El cazador de autógrafos, Zadie Smith

Smith
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Disfruté esta novela. ¿Por qué? Porque el narrador tiene a la vez ingenio y profundidad, porque a veces interviene en la historia con alguna opinión, pero lo hace con tal tacto que nunca resulta una inmiscusión violenta, porque el manejo de la trama y los personajes tiene un ritmo que nunca está exento de buen humor, y porque las variaciones en el ritmo, que bien podrían ser atribuídas a cierta marcha errática, también podrían obedecer a un par de conceptos más frescos: libertad, juego, riesgo. El comienzo: “Prólogo: El zohar” es simplemente excelente, gran dominio de la anécdota, impecable conocimiento de los personajes, talento puro. Era bastante previsible que difícilmente ese nivel se mantuviera. ¿No es lo malo de ciertos comienzos? Son tan buenos que a veces todo lo que viene después de ellos, por bueno que sea, deja gusto a poco, y sin embargo, ¿no es una estupidez pensar así? Lo es. Es la forma de pensar del cliente de un restorán que se siente defraudado si la sopa no tiene un pelo.

La historia trata de Alex-Li Tandem, el hijo de Sara y Li-Jin Tandem –una judía y un inmigrante japonés-, de Mountjoy, un barrio de los suburbios de Londres, y de su entorno afectivo, sus amigos, Adam, Joseph y Rubinfine; sus colegas, Dove, Lovelear y el tísico Duchamp; su novia, Esther, su médico, su lechero, su gata Grace y unos cuantos más. Alex es cazador de autógrafos, que no es lo mismo que coleccionista. Él le vende autógrafos a los coleccionistas, ese es su trabajo. Pero, ¿quién es Alex? Quizá, en parte, un eterno adolescente, un tipo muerto de miedo, un judío sin fe que no ve sentido en los ritos, un obsesivo, un alcohólico, un hombre de treinta años desamparado ante la muerte. Vean esto, Rubinfine, que es un joven y próspero rabino, entra a la habitación de Alex-Li:

Él (Rubinfine) había acumulado cosas en su vida, que es lo que se espera que hagas, para que vayas colocándolas con cuidado entre tú y tu muerte, como en una carrera de obstáculos. La habitación de Alex parecía un dormitorio de estudiante. Apenas había diferencia entre el cuarto de Alex a los dieciséis años y el de ese momento: pantalones amontonados y calcetines viudos.

Alex-Li, un joven inteligente, culto, con cierto talento y carisma, pero tan incapaz de llegar a la verdadera profundidad de las cosas como un amputado de tomar un cigarrillo con una mano y encenderlo con la otra. Vean esta escena: Alex y Esther duermen en el sillón. Ella se despierta y encuentra, entre los almohadones, una media de red. Una media de red que no es suya. Parlamento de Esther:

Ese momento no llegará nunca, ¿no te das cuenta? El momento en que hayas tenido a todas las chicas que se te antojen y decidas conformarte conmigo. Las personas no se conforman con las personas; optan por estar con ellas. Para eso se necesita fe. Trazas un círculo en la arena y decides permanecer dentro de él, con convicción. Eso se llama fe, imbécil.

La búsqueda de un sentido siempre es la construcción del sentido. No hay un sentido último esperando a ser revelado, al menos no lo hay para los que no pueden –no podemos- confiar en la existencia de algo más que lo que ven. Para Alex-Li, no existe el Dios de los judíos ni ningún otro, existen dioses menores, los dioses del proyector y la pantalla, personas que, como dice Duchamp: “deberían desaparecer. ¡Puf! La gente de las películas no debería envejecer”. Y la diosa ideal y perfecta de Alex-Li es Kitty Alexander, una vieja actriz ruso-italiana de los años 50 a la que le ha escrito cartas semanales desde que tenía quince años, pidiéndole que le enviase un autógrafo, primero, y escribiendo bellezas como esta el resto del tiempo:

Querida Kitty:
En una reunión familiar, alguien a quien ella detesta le dice que cruza las piernas igual que su padre. Ella protesta, pero, al bajar la mirada, ve que es verdad. Un segundo después, recuerda que de niña jugaba a cabalgar en el zapato de su padre. Sonriendo, mueve el pie arriba y abajo.
Con cariño y gratitud,
Alex-Li Tandem (su mayor admirador)

Calificación: Muy bueno.
Título original: The Autograph Man
1ª edición: noviembre de 2003, España.
Editorial: Ediciones Salamandra.
Traductora: Ana María de la Fuente.
ISBN: 84-7888-846-2

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9 comentarios en “El cazador de autógrafos, Zadie Smith

  1. Leo:

    1: Iba a decirte también que me gustó mucho este pasaje: “¿No es lo malo de ciertos comienzos? Son tan buenos que a veces todo lo que viene después de ellos, por bueno que sea, deja gusto a poco, y sin embargo, ¿no es una estupidez pensar así? Lo es. Es la forma de pensar del cliente de un restorán que se siente defraudado si la sopa no tiene un pelo.” Me pareció justo, porque yo creo que a veces los lectores sobreexigimos algo de los libros cuando en realidad tendríamos que afinar el oído para captar la razón de ser de algo, la función que desempeñan otras partes del relato.

    2: Son buenísimas, buenísimas las palabras de Esther…

    3: Leí por ahí que Smith escribió esta novela luego de un gran bloqueo a raíz de la fama y el reconocimiento que le produjo su primera novela. Eso es algo interesante también, cuando el artista, pero para el caso el escritor, queda atrapado por sí mismo. Si juzgo por tu crítica, parece que salió más que bien parada del problema.

    Un abrazo.

    1. 1: ¿A veces los buenos arranques no son como encandilamientos? Cuando se te acostumbra la vista al refucilo te parece que la luz es menos brillante, pero no… Capaz que es eso lo que pasa, que por algún motivo -tengo mis teorías- nos hemos acostumbrado demasiado a que todo tiene que provocarnos sorpresas a cada momento, cambios de timón, giros rápidos. Nos hemos vuelto impacientes con las “partes lentas”, y, como vos decís, creo que como lectores muchas veces somos muy intransigentes con todo lo que no nos reporte un placer inmediato.
      2: Esther es un gran personaje. Uno se encariña.
      3: Nadie tiene más libertad que aquel de quien no se espera nada, ¿no? De la Sra. Zadie se espera mucho, se escribe mucho… y uno no es impermeable, todo se filtra y afecta. Esta vez sorteó el escollo.

  2. Leo: muy buena reseña! De los fragmentos que dejaste, me gustó mucho el segundo, “eso se llama fe, imbécil”, me resulta mágico y potente, como si me lo estuvieran diciendo. Creo además , ya hablando de la reseña y también de los fragmentos, que es mejor para el futuro lector encontrarse con el fragmento situado en un contexto mínimo que le permita captar mejor su significación, y lo digo pensando en otras reseñas que yo mismo he escrito, donde hablo del libro y después dejo el fragmento medio descolgado, disperso…

    saludos

    1. Pedro -¡tanto tiempo, che!-, y sí, “eso se llama fe, imbécil”, es lo que pasa cuando una mano con talento toma dos o tres palabras comunes y las ubica donde tienen que ir: magia. Siempre trato de poner las citas en un contexto que ayude a su comprensión, sin tirar abajo la posible lectura futura del libro, claro está… la idea es que los fragmentos elegidos guarden un poco del espíritu de toda la historia. No siempre sale. Abrazo.

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