El libro negro, Orhan Pamuk

Pamuk
*****

Ya tengo comprados dos libros más del autor, lo cual me parece un indicador nada desdeñable si se considera que, cuando me interesa un autor, tiendo a seguirlo, hecho que tal vez no tenga otro fundamento que el de ahorrarme momentos desagradables frente a autores salidos de talleres donde no los enseñan a no ser estúpidos o a sosas realidades tras embelecos publicitarios. Otro síntoma de la calidad del mamotreto es precisamente la suma de más de quinientas páginas que jamás decaen, que no tienen una parte peor, en las que no sobran capítulos y allí donde la coherencia reina como lo hace adentro de un diamante que ofrece a su imposible habitante reflejos de sí mismo y reflejos de los reflejos y el rebote constante de la imagen y el pensamiento siguiendo la melodía del más mínimo atisbo de luz. Cuando agarro una novela para leer, lo hago al abrigo de la leña que se prepara para encenderse y rodearse de historias y más historias, y de un hilo. De hecho, podría decirse que Pamuk ostenta la rara virtud cervantina de contar y contar, y de novelar el novelar, con la intoxicación provocada por la lectura también incluida. Despliega además todos los tópicos posibles de la literatura: el doble, el impostor, el amor, el abandono, el príncipe, lo oculto, el misterio tras el lenguaje, la obsesión, lo metaliterario en profusión, la familia, lo deforme, lo perfecto, el héroe o el análisis despiadado de un país que se describe en capas y a lo ancho, con un lirismo histórico o decadentista (aprendí algunas cosas de Turquía; recuérdese que me mueve también el deseo de conocer cosas, como si me sirvieran para algo). En algún momento pensé que sería la novela escrita por Borges. ¿Lo habrá leído? Casi seguro. También lo escuché –sí, lo escuché- aludir a las mil noches y una noche. Lo sentí, me puse a su ritmo. Porque, claro, me obligó a hacerlo el muy hijo de su madre gracias a una sintaxis de oraciones largas llenísimas de incisos y subordinaciones que obligaba a leer cada palabra esperando, un cambio de rumbo. Adquirí esa gimnasia y me transportó a un pensamiento más complejo, que llegó a afectar mi propia escritura (favorablemente). Me quedé con la cuestión fundamental del libro palpitando de ida y vuelta por la columna vertebral sutil por donde fluyo. En determinado momento, y vuelvo un poco atrás, recordé una conferencia de Horacio Verzi acerca de Borges y cómo, valiéndose de la tecnología, había descubierto la repetición regular de dos o tres sustantivos a través de la obra del nombrado escritor de relojería suiza. La inquietud fundamental del autor circula límpida por ese canal y podría realizarse el mismo estudio por el fronterizo turco con resultados muy similares, que llevarán a cada cual a extraer las ideas o sentimientos que considere oportuno, necesario o emotivo.

El argumento importa, claro, sin personajes ni problema no hay narraciones. Pero es un esqueleto que cobra vida gracias a los procedimientos virtuosos o las ideas alambicadas. Y, al fin, es lo que hace a un buen libro o a un buen escritor, a uno que sólo por este libro se merecería no haber obtenido el Nóbel, a uno que me miró por dentro mientras lo leía, a uno que me azuza y me obliga.

A Galip le interesaba aquel asesinato político que había pasado a los periódicos con el nombre del “asesinato del baúl” porque conocía de sus años del instituto a algunos de los que se habían visto mezclados en el asunto. A Celâl, porque en un país donde se decía que todo era imitación de algo, un grupo de jóvenes creativos unidos en torno a una misma fracción política había reproducido hasta en los menores detalles y sin darse cuenta una novela de Dostoyevski (Los endemoniados).  pág. 312

Leyó un artículo de Celâl sobre los enredos de un aprendiz de vendedor de libros de segunda mano que los iba vendiendo puerta a puerta. El aprendiz, que cada día tomaba el transbordador para ira las adineradas mansiones de distintos barrios de Estambul, vendía sus libros, tras el consabido regateo, a las mujeres de los harenes, a ancianos que no salían de sus casas, a funcionarios agobiados de trabajo y a muchachas románticas. Pero sus verdaderos clientes eran los bajás-ministros, que no podían ir a otro lugar que no fueran sus ministerios y a sus mansiones a causa de la prohibición que Abdülhamit les había impuesto y a quienes controlaba gracias a sus agentes secretos. Mientras leía cómo el aprendiz de vendedor de libros viejos había introducido mensajes en los que vendía a los ministros y cómo les había enseñado a aquellos bajás (“a sus lectores”, había escrito Celâl) los secretos hurufíes necesarios para que pudieran descifrarlos, Galip pensó que lentamente se había ido convirtiendo en otra persona, en quien le habría gustado ser. Cuando comprendió que aquellos secretos de los hurufíes eran tan infantiles como el secreto de los signos y las letras desvelado al final de una novela norteamericana cuya versión adaptada, tras cruzar mares lejanos, le había regalado Celâl a Rüya un sábado por la tarde de su infancia, Galip supo perfectamente que uno puede convertirse en otro a fuerza de leer. En ese momento sonó el teléfono, y el que llamaba era, por supuesto, el mismo hombre.

Calificación: Excelente.
Título original: Kara Kitap (1989)
Traducción (buena): Rafael Carpintero (español)
Editado por Debolsillo, en Buenos Aires, junio de 2008
ISBN: 978-987-566-404-3

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8 comentarios en “El libro negro, Orhan Pamuk

  1. naaaaaaa…. dejate de cosas raras del Chaná y esto y lo otro… ponele ***** si le vas a poner, muchacho… Que si no entra alguien que no es de acá y no entiende nada…

    PD: [sólo para los de casa] Estrené casaca de GEB con cinco goles (cambio y fuera)…

  2. DGB es un abusivo. Aunque, extrañamente, el único que sale lesionado de esos partidos -con fractura de dedos, y etc-, es él. Respecto a lo de Carro del Chaná, yo también prefiero los asteriscos, y de ser posible, cinco. Si vamos a cambiar el sistema de puntuación cada vez que un libro nos parezca extraplanetario -por lo genial o por lo aborrecible-, esto se nos va de las manos. Son tonterías, yo sé, pero buep.

  3. no…
    del * al ******… esto no es la Constitución de la República, por favor… No la aburran…
    Tenés 24 horas, Ignacio…

    En cuanto a lo del fútbol, ¡cómo me bardean, eh! Usualmente no contesto ese tipo de provocaciones, pero hoy sí, y digo: me gustaría a ustedes verlos jugar contra varios de estos pibes… Nosotros, cada año más viejos, ellos siempre de 15, 16, 17 y a veces hasta más…

    Abrazos.

  4. a) El “a veces más” puede incluir a algún adscripto, a alguna jerarca excesiva, a algún muchacho que por algo tiene la edad que tiene y sigue ahí…
    b) Estoy levantado en armas, como Bartolo Gaite. No nos moverán, ni a mí ni al Orján.

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