Un vagabundo toca con sordina, Knut Hamsun

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Hamsun

En 1909 aparece la segunda de las novelas de Knut Hamsun pertenecientes a la “Trilogía del vagabundo”. Se trata de “Un vagabundo toca con sordina”, y su historia detalla la vuelta del protagonista, tras seis años de ausencia, a la hacienda del capitán Falkenberg. Allí, como se relataba en la anterior novela, “Bajo las estrellas de otoño”, el protagonista no sólo había servido, sino que había sentido una extraña fascinación por la esposa del capitán. Sin que lo reconozcan al principio por la tupida barba que lleva, el vagabundo

consigue trabajo al término del invierno y se encuentra con un panorama desolador. Los Falkenberg no sólo siguen sin poder tener hijos, sino que la relación entre marido y mujer se ha enfriado y la posibilidad de la infidelidad se cierne día a día.
De este modo, todo lo que le ocurre al narrador se descansa en los pormenores del matrimonio Falkenberg. Esta segunda novela posee es más la novela de los otros que la propia novela su personaje principal. Ese es el desplazamiento total de esta narración. ¿Para qué? Para que el vagabundo intercale en la descripción de sus trabajos diarios esa otra historia que le permite sacar conclusiones sobre la vida, no sólo sobre su vida.
Así como en “Bajo las estrellas de otoño” existía una particular modalidad de darle forma al relato, esta novela comienza haciéndolo explícito en las primeras tres páginas. Hay una suerte de distensión de lo narrativo: “No son asesinatos lo que pretendo relatar” (y para eso se vale de la historia autónoma del mexicano Rug en esas primeras páginas).
En cierto modo, “Un vagabundo toca con sordina” parece querer luchar contra la grandilocuencia de las actitudes humanas y de los relatos que nos terminan por cegar. Esa desconfianza es la sustancia de la novela: “¡Una de las tonterías más corrientes en los hombres es la satisfacción de que alguien nos tiene por más de lo que somos!” Esa desconfianza en estar habituados a otorgarle un significado mayor a las cosas, a revestirlas de una importancia mayor de la que pueden poseer, termina generando una profunda extrañeza página tras página, tan al borde de ese existencialismo escandinavo que este noruego comparte con otros escandinavos cultores de la necesidad de que la existencia muestre su luz, como en las narraciones de Pär Lagerkvist, o como en los ejemplos, disímiles entre sí, de películas como “Un verano con Mónica” o “Fresas salvajes”, de Ingmar Bergman, o “La Srta. Julie”, de Alf Sjöberg y “Palabra”, de Carl Theodor Dreyer. Y para que la existencia dé su luz, o por lo menos para darle su chance, hay que estar ahí contemplándola, y parar y recorrer y reflexionar: “Un vagabundo se aleja de toda superstición. ¿Qué es lo que pertenece a la vida? Todo. Pero, ¿qué es realmente tuyo?”.
Mi impresión final es que la historia del matrimonio Falkenberg apuntala una teoría de la vida, que se contrapone en cierto momento de la obra con la idea de la literatura como un vicio. O no como un vicio, sino como una traslación de la experiencia que puede llegar a ser engañosa si se la confunde con la experiencia misma, porque pone en juego una serie de significaciones articuladas. Sobre el final de la novela el protagonista recuerda una oportunidad en que para hacer unas reparaciones tuvieron que mover un armario lleno de libros pertenecientes a los Falkenberg: “Y ahora que pienso en la literatura, recuerdo que el capitán Falkenberg y su señora tenían muchos libros en su casa, novelas y obras de teatro, un armario lleno. (…) Tenían series enteras de escritores y todas las obras de estos escritores: treinta libros. ¿Por qué todas las obras? No lo sé. (…) El capitán y la señora leían. Sin duda sabían siempre lo que iban a encontrar en los ‘Poetas del Hogar’. Allí se trataba de la manera de arreglarlo todo. De modo que, sin duda, los leían. ¡Dios mío, qué cantidad de literatura había allí!”
¿Qué le puede pedir uno a una continuación de una muy buena novela? De entrada, que sea también muy buena, y esta lo es. Pero además tener la posibilidad de decir esto: Las ideas esbozadas en la primera novela adquieren en esta segunda proporciones contundentes.

El bosque y el río continúan murmurando; es una eternidad que se pone de acuerdo sobre un punto con otra eternidad. Pero las tempestades y el rayo son señales de que han entrado en guerra.

Calificación: Muy bueno

Título original: En vandrer spiller med sordin
Traducción: Pedro Camacho
Editorial: José Janés Editor (colección ‘Manantial que no cesa’), Barcelona, 1947.

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