Dientes blancos, Zadie Smith

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Smith

En más de un sentido, Zadie Smith hizo su entrada en el panorama contemporáneo de las letras británicas pateando la puerta. Aunque esa sea una imagen desafortunada o al menos falsa, dado que es difícil pensar en Smith como una novelista preocupada por andar dando puntapiés a las puertas (tan solemnes) de la literatura del Reino Unido u a otras cualesquiera. Le haría falta más agresividad de la que uno adivina en su prosa, le haría falta más rencor, más resentimiento y mucha más mala entraña, y menos inteligencia y felicidad, también. Porque Zadie Smith no es una provocadora, al menos no en la acepción algo ridícula o pueril que el término ha adquirido en los últimos tiempos. Lo provocador en Smith son sus intenciones alegres y desmesuradas, escribir una novela como esta a los 25 años, escribir de espaldas al miedo y de cara al goce creativo.

La desmesura de Smith es tangible: la edición en español de Dientes blancos tiene nada menos que 525 páginas que completan 20 capítulos hinchados de personajes. Una lista no abarcativa podría incluir a Alfred Archibald Jones (Archie), que conoció a su segunda esposa, Clara Bowden (hija de Hortense Jones, la testigo de Jehová más fanática del mundo), el día que Mo Hussein-Ishmael (carnicero), lo salvó de suicidarse en la vía pública (intoxicación por monóxido de carbono, manguera de aspiradora conectando caño de escape con interior de Cavalier Musketeer). También hay que mencionar a Samad Iqbal y a su esposa Alsana, y a sus hijos gemelos, Millat (un delincuente juvenil, un sátrapa, un Omar Shariff de dieciséis años que podría tener a la mujer que desease de entre 18 y 30 años, de cualquier raza y religión) y Magid (un sabio, un maestro zen vestido de lino). Habría que hablar de Irie Ambrosia Jones, la robusta hija de Archie y Clara, que perdió todo su pelo cuando quiso convertirlo de rizado furioso en liso total sin advertirle a la peluquera que acababa de lavárselo, por lo que acabó con implantes de lacio pelo negro de una mujer hindú que recibió 25 libras por él. Habría que hablar del tatarabuelo de Samad Igbal, Mangal Pande, el único héroe de la familia, aunque los historiadores se empecinasen en decir que no fue más que un cobarde e inepto traidor. Habría que hablar del Ryan Topps, un motoquero fanático del Apocalipsis que llevaba en su sidecar a la señora Hortense de aquí para allá y aseguraba que el mundo acabaría en diciembre de 1999. Hortense, de 85 años en 1992, esperaba con suprema fe poder estar viva para verlo, pues ella estaría entre los 144 mil salvados por el Señor. Habría que mencionar, también, a los Chalfen, a todos ellos, pero especialmente a uno de los hijos Joshua (un ambientalista atraído por las tetas de Joely, la líder de la asociación), Joyce (botánica, tremendamente invasiva en asuntos ajenos a su incumbencia), y Marcus (genetista, su proyecto RatónFuturo®, iba a curar el cáncer). Y podríamos seguir, pero supongo, que ya se han hecho una idea.

Este libro no es un conjunto de cuentos bien engarzados, es una historia serpenteante que entra y sale de las historias de esta multitud de caracteres que nunca son tratados por Smith de modo funcional. Es decir, Smith no trae a escena un personaje sólo para que cumpla su rol en la novela y luego desaparezca sin más, cada uno existe para el narrador de un modo total. El resultado es, obviamente, una novela caótica que avanza con ritmo desparejo, con momentos brillantemente resueltos, donde el humor, la ironía, la capacidad descriptiva del narrador y su agudeza resplandece, y otros en los que los párrafos se resuelven a trompicones, con una marcha más errática, más forzada, tal vez. No es difícil, pues, imaginar a la joven Zadie Smith ante su ópera prima, probablemente su sueño largamente acariciado, y verla sentirse decepcionada o frustrada, como una niña que estaba convencida de que recibiría patines rosados en Navidad y ha tenido que conformarse con un vestidito lila y un par de broches para el pelo (broches de bichitos de San Antonio). Ante este fracaso -que es puramente íntimo, pues el público está encantado con la novela-, Smith escribe un artículo lleno de lucidez y honestidad, titulado Fracasar mejor, en el que dice, entre otras cosas, esto:

Un mapa de decepciones, lo que Nabokov llamaría un buen título para una mala novela. Me parece una guía más que adecuada para la tierra en la que viven los escritores, un país que imagino como una enorme playa con los esperanzados escritores en la costa mientras su novelas perfectas se apilan en la orilla opuesta, inaccesibles.

Zadie Smith, de 25 años, intentó en su primer salto, un salto perfecto. Fracasó ante sí misma, ante sus expectativas. Supongo que así es siempre, que todo intento es un fracaso, un fracaso salpicado de pequeños triunfos, quizá, pero lo que permanece y vibra es la idea de “¡esto no es lo que yo quería decir!”. Ya saldrá alguien a hablar de dinero en este asunto, porque nos hemos acostumbrado a hablar de fracaso en términos pecuniarios. Lo que ganó Smith por concepto de reediciones, traducciones a cinco idiomas, etc., es cuestión de contadores públicos. Seamos más cándidos por un momento y pensemos sólo en el concepto de fracaso creativo. Pues bien, de las dos siguientes novelas de Smith he leído sólo la segunda (El cazador de autógrafos), y he notado que si bien la voz se mantiene (la fuerza es la misma, el goce es idéntico), las intenciones adquieren una dimensión más humana, más al alcance de una mano humana. No creo que Smith esté renunciando a llegar a cierta altura superior, sino que aprendió que a veces es mejor subir los peldaños de dos en dos y no de cuatro en cuatro. Quizá escuchó a uno de sus personajes, Alsana Iqbal, inmigrante bangladesí que le habla a Neena, su sobrina desvergonzada:

Quiero entender todo el cochino universo en cuatro palabras. ¿Tú lo entiendes? (…) Es posible que lo comprendas mejor que yo. ¡Qué sé yo…! Una pobre chica de campo que andaba descalza… que no ha ido a universidades… (…) Pero yo no puedo estar siempre preocupándome y preocupándome por la verdad. Yo he de preocuparme por la verdad con la que se puede vivir. Y ahí está la diferencia entre tratar de sorber todo el océano o beber de los arroyos.

Calificación: muy buena.
Editorial Salamandra (Barcelona, 2008)
Titulo original: White teeth.
Traducción: Ana María de la Fuente
ISBN: 978-84-7888-686-9

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