¡El autor, el autor!, David Lodge

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Lodge

Creo (es decir, estoy seguro) que toda biografía es una obra de ficción. La vida de cualquier persona vuelta libro, vuelta palabras, implica en rigor una creación de esa persona más que una presunta descripción o “reflejo”. Las razones para afirmarlo son múltiples. Me demoraré (apenas) en dos: la evidentemente necesaria selección de momentos “significativos” (para lo cual media un acto de interpretación, es decir de imposición de sentido) y su articulación en una (o varias) líneas conceptuales que tienden a parecerse a encadenamientos causales. De la sucesión de momentos que componen una vida (y pensar esto último ya implica una tomada de partido, ya implica anclar la verdad de lo pensado a la de una premisa –asumir que existen “momentos” diferenciables, por ejemplo) elegir una cantidad determinada para armar una biografía, y al hacerlo rechazar otros, implica asumir un criterio, un concepto de “significancia” de ciertos hechos que relega a otros al vacío de importancia o significado; una vez reunido este corpus o canon de momentos significativos, elegir un encadenamiento entre los múltiples posibles nos arroja a una ficcionalización de segundo orden. Todo termina pareciéndose demasiado a los mecanismos de creación de una novela, que implican también una materia heredada y más o menos incuestionable (el lenguaje; incuestionable porque hay límites en qué tanto podemos forzar la comunicación, “más o menos” porque ya se ha jugado –y mucho- con esos límites –Los cantos de Maldoror, Finnegans wake, Trilce, Tertulia lunática, los sonetos de Mallarmé, etc), que también implican un fondo “real” (otros textos, las experiencias propias o ajenas tomadas por el autor como ladrillos en su construcción).
Por eso quizá valga como acto de honestidad escribir novelas –autoproclamadas novelas, claro- donde otros fingirían biografías, y quizá esta sea una manera de entender los caminos que llevaron a David Lodge a escribir ¡El autor, el autor!, porque cabe pensar en este libro como una suerte de novela-biografía (más que biografía novelada) de Henry James.
Es decir, Lodge inventa un James, y lo hace con conciencia, sin querer pasar gato por liebre al simular que se refiere al James “real”, ente hipotético o dudoso del cual podemos pensar que, como tal, dejó de existir el 28 de febrero de 1916, o, también, que nunca existió más que como una ficción creada por las representaciones que de él se hicieron sus lectores, como un constructo armado por sus allegados a partir de los rasgos de su personalidad que, consciente o inconscientemente James les mostraba, o como todo lo anterior unido más tantas otras posibilidades. El Lodge de James es inseguro y celoso del éxito ajeno (especialmente del de su amigo dibujante –fue un notorio cartoonist de la revista Punch– y luego novelista George du Maurier, autor de Trilby, uno de los primeros bestsellers de la historia de la literatura y, además, inspirador de El fantasma de la ópera de Leroux, introductor en la cultura popular del personaje del hipnotizador Svengali); inquietado por las mínimas ventas y repercusión de sus libros resuelve dedicarse a escribir obras de teatro, empresa en la que fracasa estrepitosamente (una de las mejores escenas del libro es la del estreno de su obra Guy Domville; al término de esta, James, confiando ciegamente en su éxito, aceptó salir a escena a saludar, ante los gritos de “el autor, el autor!”, -que lamentablemente terminaron por ser una cruel ironía- siendo instantáneamente abucheado durante minutos interminables que el pobre escritor padeció paralizado y atónito) y que, al asumirla, le llevará a la creación de su obra maestra final, la trilogía compuesta por Las alas de la paloma, Los embajadores y La copa dorada.
Uno de los momentos especialmente geniales de la novela (en la que aparecen además –a veces como si se tratara de cameos- Joseph Conrad, H.G.Wells, Oscar Wilde, J.M.Barrie, Rudyard Kipling y Robert Louis Stevenson) es la intervención final del narrador, que, tras dar comienzo a la descripción del lecho de muerte de su personaje, rompiendo la ilusión narrativa, hace un giro brusco en el que es tramada una ficción (es decir, una ficción de segundo grado, ya que todo lo anterior también venía siéndolo) que nos muestra a  Henry James alcanzando la certeza de que la posteridad será más generosa con su obra –mucho más- que sus tontos contemporáneos -¿y cuántos casos similares conocemos?.
En conclusión, una novela excelente, de archimeditada construcción, sumamente recomendable y la experiencia de lectura más grata en lo que va del 2010.

