagonistas de estas historias. En “Echar raíces”, Simone Weil dice que “El trabajo físico es una muerte cotidiana.” Y parece que así lo entiende Tolstói, por eso se siente que en sus relatos los personajes, hagan lo hagan, les vaya como les vaya, están en tránsito hacia la muerte y son, al trabajar (parafraseando a Weil) simples intermediarios, en carne y alma, entre un estado de la materia inerte y otro. Y si lo que se busca allí es un sentido del accionar humano, ese es el momento en el que entra la religión, porque no se puede dejar de afirmar que la narrativa de Tolstói es en ese sentido religiosa. Es lo que al comienzo puede desconcertar o sorprender al lector de este libro: la fuerte carga de ideas religiosas o, más bien, la directa opinión sobre cómo un ánimo más religioso, eminentemente cristiano, mejora la condición del Hombre. Pero la religión no es nada sin la Belleza. Sin la Belleza el mensaje religioso se queda vacío o no existe. La Belleza permite que el espectador sea arrancado de su cotidianidad y sea sorprendido por lo nuevo. Pues bien, esto acontece en estos relatos. Tolstói logra darle forma a una Belleza que está desligada de términos como “feo” o “hermoso”; Tolstói nos ofrece la Belleza hasta en los momentos más desgarradores de la experiencia humana, como en el caso de la muerte del niño en “La oración”, cuyo tema e imaginería son, de hecho, abiertamente religiosos.
En “Canciones en la aldea” (terminado un año antes de la muerte del autor), el relato que cierra el libro, el narrador, muy identificable con el propio Tolstói por sus señas, presencia en una pequeña aldea de campesinos la amarga despedida de cinco jóvenes que son enviados a la guerra. Hay, casi al final mismo de la historia, una frase que podría definir el credo no sólo estético, sino ético de Tolstói: “Sentí una vergüenza atroz por haber contemplado todo eso como un espectáculo interesante.” Esto equivale a sostener que para uno de los más grandes contadores de historias de la literatura universal, el arte de narrar no era nada, o casi nada, si no traía consigo la fuerza necesaria para transformar a los espectadores de esas historias en personas mejores.

Los relatos que más me gustaron: “Tres muertes”; “El prisionero del Cáucaso”; “Qué hace vivir a los hombres”; “Jolstomer (Historia de un caballo)”; “Donde hay amor está Dios”; “Cuánta tierra necesita un hombre”; “Amo y criado”; “El padre Sergio”; “Después del baile”; “La oración”; “Divino y humano” y “El diablo”.

Varias veces miró al caballo y vio que tenía la grupa descubierta y que la manta y la retranca yacían sobre la nieve; pensó que debía levantarse y tapar al caballo, pero no podía decidirse a abandonar a Nikita ni siquiera por un minuto, para no quebrar ese estado de alegría que le embargaba. Ya no sentía ningún miedo.
‘No hay cuidado, saldrá de esta’, se decía con la misma jactancia con que solía hablar de sus compras y de sus ventas, dándose cuenta de que estaba consiguiendo calentar al mujik.
Vasili Andreich estuvo tumbado en esa postura una hora, luego otra y otra más, pero no se daba cuenta de cómo pasaba el tiempo. Al principio por su imaginación desfilaron diversas impresiones de la tormenta; veía las varas y el caballo bajo la duga, que se estremecía delante de sus ojos, y se acordaba de Nikita, que yacía debajo de él; luego empezaron a entreverarse en su imaginación recuerdos de la fiesta, de su mujer, del oficial de policía, de la caja de las velas y de nuevo de Nikita, que ahora yacía debajo de esa caja; luego se representó a los mujiks que compraban y vendían, los muros blancos de su casa de tejado de hierro, bajo el que estaba tendido Nikita; más tarde todo se mezcló, una cosa se convirtió en otra, y, como los colores del arco iris, que cuando se unen forman una luz blanca, todas las impresiones se fundieron en una única nada, y se quedó dormido.

del cuento: “Amo y criado”

Calificación: Excelente

Editorial: De Bolsillo / Alba, Buenos Aires, 2009.
Traducción: Víctor Gallego Ballestero
ISBN: 978-987-566-459-3

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2 comentarios en “Relatos, Lev Tolstói

  1. DGB: me siento conmovido por tu comentario. Tolstoi es de mi top 5 invariable. Hay algo como de una santidad literaria inexcrutable en lo que escribe. Una luz que antes sólo vieron Dante y uno o dos más (tal vez también Walt). Es de ese grupo de inabarcables. Dudo que en el siglo XIX alguien haya escrito con esa luz. Escribieron muy bien, claro, tal vez mejor que Tolstoi, pero no con esa conciencia ética del bien y el mal, no con esa sabiduría.
    Me encantaría leer ese libro, DGB, pero ya me voy resignando a que también te lo hayan prestado…
    A propósito, tengo un libro bastante extenso con cuentos de Tolstoi y Dostoievski. Se llama Grandes cuentistas rusos (pero está sólo ellos dos…), y es un contrapunto espectacular.
    saludos

  2. Gracias por el comentario, Pedro. El libro es mío, así que te lo presto cuando te devuelva el de Lagerkvist, por supuesto.
    Bueno, así que pensamos muy similar entonces con respecto al viejo León. Y me alegra mucho.
    Un abrazo grande.

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