A orillas del lago, Mary Lawson

Muy al norte de Canadá, en la comunidad agrícola de Crown Lake -más al norte sólo está el invierno blanco-, viven unas cuantas familias, descendientes de los pioneros, aquellos hombres y mujeres a los que prácticamente les regalaban la tierra si se ocupaban de desbrozarla, vivir encima y hacerla dar frutos durante la breve temporada fértil. Los Pye, los Morrison, los Stanovich, los Mitchell. Casi todos presbiterianos, gente de emociones reprimidas y absoluta dedicación al trabajo. Los hermanos Morrison son cuatro: Luke, Matt, Kate y Bo, y quedan huérfanos cuando sus padres tienen un accidente camino a la ciudad. Luke tiene 19 años; Matt, 18; Kate es una niña pequeña y Bo es prácticamente una bebé.

Lawson
***

La narradora es Kate y su historia va tejiéndose en dos líneas temporales, saltando alternativamente del primer año tras la muerte de sus padres hasta la actualidad, 18 años después, con Kate ya convertida en una investigadora en Zoología en la Universidad de Toronto. Las 250 páginas de la novela fluyen sin peso gracias a una prosa ajustada, exenta de lirismo (aunque no de belleza, por momentos), bien armada pero sin rimbombancias. Uno llega a conocer a todos los personajes, es cierto, y ahí es donde puede verse claramente la mano hábil de Lawson, que los define con cuidado, pero también es cierto que algo no acaba de cuajar. La lectura se vuelve amena y uno siente que conoce a las personas de las que se le está hablando, pero es precisamente eso lo que parece fallar, la mediación demasiado evidente de la voz narrativa, como si en una obra de teatro que venía bien apareciese por ahí el apuntador, asomándose demasiado, para sacarnos de la fantasía. El resultado es una especie de artificiosidad que no ayuda a implicar al lector, a sustraerlo, a arrancarlo de su realidad. Supongo que cuando uno lee una gran novela se olvida de que lo está haciendo. Quizá la novela de Lawson no sea grande en ese sentido. También puede ser incómodo el énfasis hacia el esfuerzo, el trabajo, el sacrificio y la inteligencia (sobre todo la inteligencia) que Lawson subraya y vuelve a subrayar cada vez que puede. Aunque casi sobre el final incluya un inciso en el que relativiza el verdadero valor de los estudios académicos, toda la novela parece apuntar a que lograr una formación terciaria es la forma de ser todo lo que uno puede ser. Me deja la sensación de que ese es un pensamiento profundamente norteamericano, protestante y positivista, si se quiere, el pensamiento optimista y simple (afilado como un hacha) que necesitaba aquel grupo de hombres y mujeres para sobrevivir en una tierra exigente.

No quiero decir que la novela no tenga alma, sino que cierta racionalidad algo gélida (Kate es una narradora que se confiesa imposibilitada para la empatía y la comprensión), genera turbulencias en ese espíritu que por momentos (las escenas en las que Bo participa activamente son adorables, como mínimo) sí alcanza una tibieza humana y entrañable. En esa frecuencia, lo mejor del libro es la notable historia de las cuatro generaciones de la familia Pye, que la anciana señora Vernon le cuenta a Kate mientras ella da vuelta la tierra de su huerto.

Imaginen a cuatro huérfanos en el entierro de sus padres. Todos los miembros de la comunidad a la que pertenecen los saludan compungidos pero esforzándose por parecer imperturbables, porque la procesión vaya por dentro, menos la señora Stanovich, que no es presbiteriana, sino evangélica:

En fin, el caso es que se nos acercó y nos miró uno a uno mientras las lágrimas le resbalaban por las mejillas. Nosotros no sabíamos adonde mirar. El señor Stanovich, a  quien llamaban Pico de Oro, porque nunca decía ni una palabra, saludó a Luke y a Matt con la cabeza y se dirigió apresuradamente hacia su camioneta. De repente, la señora Stanovich me apretó contra su enorme pecho y dijo: “Katherine, tesoro, hoy es un día de júbilo en el cielo. Tus padres, que Dios bendiga su alma, han ido a reunirse con el Señor, y el Padre Celestial se alegrará inmensamente de recibirlos. Ya sé que es difícil, pequeña, pero ¡piensa en lo feliz que estará Nuestro Señor!”

Me miró sonriente, con sus ojos llenos de lágrimas y volvió a abrazarme con fuerza. Su pecho olía a polvos de talco y a sudor. Nunca lo olvidaré. Polvos de talco, sudor y la idea de que allá arriba, en el cielo, se alegraban inmensamente de que mis padres hubieran muerto.

Calificación: buena.
Editorial: Salamandra (Barcelona, 2002).
Título original: Crow lake
Traducción: Gemma Rovira Ortega
ISBN: 84-7888-788-1

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3 comentarios en “A orillas del lago, Mary Lawson

  1. Linda reseña, Leo. Tal vez yo sea un lector más distraído, porque no me pareció que esa idea remarcada de la educación terciaria fuera un síntoma de tendenciosidad por parte de la autora… Más bien lo interpreté como un juicio -obsesivo, sí- del personaje. De hecho, esa insistencia podría ser una forma de mostrar lo que Kate necesita creer y reafirmar, dadas las condiciones en las que se crió, etc, etc…
    De acuedo con las otras falencias que mencionás. No olvidemos que esta es la primera novela de Lawson. Dado el éxito de este libro, ¿se dignará Salamandra en ofrecer otra de sus novelas? ¡Espero que sí!
    Abrazo grande

  2. Gracias por prestarme la novela. Respecto a la cuestión de la formación, la inteligencia, el afán por la búsqueda del conocimiento y su exceso (la bisabuela Morrison es la que pasa la frontera y provoca -así lo imagina Kate-, la cadena de desgracias), hay un movimiento ambiguo en la novela. Por un lado, la narradora no puede desembarazarse de una cantidad de ideas demasiado pesadas, anquilosantes, te diría. No se permite ver a Matt como a un hombre completo y feliz, sino como al fragmento del hombre que pudo ser. La distancia entre uno y otro, el real y el ideal, está marcada únicamente por la ausencia de la formación académica y profesional de Matt, un hombre que es demasiado para la vida de granjero, que se condenó por ser padre a los 18 años. Esa es la mirada de Kate, una mirada que sobrevuela con pesadez toda la historia -o al menos así lo sentí yo, Leo-, y que hacia el final se quiebra o comienza a resquebrajarse, aunque la destrucción total de esa idea fallida queda fuera de las páginas.
    Escribiendo este comentario reveo un poco la reseña y noto que quizá mi crítica es miope, pues hay personajes en la misma novela que atentan contra la idea central de esa pesada intelectualidad (Marie, Daniel, la propia Bo, no mediante su discurso sino simplemente con su modo de ser y estar en el mundo).
    Pienso en cuán injusto es juzgar a nuestros seres cercanos de acuerdo al ideal que de ellos nos hemos formado, a cómo creemos que deberían ser (una especie de máximo potencial realizado), en lugar de disfrutar simplemente de quienes son, reales, completos, fallidos.

  3. La reseña y los dos comentarios me han dado ganas de leer este libro, que además coincide, por lo que se ve, con un paisaje que me es afín.

    Espero coordinen entre uds, dueño y beneficiario de primer préstamo, para que me la pasen con las autorizaciones del caso.
    Saludos!!

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