¡Qué maravillosa invención era la bicicleta! Qué sencilla y sin embargo qué ingeniosa. ¿Por qué la humanidad había tardado tanto en comprender que, si se le imprimía cierto ímpetu, un ser humano podía equilibrarse sobre dos ruedas durante un tiempo indefinido? El secreto residía en la combinación entre ímpetu y equilibrio…, y aquí era posible extraer una analogía con el arte de la ficción: el ímpetu era el impulso hacia delante de la narrativa, la formulación de preguntas cuyas respuesta quería conocer la audiencia, y el equilibrio era la simetría de estructura, la eliminación de lo impertinente, la repetición de motivos y símbolos, la elegante variación de…
En ese punto de su ensoñación, se encontró delante de un cochecito de niño que salió de repente rodando de una calleja, perseguido por una joven y una niña. Frenó con fuerza, la rueda delantera se bloqueó y patinó sobre la grava suelta de la calzada, la bicicleta volcó y él cayó al suelo. La mujer –que tenía aspecto de niñera- le ayudó a levantarse… (p.387)

(…) Dencombe tenía que morir al final del relato, en sus años de madurez, con la obra de su vida incompleta. Al imaginarse a sí mismo en este trance, Henry compuso una alocución en el lecho de muerte tan conmovedora y elocuente que le afluyeron lágrimas a los ojos mientras la escribía: “una segunda oportunidad: ahí radica el engaño. Nunca habría más que una. Trabajamos en la oscuridad; hacemos lo que podemos; damos lo que tenemos. Nuestra duda es nuestra pasión y nuestra pasión es nuestra tarea. Lo demás es la locura del arte.” Ni él mismo sabía exactamente lo que significaban las dos últimas frases; como los parlamentos de Hamlet o Lear, contenían más de lo que lograba expresar cualquier paráfrasis prosaica. Si se moría al día siguiente, bien contento estaría de que las inscribieran en su lápida. (p.219)

Calificación: Excelente
Titulo original: Author, autor
Editorial: Anagrama, Barcelona, 2006
Traducción: Jaime Zulaika
ISBN: 9788433970916

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4 comentarios en “¡El autor, el autor!, David Lodge

  1. La primera cita me pareció linda. Ahora bien, James… no ha terminado de convencerme a pesar de su magisterio. La reseña me ha gustado, aunque dudo que me interese leer ese libro, debido a mi estúpido desinterés en James. Ramiro: quiero vencer eso. Recomendame una obra de James que de inmediato me guste. Por favor, sáquenme de esta ignorancia en la que como un niño me encuentro, dijera L de T.

    1. A mí me gusta especialmente el Henry James de cuentos y novelas cortas; mi favorita en ese sentido es “Los papeles de Aspern”. De todas formas, su trabajo más conocido en esa área es “Otra vuelta de tuerca”, una obra maestra de ambigüedad. Creo que podría gustarte. Igual lo que más te recomiendo es la mencionada “Los papeles de Aspern”; tambíen: “La lección del maestro”.

  2. He estado rastreando mis prejuicios con James. Resulta que una vez me lo encontré en una antología junto a Poe, Hawthorne, etc., con La figura en el tapiz… Empecé y debe haber sido tan desestimulante que es uno de los pocos textos que he empezado y no he terminado. Después leí por algún lado que se trataba de un escritor ciertamente misógino (como muchos), misógino incorregible, de los que lo son por convencimiento (no de los que lo son sin saberlo)… en fin… En el IPA su nombre figuraba en las listas de autores probables a trabajar, pero elegí otros.
    Intentaré de nuevo con lo que me sugerís. Gracias!!!

  3. Recomiendo dos lecturas algo más modestas que Los papeles de Aspern -novela que leí y disfruté hace algún tiempo, aunque prefiero Otra vuelta de tuerca-, se trata de dos cuentitos de espectros, Pedro, que creo que te pueden reconciliar con el amigo James: Sir Edmund Orme y El pago del fantasma. Los tengo en una vieja edición del Club del Libro de Radio Sarandí, te la llevo en mi próxima ida a San José.

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