La extraña, Sándor Márai

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Márai

Uno de los primeros impulsos que se pueden tener tras la lectura de esta novela del escritor húngaro Sándor Márai es la de calificarla como existencialista, a la luz potente de los conflictos de su personaje y a la de un mundo cuyos valores arrasados por las posguerras han dejado a sus seres a la orilla de un precipio. Está bien. Pero en cierto modo “La extraña” es una novela post-romántica, o más bien una novela que discute los supuestos románticos en un mundo nuevo, que no terminó siendo ni de cerca el que la Europa de comienzos de siglo XIX (o al menos la clase intelectual de esa Europa) tuvo para sí. Si el Romanticismo buscó en la lectura de la realidad más prosaica, más cercana, un lenguaje que le permitiera acceder a otro lado de la experiencia y recuperar así la noción de un Paraíso, “La extraña” parece ser un ejemplo del punto culminante de ese proceso, de esa tensión.
¿De qué trata esta novela? Bueno, eso es un poco difícil de establecer. De hecho, cuando uno lleva leídas las cincuenta o sesenta primeras páginas parece que no se sabe bien de qué va la cosa, y eso, justamente, la vuelve muy interesante. Victor Askenasi, un filólogo establecido en París, decide pasar unas vacaciones en el Mediterráneo para lograr la soledad que le permita pensar por qué su vida cambió tanto, hacia dónde apuntan o han apuntado realmente sus esfuerzos, sus sentimientos, sus ideales, etc. El encuentro con una mujer desconocida en una habitación del hotel desencadena una serie de reacciones cuya trascendencia es sostener más tarde el brillante diálogo que el personaje sostiene con Dios, con su imagen de Dios, al final del libro. “La extraña” es una novela sobre el puesto del hombre en el mundo. Y hablar de este tema ya parece presagiar las mismas gastadas palabras de siempre. Sin embargo la narración, a pesar de algún pasaje de distensión algo derivado de la simplicidad del argumento, no defrauda para nada. Las últimas diez páginas, por ejemplo, son tan fuertes, tan precisas, que se van a quedar mordiendo cualquier corazón solitario por largo tiempo.

Anna lo miraba sin pestañear, se observaban casi con indecencia, como si hubieran descubierto en el otro una nueva forma de desnudez despiadada, una desnudez insoportablemente obscena. Miró a su mujer con furia, ya seguro de que, a despecho de la ley o la justicia, ella sería la más fuerte. Sabía que algo había comenzado y no precisamente a las tres de la tarde del día anterior en aquella pensión, con una desconocida; sabía que todo aquello -no sólo su relación con Anna y la desconocida, no sólo la intención de abandonar aquella casa y a su hija, su esposa, su trabajo y las convenciones en general, para irse con otra mujer, a otro piso, según otras convenciones- no eran más que detalles del proceso o la experiencia que se había iniciado, que algún día aquella desconocida también desaparecería de su vida, pero que el proceso continuaría, ya que la trama, el sujeto y el significado eran el propio Askenasi, y tal vez no sólo como se veía él allí -sentado frente a su esposa, con el sombrero en la mano, a sus cuarenta y siete años, calvo y con gafas-, sino también algo más: su destino como persona, un ideal que estaba fracasando en aquellas circunstancias mezquinas y lamentables formadas por él mismo, aquella habitación, Anna y la desconcida de la pensión.

Calificación: Bueno.

Título original: A sziget
Editorial: Salamandra, Barcelona, 2008.
Traducción: Mária Szijj y J.M. González Trevejo
ISBN: 978-84-9838-147-4

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