Carta al padre, Franz Kafka

Kafka
***

“Está muy claro lo que la madre espera del hijo, pero cómo saber lo que espera un padre.” Juan José Millás, “Los objetos nos llaman” (pág 64)

Quien conoce someramente los rasgos biográficos de Kafka está enterado de la tirante y tormentosa relación del autor con su padre. Por otra parte, su literatura se encarga de arrojar ostensibles referencias a este conflicto –y  muchos otros-; lo que alcanza para forjar sólidas sospechas.
Un padre difiere de una madre por la cualidad del amor que prodiga a sus hijos. El amor de la madre es instintivamente incondicional. Los nueve meses de gestación consolidan un lazo único e inexpresable que rara vez se corrompe. Los casos de madres que venden o matan a sus propios hijos por iniciativa propia son, desde el punto de vista psicoanalítico, abominaciones al género humano. El padre, sin embargo, es el encargado de enseñar al hijo las normas fundacionales de la autonomía; la idea de orden y disciplina. El amor de la madre se posee, está, trasciende el desacuerdo, la injuria, la desobediencia. Pero el amor del padre no. El amor del padre tiene que ganarse.
Por eso no es extraño que el lector acuda a este libro con la idea de enfrentarse a un extenso reproche. Y si bien se trata un poco de eso, creo que esta carta muerta, nunca leída por el padre de Kafka, esconde otras aristas.
Hijo de un carnicero –y con todo respeto a los carniceros-, el padre de Kafka creía en la hombría como una forma de autoritarismo y vehemencia física. Tuvo seis hijos: tres niñas y tres varones. De esos tres varones, dos murieron a temprana edad. El remanente fue Franz: enfermizo, larguirucho, bonachón y, para colmo, interesado en el arte. El chico se tornó en el blanco incesante de exigencias y hostilidades que, a la larga, menoscabaron su autoconfianza y dieron lugar a un hombre temeroso y asediado por la culpa.
Yo creo que la culpa, otra vez, es el factor central de estas páginas. Kafka realiza un minucioso estudio de su padre recurriendo a ciertas anécdotas familiares donde se intuye un ambiente doméstico opresivo; pero deja en claro que no lo hace con una intención de reproche. Según lo explica, lo hace para “tranquilizarnos un poco a ambos y hacernos más fáciles la vida y la muerte”. Dado que esta carta nunca llegó a destino, se me hace que todo no es más que un pretexto para la catarsis, para poner en orden las ideas. Y en esa búsqueda, creo que Kafka nunca pudo exorcizarse del miedo; lo que lleva a preguntarse qué tan legítimo y honesto es el tono austero de la carta, y hasta dónde el discurso no está refrenado por el temor.
Este es un libro dolorido que confunde. No sé si Kafka fue un hombre instintivamente temeroso que agravó su condición para el resto de sus días por culpa de su padre, o fue acaso un niño mimado e irresponsable de clase acomodada que, ante el fracaso de sus vida social y afectiva, decide proyectar su culpa y alivianar la carga. Tal vez un poco de ambas. Tampoco se trata de descubrir quién tiene la razón.

Mis escritos trataban de ti; en ellos exponía las quejas que no podía formularte directamente, reclinándome en tu pecho. Era una despedida de ti, intencionadamente dilatada; sin duda eras tú quien la imponía, pero seguía la dirección que yo le fijaba. No obstante, ¡qué poca cosa era todo aquello! Sólo merece la pena comentarlo porque ocurrió en mi vida; en cualquier otro contexto sería totalmente imperceptible, y también porque dominó mi vida, como un presentimiento en la infancia, más tarde como una esperanza, y más tarde todavía como una desesperación que me asaltaba a menudo, y dictó –tomando de nuevo tu forma, si se quiere- mis pocas e insignificantes decisiones.

Calificación: bueno
Editorial Debate, Madrid, 1994
Prólogo de José Antonio Sánchez Villasevil

Nota: no hallé en internet la portada de mi edición, así que puse otra.

