Vieja escuela, Tobias Wolff

Wolff
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El problema de la identidad en una edad decisiva, esa etapa de la vida en la que los bordes comienzan a definirse y en la que la autoconciencia se vuelve tan fuerte que podemos disociarnos y vernos desde fuera. En ese momento se encuentra el joven narrador de Vieja escuela, interno becado en un colegio privado a mucha distancia de su familia, haciéndose su propio espacio en el mundo por medio de la literatura. Podría pensarse que la literatura (o al menos el discurso meta-literario), es la verdadera protagonista de esta novela de Wolff, pero si vamos un poco más allá vemos que eso es bastante circunstancial: el tema es la forma en la que uno se convierte, primero, en el hombre que es, y luego en el escritor que será, y en lo doloroso que resulta el aprendizaje cuando uno pretende invertir los términos de esa sucesión. El aprendizaje del orden natural de las cosas siempre es traumático.

El narrador integra el consejo editorial de Troubadour, la revista literaria de la escuela y junto a un grupo de compañeros, escritores y críticos en ciernes, compite regularmente en un certamen literario algo curioso. La escuela invita cada tanto a un escritor famoso y los alumnos pueden ganarse una entrevista privada con la celebridad de turno. Robert Frost, Ayn Rand, Ernst Hemingway, aparecen en las páginas de Vieja escuela y sirven para que Wolff establezca, más allá de sus obvias preferencias, ciertas observaciones de inusual lucidez acerca de la literatura como proyección de la vida. El narrador se ve arrebatado por las influencias, botecito en un curso tormentoso, y cada bandazo, cada nuevo descubrimiento del afuera provoca en él profundas revelaciones. Ve cómo los sucesivos ganadores de los concursos ganan por las razones equivocadas: George Kellogg escribe un poema que pretende homenajear a Frost, pero éste lo elige porque piensa que el joven lo está parodiando. Jeffrey Purcell escribe un cuento sobre la visita a la Tierra de vacas intergalácticas que vienen a buscar a sus descendientes y que se horrorizan al ver lo que aquí se hace con ellos. Ayn Rand elige ese relato por interpretarlo como un alegato individualista, contra el espíritu rebañego de las masas, pero resulta que Jeffrey es vegetariano y su única intención fue fabular su espanto ante el consumo de carne y el correspondiente sufrimiento animal. Ambos, George y Jeffrey, ponen en su obra todo lo que son, que tal vez no sea mucho, pero es sencillamente lo que hay. Frost y Rand, por motivos distintos, por perspectivas distintas, filtran esas obras de un modo que no puede sino contrariar a sus jóvenes autores.

Existe el reino de lo que somos y existe el reino de lo que creemos que somos. Más allá existe también el reino de lo que queremos aparentar ser. Y aún a cierta distancia de esos tres reinos existe otro, el de lo que los demás creen que somos (el decano Makepeace tiene muchos problemas en este rubro). El narrador de Vieja escuela se mueve entre esos reinos, cuya coincidencia jamás es total (y cuya discrepancia a veces es escandalosa), y arrastra por allí sus inseguridades de chico de clase media que, siendo judío, no es judío (es católico), de modo que si ve a los gentiles y a los verdaderos judíos debe reconocer que él está aún más aparte que estos últimos del resto.

La novela alcanza su clímax con la inminente visita de Papá Hemingway. Transcurre el tiempo y el narrador no logra escribir el relato con el que aspira ganar hasta que, en la revista literaria de un Colegio de señoritas, encuentra un relato que le habla de sí mismo:

Todo va bien. Esa era la última frase del relato, aquel relato en el que nada iba bien. Volví al comienzo y lo leí otra vez, en esta ocasión más despacio, notando durante todo el tiempo como si se hubiera abierto bruscamente mi compartimento más secreto, lo hubieran desvalijado y todas las cosas ocultas estuvieran dispersas por aquellas páginas. A partir de la primera frase me estaba mirando directamente a mi propia cara.

El narrador plagia el relato y gana el concurso. Es un excelente relato, la obra de una mano maestra. Sus profesores lo alaban, sus compañeros (y competidores), lo felicitan con alegría, reticencia o envidia. Todo va bien hasta que el plagio es descubierto y él es expulsado del Colegio. La forma en la que el chico asiste a la reunión de la que saldrá expulsado es reveladora.

