Las dos amantes, Alfred de Musset

***
de Musset

En el París de 1825, transcurre esta historia de amor romántico protagonizada por Valentín, un muchacho de poco más de veinte años. Su situación económica no es la mejor, pero hace todo lo posible por que ella le permita perseguir todos los placeres que su época le puede proporcionar. Valentín está, además, enamorado de dos mujeres, ambas bastante diferentes. Por un lado está la marquesa de Parnes, que vive en su fastuosa finca rodeada de varios lisonjeros que aprovechan la ausencia del marido en funciones militares. Por otro lado está Madame Delaunay, una viuda joven que vive con su madre y que trabaja como modista para poder mantenerse a duras penas. Poco a poco el protagonista de esta breve novela adquiere la suficiente confianza como para concretar sus intenciones con las dos mujeres. La misma indecisión del personaje acerca de cuál de los dos amores es el más conveniente, y aun la incapacidad del personaje para entender la cualidad de cada uno de esos amores y su compatibilidad, le dan a “Las dos amantes” todos los elementos como para pensar una vez más el valor que tuvo “el amor” como tema en el período Romántico. Digamos, de otro modo, que entre las idas y vueltas con Madame Delaunay y con la Marquesa de Parnes se abre un espacio de reflexión más abstracto para tratar un tema de época como el de la dualidad realidad-ideal, o para demostrar cómo la experiencia en sí es desplazada ante la procura de lo virtuoso, que está en lo no vivido: “(…) ¡ah, señora!, hablar así de un lugar semejante es acaso más dulce que hallarse en él.”
Por estos aspectos puede interesar la lectura de esta obra de Alfred de Musset, aunque sobre el final ya pierda quizás un poco de la tensión y de la buena disposición del comienzo quizás por estar demasiado sujeta al tratamiento o a la comprobación de una idea o una tesis. También me gustaría decir que, de algún modo, (para pensarla en un continuo del desarrollo del Romanticismo), “Las dos amantes” se detiene a un paso del arribo del “spleen”. Pero de eso se ocuparán otros.

Para que le conozcáis mejor, os contaré un rasgo de su infancia. A los diez u once años dormía en un cuarto pequeño y contiguo a la alcoba de su madre. En aquel cuarto, triste y oscuro, atestado de polvorientos armarios, trastos y ropas, había, entre otros, un antiguo retrato con hermoso marco dorado. Cuando por las mañanas entraba el sol hasta el retrato, Valentín, arrodillándose en el lecho, se acercaba a él con gran delicia. Y apoyando su frente en la esquina del marco, permanecía horas enteras mientras le creían dormido. Los rayos de luz, al reflejarse en los dorados, le envolvían en una especie de aureola que deslumbraba sus ojos. Un éxtasis extraño se apoderaba de él, y mil ensueños pasaban por su mente. Cuanto más viva era la claridad, su corazón se dilataba más. Y cuando fatigados por el resplandor apartaba sus ojos, cerraba los párpados, gozando en seguir curiosamente la degradación de tonos de esa mancha rojiza que se fija en nuestra retina tras haber mirado largo rato al sol; y volvía de nuevo a su contemplación, sumiéndose en un éxtasis cada vez más profundo.

Calificación: Bueno

Título original: Les deux maîtresses
Editorial: Ediciones del Bronce, Barcelona, 2000
Traducción: Luis Fernández Ardavín
ISBN: 84-89854-93-9

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