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8 comentarios en “Carta al padre, Franz Kafka

  1. Lo único que he leido de Kafka, además de la metamorfosis. Sencillamente desolador. Ahora, Leo, de afirmaciones tales como “Un padre difiere de una madre por la cualidad del amor que prodiga a sus hijos. El amor de la madre es instintivamente incondicional. Los nueve meses de gestación consolidan un lazo único e inexpresable que rara vez se corrompe. Los casos de madres que venden o matan a sus propios hijos por iniciativa propia son, desde el punto de vista psicoanalítico, abominaciones al género humano. El padre, sin embargo, es el encargado de enseñar al hijo las normas fundacionales de la autonomía; la idea de orden y disciplina. El amor de la madre se posee, está, trasciende el desacuerdo, la injuria, la desobediencia. Pero el amor del padre no. El amor del padre tiene que ganarse.” no sé que pensar. Es una opinión personal tuya o lo que interpretas del texto de Kafka? Semejante distinción me resulta obtusa, anticuada y hasta machista, que en el caso de derivarse del texto de Kafka correspondería al hombre y su época pero de ser tuya, me dejaría de piedra. Espero no ofender.

  2. Padrinos de Rodolfo:
    Te traigo este guante. Vine de Minas caminando para enrostrarlo. Los conmino a fijar territorio neutral a fin de lavar a golpes de sangre la honra mancillada.

  3. Querido Fito:

    ¡No se quede de piedra, compañero! Como padre -y vos sabés muy bien de qué se trata, porque ya vi ese gurí divino que tenés- quiero a mi nena de un modo incondicional. Al menos así puedo afirmarlo desde lo personal. Pero lo cierto es que, según las teorías psicoanalíticas, la figura paterna es la encargada de enseñar al crío cuestiones relacionadas a la obediencia, a la disciplina, al modo de afirmarse en la vida con orden y responsabilidad. El padre debe hacer esto porque la madre sencillamente no está en condiciones emocionales para hacerlo. La madre, por un lazo natural insoslayable, le enseña al hijo que para ganarse el amor no hace falta hacer nada. Y todo esto no quiere decir que los padres deban ser homologrables al de Kafka, para nada… Simplemente se trata de examinar un matiz.
    Se ha comprobado, por ejemplo, que personas criadas bajo una influencia predominantemente patriarcal, son más adeptas al orden, más encasilladas, más rutinarias, más fuertes a la hora de afrontar los problemas de la vida en comparación al resto de las personas; y también más desconfiadas cuando reciben amor gratuito. Del mismo modo, se ha comprobado que las crianzas con predominio matriarcal devienen muchas veces en dificultades del hijo para socializarse y para elaborar una red sólida de vínculos, lo que muchas veces desemboca en depresión, alcoholismo y derivados. El joven, acostumbrado a que el amor le llega de un modo natural, se despedaza ante las reglamentaciones -bastante mercantiles, por cierto- de la sociedad.
    Las religiones han sabido usar estas ideas de un modo inteligente. Algunas utilizan dioses únicamente femeninos. Otras aplican una cómoda mixtura. La virgen es la madre; no pide nada a cambio, cumple con nuestras necesidades de inmediato, incondicionalmente. El Dios padre no. Hay que obedecer sus dictámenes para obtener su ayuda…
    En fin, pido disculpas por lo desordenado de mi explicación. Espero que se haya entendido el abordaje.
    Mi mejor abrazo.

  4. Mi opinión es que el vínculo que retrata Kafka en toda su obra -y especialmente en Carta al padre-, con su progenitor, es una forma exacerbada de representar la relación padre – hijo tradicional en la cultura occidental, judeo-cristiana. La idea de la deuda del hijo. El hijo viene al mundo debiéndole al padre, debiéndole obediencia, respeto, sumisión. Históricamente esta es una verdad bastante clara de identificar a lo largo de las épocas, una verdad muchas veces incuestionable e incuestionada, una verdad a la que Kafka ayudó a traer a nivel humano, a exponer el sufrimiento, el hondo dolor de los padres e hijos inmersos en esa lógica cruel.
    Pienso en el padre de mi padre. En esa relación que sólo ahora, en la vejez de mi abuelo, ha llegado a una cercanía cariñosa. Pienso también en mi propio padre y en lo costoso que es desaprender lo que se ha aprendido de modo demasiado natural, la distancia, la incomodidad de expresar el cariño. Y pienso que no hace mucho (históricamente no hace nada) que ese esquema arquetípico que el psicoanálisis proclamaba, ha comenzado a cambiar, al influjo de padres que tienen fresco el recuerdo de su vida como hijos y que se permiten el goce de sus propios niños por fuera de estructuras preconcebidas.

    1. Me parece que estás cerca de darle al clavo. Con la distancia necesaria me permito aconsejarte la lectura de un escrito de Elias Canetti donde se puede leer entre lineas mucho de eso de lo que pensamos … y mucho más, naturalmente.
      Abrazo
      Nelson

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