Ocio, Fabián Casas

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Casas

El protagonista de esta novela breve de Fabián Casas pasa encerrado en su cuarto, casi incomunicado. En su casa vive con su padre y su hermano. Su madre, que era quien ponía cierto orden a las vidas de todos y las comunicaba, ha muerto. Ahora cada uno anda por su lado. El protagonista sólo quiere pasar acostado escuchando música (adora la segunda parte de “Abbey road”, sobre todo el llamado medley que termina en “The end”), leyendo o, también, escribiendo algunos textos que ansía publicar en una revista literaria que podría ver la luz con algunos de sus amigos. Con esos amigos, con los que en realidad el contacto suele ser superfluo muchas veces, salen de noche, toman drogas, especulan con la posibilidad de venderla, incluso. Etcétera, etcétera, etcétera. Digo tres veces “etcétera” porque este tipo de historias de pseudo iniciación en la adultez me parece tan común en el Río de la Plata que ya creo que estoy leyendo de nuevo varias novelas publicadas aquí y del otro lado. Me refiero a ese tipo de narrativa con un narrador protagonista hastiado del mundo, descreído del (o defraudado por) amor, la familia y eso que llamamos la búsqueda de un lugar propio en el mundo. Este realismo agrisado, emporio de los “losers”, suele ser también el escondite de un impulso narrativo fláccido que se hace uno con la sustancia de la que trata. Una narrativa que se ocupe de un personaje triste y que no pega una no tendría que ser necesariamente una narrativa triste y que no pega una. Este es el solipsismo llevado a su extremo, porque no es tan sólo el hecho de pensar que lo que a uno le parece importante le resulte importante a los demás. No. La literatura ha demostrado que cualquier modelo de vida, hasta el más repugnante para uno, puede llegar a ser tan absorbente para uno como lector hasta el grado de encontrarse con empatías desconcertantes. “Ocio” falla tanto por su brevedad como por su apresuramiento en la resolución de las escenas, que es lo mismo, además de ofrecer una sintaxis demasiada áspera para el “oído” lector. Pero falla, incluso, por distraerse del lector, del hecho de tener que sacar a un lector de su situación peculiar y rebajarlo por un instante ante el dolor de otro, para que ese “otro” pueda después de todo derramarse en la experiencia común del propio lector.

Esta edición de “Ocio” cierra con un cuento titulado “Veteranos del pánico”, que había sido publicado por Eloísa Cartonera en 2005. “Veteranos del pánico” es otra cosa, y levanta bastante el nivel. Es un cuento sencillamente hermoso, lleno de escenas bien resueltas y con un final que lo deja a uno con una sonrisa de ternura auténtica. Creo, en realidad, que “Veteranos del pánico” podría haber sido mucho más extensa y que hubiera sido igual de disfrutable. O sea, para hablar del tema de la extensión (cuando la extensión en realidad es un vehículo, es un recurso), “Veteranos del pánico” carece de la extensión que le hubiera hecho tan bien y que a “Ocio”, en cambio, le jugó tan en contra.

Olvidé al gordo cuando vi que Roli se aprestaba a picarse de nuevo. Me pidió que le sostuviera la goma para buscarse la vena. La sostuve. Se inyectó muy despacio. El silencio que se genera en esos momentos es similar al de la comunión cristiana. Me volvió a ofrecer un pico y le dije que no. Jalé unas líneas y volví al sillón. Roli corrió al baño porque le entraron arcadas. Era como la risa del diablo. Me quedé tumbado sobre el sillón hasta que sentí un ardor en la espalda. Al rato me picaba todo el cuerpo. En eso Roli volvió del baño y prendió el televisor. Yo me paré y fui al baño. Prendí la luz y vi en el espejo roto del botiquín la cara de un tipo parecido a mí. En realidad era mi cara después de una explosión nuclear. Los que quedábamos en el planeta nos habíamos convertido en monstruos. Salí del baño y me paré frente a Roli. “El increíble Hulk”, me dijo. Nos tomamos un taxi. Como Roli vivía en Independencia y Entre Ríos, en un tiro estuvimos en el Ramos Mejía. Nos sentamos en la guardia, frente a una puerta donde, cada veinte minutos, salía una enfermera y hacía una seña para que pasara el siguiente. Antes que yo estaba una vieja rodeada por sus hijos. Por lo que pude escuchar -los hijos hablaban en voz alta- se había empezado a sentir mal por la mañana. Parecía una india sioux. Era viejísima. Me causó gracia que los hijos pensaran que podía estar enferma. Simple y lógicamente, se estaba muriendo.

Calificación: Regular

Editorial: Santiago Arcos editor, Buenos Aires, 2006.
ISBN: 987-1240-23-6

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3 comentarios en “Ocio, Fabián Casas

  1. Esto que escribiste, D., es fundamental:

    “Este realismo agrisado, emporio de los “losers”, suele ser también el escondite de un impulso narrativo fláccido que se hace uno con la sustancia de la que trata. Una narrativa que se ocupe de un personaje triste y que no pega una no tendría que ser necesariamente una narrativa triste y que no pega una.”

    Ojalá no fuera así…

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