El bello verano, Cesare Pavese

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Pavese

Esta es la tercera novela de Pavese que leo. Las otras dos fueron “La playa” y “El diablo en las colinas”, y, aunque la leí hace como diez años ya, creo que esta última es hasta el momento mi favorita, si bien no me acuerdo del todo de qué trata. Pero me ha quedado de “El diablo en las colinas” algo que persiste, que se agarra mordiéndome, como para que no me deje tentar por los buenos pasajes que leí en “La playa” el año pasado y que encontré en “El bello verano” ahora.
Ginía (derivado cariñoso de Ginetta) es una adolescente de unos dieciséis o diecisiete años ya emancipada un poco debido a la desgracia de no tener a sus padres y otro poco debido a que vive junto a su hermano mayor. Entre los dos, con los horarios cruzados por sus respectivos trabajos, la vida no va tan mal en la Italia fascista previa a la guerra. Digo “previa a la guerra” como una posibilidad, porque Pavese difuminaba muchas veces a propósito en sus narraciones las referencias políticas. El bello verano referido en el título se corresponde en realidad con las primeras páginas de la historia, y es el momento de la vida de Ginía en que descubre las posibilidades del mundo adulto. Ginía y sus amigas salen a pasear hasta muy tarde en la noche luego de trabajar. Pasean, pasean y pasean. Resbalan de a poco sobre la vida diaria y van al trabajo casi sin dormir, absolutamente deslumbradas de ese aire como de tiempo elastizado que parece ofrecer el verano. Es entonces que Ginía conoce a Amelia, y a través de ella a un grupo de pintores o aspirantes a pintores que utlizan a la muchacha como modelo. El asombro, la fascinación que Ginía siente por el hecho de saber que a Amelia la pintan desnuda es el inicio de una historia de iniciación. Pero a eso hay que sumarle en esta novela el desgarro existencial que trasunta las otras obras del autor. Si dijera que los personajes de Pavese se esfuerzan por comprender la vida, pareciera que no adelanto nada en este comentario; pero ni siquiera se queda allí el asunto. Los personajes de Pavese se desviven por exigirle a la vida, al relato que recogen de la experiencia diaria y que llaman “vida”, un significado. Y no es tampoco que ni siquiera comparezca ese significado. No, no comparece, creo. Pero lo que se agrega es un aspecto que me parece distintivo en lo que voy leyendo de Pavese: la perspectiva en que coloca a sus personajes. Uno no parece terminar de acercarse nunca a los personajes. Desde luego que demuestran toda su profundidad y conmueven, pero hay una distancia que el lector parece no poder salvar. Del otro lado está el misterio irrepetible de una vida y su lucha por encontrar su sitio en el mundo. Pero insisto, me gusta cómo Pavese tiene la capacidad de hacernos sentir que sus personajes están enjaulados por algo de sí mismos (o quizás la intención deliberada de no dejar que nos acerquemos), y que eso también rige las relaciones que tienen entre sí. Y uno no puede, no puede acercarse. Quizás sea la afición que Pavese tenía por la narrativa norteamericana, en especial la de Faulkner, lo que lo haya llevado a efectuar este procedimiento; quizás no. Tal vez eso estaba allí y lo vio de nuevo en Faulkner. Especulaciones, etcétera…

Vio a Guido por última vez la noche antes de que él se marchara al pueblo y se dio cuenta de que hacer el amor era como una muerte y se sintió tan atontada que cuando Guido apartó la cortina para mirarla, ella se cubrió la cara con las manos. Cuando llegó Rodrigues dejó que hablaran ellos dos y comprendió qué significaba no estar casados, y no poder estar juntos noche y día. Bajó la escalera aturdida y estaba convencida de que ella no era ella, de que todo el mundo se daba cuenta. “Por eso está prohibido hacer el amor -pensaba-, por eso.” Se preguntaba si Amelia y Rosa habían pasado por lo mismo. Veía su imagen al pasar por delante de los escaparates, caminaba como borracha y le parecía que aquella imagen reflejada en los cristales no era la suya, sino la sombra de otra. Se decía que ahora sabía por qué las actrices tienen siempre aquellos ojos tan extraviados, pero no debía ser eso lo que las dejaba encintas, porque las actrices no tienen nunca niños.

Calificación: Bueno

Título original: La belle estate
Traducción: Mª Carmen García Lecha
Editorial: Salvat editores, Madrid, 1972

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Un comentario en “El bello verano, Cesare Pavese

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