Dos mujeres en Praga, Juan José Millás

Millás
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Estimado señor Millás:

Hace un par de días que terminé de leer su novela y permítame decirle que me he sentido defraudado. Aunque tal vez el error haya sido mío, ¿no? Cuando un lector se enamora, cuando ha encontrado por fin ese autor que lo deslumbra y sobrecoge del tuétano hasta la punta del dedo gordo, es lógico que sienta el deseo de leerlo todo, el ansia de paladear cada uno de los platos de ese magnífico cocinero de imágenes e historias que le ha caído del cielo. Pero a veces es necesario saber cuándo detenerse, cuándo decir “alto” y desistir al menos por un lapso indeterminado. ¿Por qué? Porque en cualquier momento ese lector puede tropezarse con una comida agria, sosa o directamente mal elaborada que, pese a la calidad de sus materiales, no se permita tragar. Y el estómago, señor Millás, es cosa delicada. Apenas le cae mal una comida se pone arisco, y esa repugnancia puede durar toda la vida.
Veamos… Creo que todo comienza muy bien. Luz Acaso llega a la oficina del escritor Álvaro Abril para encargarle su biografía y comienza a contarle su historia. Ya con eso usted logra que uno se agazape sobre el libro y quede como un jorobado detenido en medio de la calle mirando un insecto curioso. La cosa se pone todavía más interesante cuando Luz Acaso cuenta que es viuda y que en su juventud dio su primer hijo en adopción. Pero usted redobla la apuesta cuando nos dice que Álvaro Abril sospecha que él mismo es adoptado desde su temprana infancia. Enseguida pensamos que Álvaro está demente, o que al menos padece un complejo de Edipo tamaño ropero, sobre todo por esa manía de contratar prostitutas para hacerlas ducharse frente a él  y así rememorar los viejos momentos junto a su -aparente- madre impostora. El caso es que al otro día, como bien lo sabe usted, Luz Acaso confiesa que todo era mentira: no es viuda ni nunca dio a nadie en adopción. Y no será la primera vez que haga esta clase de cosas, ya que inicia cada sesión desparramando las piezas de su antiguo testimonio para formar una imagen completamente distinta de sí misma. Sin embargo, Álvaro Abril sigue obstinado en su propia fantasía de adopción y no da el brazo a torcer. Muy pronto, e incentivado por un llamado anónimo de María José -una misteriosa chica emperrada en anular el lado derecho de su cuerpo-, Álvaro creerá que Luz Acaso es su verdadera madre. Para colmo, el narrador que hasta la página cincuenta tiene toda la pinta de omnisciente, aparece de sopetón como un accidental testigo que poco a poco va ganando protagonismo hasta dejar en primer plano su propio dilema, es decir, el dilema de haber dejado embarazada a una antigua amante que, al parecer, dio a su hijo en adopción. ¿Es Álvaro ese hijo perdido?
¡Todo muy entreverado, señor Millás! ¡Cada vez que agarraba el libro tenía que recordar ese intrincado esquema de caminos cruzados! ¿Qué necesidad de ser tan gilipollas? Si lo hice fue porque tenía la esperanza de que esa telaraña dejaría de tejerse en algún punto. Pero no, qué va. Usted se subió al carro y siguió tejiendo hasta doblar la aguja y reventar el carretel, ¿sabe?, porque se nota a la legua que no supo qué hacer con todo eso. Pareciera que usted mismo quedó preso de su propia red, y la novela concluye por tener el aspecto de un largo desarrollo, un juego de artificio que no supo dar con el tono.
No obstante, hay partes notablemente escritas. Usted sabe escribir, no diga que no, y es un especialista en encontrar el lado oculto de las cosas. A veces me recuerda a Cortázar, sobre todo por ese afán de ver la realidad como un calcetín agujereado que vaya a saber uno de qué lado está. El final de la novela trasluce la intención de mostrar ambos lados del calcetín, de entender el revés del tejido, pero todo queda como enturbiado por un insoportable olor a pata.
Para la próxima quiero vida, ¿me entendió? Un poco más de vida.
Atentamente:
Un admirador.

(…) deshacía por las noches la identidad que tejía durante el día. De este modo, siempre era la misma y siempre era distinta. Así nos hacemos también las personas reales: en una contradicción permanente de nuestros deseos. Damos la vida por lo irreal y desatendemos lo real. Amé a quienes no tuve y desamé a quien quise, decía Vicente Aleixandre, creo, uno de los pocos poetas que he leído con provecho.

Calificación: regular
Editorial Espasa Calpe, España, 2003 (230 pág.)
Premio Primavera de Novela 2002.

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5 comentarios en “Dos mujeres en Praga, Juan José Millás

  1. Primero que nada: ¡mismo que te partieron el corazón!
    Segundo: por lo que leí al final, con la metáfora del calcetín, y sumado a toda la cuestión psicológica que se refiere más arriba, me puse a pensar en que cada vez puedo menos con las novelas en las que se nota que el autor en realidad está comprobando ideas, que pueden ser muy inteligentes, desde luego… pero… pero que cuando se nota sólo la idea, la urdimbre de cosas prontas para que los psicólogos, los profesores de Literatura y de Teoría Literaria (me pongo de pie ante la carrera, ¡ojo!) se paren como si edtuvieran en un buffet a la hora del postre y se abalancen sobre las cosas a ver qué se sirven primero y… y… me olvidé ya bien de lo que quería decir…
    Abrazo…

  2. sólo quiero decirles que sigo leyendo los aportes de uds., sólo que con poco tiempo para comentar y enfrascado en una lectura extensa que explica un poco mi ausencia de estos días, junto con tanta maraña de diagnósticos y programas… A todos un gran saludo

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