Soldados de Salamina, Javier Cercas

Cercas
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Hay muchas maneras de entrarle a Soldados de Salamina (2001), de Javier Cercas. Desde la historia, por ejemplo, ya que su tema central -todavía delicado para los españoles- es un   acontecimiento de la cruenta Guerra Civil  recuperado por un escritor fracasado que se dedica al periodismo. Pero también desde el vasto tema de las relaciones entre la ficción y la realidad o entre la novela y la historia, ya que el escritor al que hacía referencía -llamado Javier Cercas, pero no el “verdadero” Javier Cercas, porque ciertos detalles de su historia personal puestos deliberadamente en evidencia no coinciden con los de su biografía “legítima”- persigue la escritura de un “relato real”, un texto asimilable a lo que Truman Capote en su momento llamó “non fiction novel” -término no tan fácil de traducir al castellano (ya que “novela basada en hechos reales” es débil y tonto, y “novela de no ficción” es caótico) y punto de partida de varias líneas en la historia de la literatura reciente.

Un día, el Cercas de Soldados entrevista al escritor (“real”) Rafael Sánchez Ferlosio, quien le cuenta una historia de la juventud de su padre, Rafael Sánchez Mazas, escritor y político fascista e ideólogo del grupo de ultraderecha Falange, asimilado por el franquismo. Tras ser capturado por soldados Republicanos cerca de Barcelona, estos resuelven fusilarlo junto a otros prisioneros. Sin embargo logra escapar, y se refugia en un bosque donde es atendido por una familia de campesinos hasta que conoce a dos soldados fugitivos de la República, que vienen huyendo de la caída de Barcelona. Juntos logran salir adelante y ser “rescatados” por las ahora victoriosas tropas de Franco, quien con el tiempo convertirá a Sánchez Mazas en uno de sus ministros. Ahora bien, esta historia guarda un detalle secreto, que Cercas confirma en varias fuentes y que empieza a obsesionarlo: Después del fusilamiento fallido, mientras Sánchez huye por el bosque, un soldado de la República lo encuentra. Lo mira a los ojos. Un superior lo llama, “¿hay alguien?”, le pregunta, “¿encontraste a alguién?”. Y el soldado, un joven de poco más de veinte años, mira a Sánchez a los ojos y, con una sonrisa, dice “¡No, acá no hay nadie!”, y se va.

Cercas escribe un artículo contando esa historia y siente que puede expandirla a algo más: un “relato real”, versión más breve de la non-fiction novel inventada por Capote. Pero algo le falta: justamente la razón por la que ese joven soldado perdonó al fascista, al enemigo. La primera parte de Soldados de Salamina, titulada “Los amigos del bosque”, entonces, cuenta la investigación de Cercas, mientras que la segunda (“Soldados de Salamina”) nos ofrece el “relato real” ya escrito. Pero tenemos que esperar hasta la tercera (“Cita en Stockton”) para encontrar -o no encontrar- esa clave que faltaba, a la que Cercas accede gracias a un relato de (redoble de tambores) nada más y nada menos que Roberto Bolaño, o un Bolaño posible, o un Bolaño ficticio que recuerda sus años de vigilante de Camping (que no olvidarán quienes leyeron Los detectives salvajes) y le cuenta a Cercas la historia de un viejo soldado de la República, un viejo perdedor que luchó todas las guerras posibles, en África, en la España de la dictadura franquista, en la Transición, en -finalmente- un asilo de ancianos donde Cercas lo encuentra tras una larga búsqueda.

Ahora bien, más allá de que Sanchez, Ferlosio, Bolaño y Cercas sean personajes “reales” (y recordemos que esa realidad está presentada desde la cuasi-irrealidad del narrador, que lleva el nombre de un personaje real pero que no es exactamente el mismo, como si operar aquí una ucronía secreta),  de que los hechos históricos -el fusilamiento, la caída de Barcelona, el posterior ascenso del Franquismo- sean “reales”, en el sentido de recogidos por la historia oficial de España, en Soldados de Salamina encontramos la perfecta condensación de una pensable “materia novelística”, una quintaesencia de la novela, una novela concentradísima y -diría- perfecta. Entonces, otra vía de lectura posible sería la de las posibles “reglas” de la novela, o, mejor, la de ciertas escrituras novelísticas que vuelven visibles esas reglas (ese “lenguaje de novela”,  sin dejar de emocionarnos incluso hasta las lágrimas, y a mi se me cayó más de una mientras terminaba la novela, en un avión, volviendo precisamente de la vieja y triste España.

…entonces el periodista mira su reflejo entristecido y viejo en el ventanal que lame la noche hasta que lentamente el reflejo se disuelve y en el ventanal aparece un desierto interminable y ardiente y un soldado solo, llevando la bandera de un país que no es su país, de un país que es todos los países y que sólo existe porque ese soldado levanta su bandera abolida, joven, desharrapado, polvoriento y anónimo, infinitamente minúsculo en aquel mar llameante de arena infinita, caminando hacia delante bajo el sol negro del ventanal, sin saber muy bien hacia dónde va ni con quién va ni por qué va, sin importarle mucho siempre que sea hacia delante, hacia delante, hacia delante, siempre hacia delante.

Calificación: Excelente
Editorial: Tusquets, 2001
Edición de bolsillo.
ISBN 9788483835012

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