No sabía lo que pasaba, pero habían circulado rumores de que habían copiado en un examen final de francés aquella semana. Yo no tenía nada que ver y no había visto nada de lo que hubiera que informar. El director se apoyó en la mesa y clavó la vista en el suelo, entre mis pies. No me había mirado directamente desde que entré.
-Muy bien, dijo, hable.
-¿Cómo, señor?

No es un chico asustadizo que teme ser descubierto a cada paso, ni finge no saber nada para escabullirse de las consecuencias, realmente ha olvidado el plagio. Más adelante, años después, se encuentra con la verdadera autora (que ya no escribe) y se produce esta conversación (él habla primero):

-No es un pobre trabajo. Es un buen relato.
-No. Es un ejercicio sin importancia y bien escrito sobre la infelicidad y el rencor, no es nada más.
-No sólo está bien escrito, es valiente y sincero.
-¿Cómo sabes que es sincero?
La miré.
-Supongo que no lo sé.

Una vez más, las miradas no coinciden. Lo que para la autora es un ejercicio, para el narrador es una revelación de sí mismo y para Hemingway “se trata de la historia de una conciencia y ese tipo de relatos, si son honestos, siempre tienen algo que hace que otra conciencia aprenda”. Cada intento de comunicación, hasta el más perfecto y refinado, parece destinado al fracaso. La obra de un autor como Wolff sería, en ese caso, una indeterminada serie de intentos fallidos por revelarse, un hombre que quiere salir de un pozo usando sus manos, que trepa, resbala, trepa, resbala, trepa…

Calificación: muy buena.
Título original: Old school.
Traducción: Mariano Antolín Rato.
Alfaguara (Buenos Aires, 2006).
ISBN: 987-04-0335-2

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9 comentarios en “Vieja escuela, Tobias Wolff

  1. No lo ubico, D., pero coincidimos en el gusto, supongo que los relatos de colegios e internados me interesan porque tienen todo ese gusto a cosa previa… previa y trascendente. A mí, por ejemplo, más allá de todas las críticas que puedan hacérsele, me gustó mucho La sociedad de los poetas muertos, por ejemplo. Y voy a ver de quién es El gran Meaulnes, y (más importante) quién me lo podría prestar… ejem… ejem… Otro abrazo.

  2. Listo… Alain Fournier, novela de 1913, por lo tanto, libre de derechos de autor, por lo tanto, descargable en PDF de cualquier lado, por lo tanto, ya descargada.

  3. Amigo Leo:

    Me alegra que te haya gustado el libro. Yo le pondría la misma calificación.
    El inicio de tu reseña me hizo acordar a una idea de Oliver Wendell Holmes que Unamuno cita en algún libro de cuyo nombre no puedo acordarme. Según Holmes, el individuo se compone de lo que “realmente” es, de lo que cree ser, y de lo que el otro cree que este es. Entonces cuando conversan dos, hablan seis. Y en esa multitud, los significados e interpretaciones se potencian… Creo que esta novela profundiza notablemente en el centro de ese tejido, y logra desmadejar algunas hilachas.
    Un abrazo.

  4. Sí, tenés razón, Ignacio. Gran, pero gran película… Está dirigida por Mikael Håfström… Y si no me equivoco se consigue en los dvdclubes con el título de “Sólo contra sí mismo”.
    Un abrazo.

  5. Gracias por este magnifico sitio. Lo acabo de descubrir y puedo decir que me guata muchísimo tanto en su contenido como su diagramación. Además agradezco los buenos comentarios de libros que importan. Sigo a TW desde hace muchos años y me ha gustado mucho esta reseña que en gran parte refleja mis impresiones de la lectura de esta libro.
    Abrazos y adelante….
    Nelson

    1. Nelson:
      muchas gracias por lo que decís del blog. Seguiremos subiendo reseñas.
      Ya que sos un lector especializado en el señor Wolff, ¿qué me recomendás de él para seguir?
      Leí los dos libros que aparecen reseñados hasta hoy.
      Saludos.

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