La última alegría, Knut Hamsun

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Hamsun

Esta es la última de las novelas pertenecientes a la “Trilogía del vagabundo”. Fue publicada en 1912 y en algunas cosas, pese a no estar tan lejana a la anterior (aparecida en 1909) parece apartarse del conjunto. Aunque lo parece en un principio, aparentemente, me vuelvo a decir, porque los primeros capítulos quizás resulten algo tediosos, morosos en su manera de entrar en el asunto, francamente aburridos, tanto que uno termina echando de menos algo que había en las dos novelas anteriores.
Han pasado varios años ya desde la historia narrada en “Un vagabundo toca con sordina”. El vagabundo llega a un lugar llamado Torezinnen, donde halla acomodo en un complejo de bungalows al que se retiran a descansar por el verano ciertos burgueses, ciertos maestros de escuela, etcétera: algo como turismo noruego interno. El narrador es más viejo y no tiene mucho empacho en identificarse como un laureado escritor nacional cuya fama es un peso. Pero tampoco tiene mucho disimulo en extenderse en largas disquisiciones sobre la realidad de la Noruega previa a la Primera Guerra Mundial, criticando sus costumbres y el proyecto de país que se nota en esas costumbres, deplorando que se quiera tener como modelo a “la Suiza que en tantos años sólo sirvió para darle al mundo al reloj cucú”, y enalteciendo a Alemania como el modelo a seguir. Acá ya se ven las trazas germanófilas de Hamsun. Aunque ya cuando estemos en la Segunda Guerra Mundial y Hamsun esté regalándole su medalla del Premio Nobel a Goebbels podamos hacer la lectura del Hamsun-nazi, por lo menos en “La última alegría” aparece algo como el germen de esa situación, expresada en su preocupación por el destino de los pueblos europeos. Pero esa es otra cuestión… Cuando uno pasa páginas y páginas y esas cosas (sumadas a las ideas a veces demasiado machacantes sobre la llegada de la vejez) quedan atrás, de pronto se abre ante uno, bastante avanzado el relato, una gran novela.
Eso sucede cuando comienza ganar relieve como personaje la señorita Ingeborg Torsen, una maestra recientemente destituída, de poco más de 25 años, que busca en Torezinnen el reposo necesario como para rearmar su vida. Para la novela, la señorita Torsen se constituye rápidamente en una metáfora de todas las preocupaciones que el narrador deslizó desde el inicio, pero inclusive las supera, porque el mismo personaje se transforma en un espacio para la moral en un sentido extenso. De forma alternativa, en su peregrinaje por distintas partes de Noruega, el vagabundo se encuentra con la señorita Torsen y es testigo de sus dramas amorosos. La señorita Torsen parece ser a primera vista pura naturaleza reprimida, todo un cuerpo que pide por expresarse bajo los mandatos del amor, pero que desconoce cuáles son esos mandatos, quizás porque la mujer ha esperado demasiado de la vida o se ha hecho de ella una idea bastante insuficiente. Pero uno se termina sorprendiendo al final de cómo enfrenta la duda ante la vida la señorita Torsen, incluso el propio vagabundo.
Hamsun demuestra en esta novela final, quizás de forma más potente que en las dos anteriores, una capacidad extraordinaria para ofrecer a través de los pequeños gestos o parlamentos de los personajes un calado sublime de la vida, que termina haciéndole ver al lector lo que cuesta la vida, justamente, lo que cuesta ganarse la vida o un lugar bien ganado en el mundo, un sitio del que no avergonzarse a pesar de todo el dolor. Y con eso la novela toda disipa la incógnita sobre su calidad pese a aquel comienzo flojo, del que no queda mucha memoria.

¿Por qué he reunido tantas cosas dispares en un mismo marco? Joven amigo mío, una de las obras cumbres que ha producido el genio del hombre fue escrita en época de peste, precisamente a causa de la peste, digo yo. Además, amiguito mío, cuando uno ha permanecido largo tiempo apartado de los hombres, que tan bien conoce interna y externamente, no le habrá de ser vedado el volver a incurrir en el vicio de perorar sin tregua, para desentumecer la lengua y dar suelta al millar de discursos que ha incubado su cabeza. Sirva esto para mi defensa.
Si te conocí acertadamente, creo que tal cual de mis osadías habrá de provocar tu júbilo; hay una escena nocturna que leerás con toda seguridad, frotándote las manos. Claro está que tú dirás a la gente: “¡Es posible que haya osado escribir cosa semejante!” ¡Alma ingenua, la tuya! Trata de apartarte a un retiro solitario y esfuérzate por comprender aquella escena…; yo, por mi parte, no te ocultaré que he vacilado antes de decidirme a ofrecértela.

Calificación: Muy bueno

Título original: Den siste Glæde
Traducción: Luis Molins
Editorial: José Janés Editor (colección ‘Manantial que no cesa’), Barcelona, 1947.

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Un comentario en “La última alegría, Knut Hamsun

  1. La novela en cuestión, “La última alegría”, es más de lo que aparece en el comentario expuesto. El último capítulo, XXXVIII, vendría a ser como un capítulo dedicado a las intenciones del Hamsun respecto de la escritura de la novela. Ese capítulo parece ir destinado al hombre nuevo de la nueva Noruega, después de que se vislumbra en el horizonte la Gran Guerra, aunque Hamsun tiene sus reservas respecto de la Noruega futura y así lo hace saber el narrador al narratario al que va dirigida la novela. Ese último capítulo encierra las claves de la escritura, pero se nos revela un tanto críptico. Ciertas partes narrativas de la novela en cuestión van dirigidas a la segunda persona –al TÚ–, al “joven amigo”, lo que se nos revela con toda claridad en el citado capítulo postrero: “Todo esto lo he escrito para ti”, al “espíritu nuevo de Noruega”. Calificaría de memorable el último párrafo con el que se cierra la novela (traducción de L. Molins) (Ruego a quien ya la haya leído, vuelva a recordar ese párrafo). ¿Y qué decir de las tres últimas líneas de ese último párrafo? “Te resistes a convencerte de la verdad que encierran mis razonamientos, pero te obligaré a comprender que la verdad está junto a mí. (Y ahora se cierra la novela con una sentencia memorable) Prescindo del idiota que hay en ti”. Enorme Hamsun, enorme esta novela. Téngase en cuenta que Hamsun vivió 93 años (medio siglo en el XIX y medio siglo en el XX), asistió a dos guerras mundiales y varias locales, de todas ellas sacó su sabiduría, y su conocimiento del ser humano y elevó a categoría la NATURALEZA (de ahí su ‘panteísmo’) en esta novela y en las otras dos que forman la trilogía. En fin, ¿qué más podría añadir? ¿Que con qué adjetivo la calificaría? Con ENORME. (Gracias por leer, si es que alguien se ha tomado la molestia de hacerlo).

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