Anochecer, James Salter

Salter
***

Once cuentos propios de un novelista son los que forman parte de Anochecer, el único libro de relatos de James Salter (Nueva York, 1925), que además publicó un puñado de novelas que alcanzaron para granjearle un nombre en el panorama de la narrativa norteamericana. Salter, admirador confeso de Hemingway y piloto de combate en más de una guerra, maneja en los relatos de Anochecer, con dispar suerte, un registro que a veces puede llegar a ser exasperante para el lector: el de la extrema reticencia. Muchas veces parece como si llevase aquello del iceberg hemingwayano a su última frontera, ya no hay ningún pico de hielo fuera de la superficie, apenas vemos la sombra blanca sumergida, todo ha quedado más allá de nuestra vista y se nos pide –o ni siquiera eso- se nos plantea el dilema de sumergirnos en el agua helada si es que queremos ver al fin la historia, o el fragmento de historia, que se nos promete. El estilo acompaña siempre esta intención. Las frases cortas, los párrafos compactos y los diálogos breves consiguen que la lectura tenga un ritmo como marcado a metrónomo. Y sin embargo, contrariamente a lo que podría pensarse, con esas intenciones y esas herramientas, Salter logra un par de puntos muy altos a lo largo del libro. Sobrevolando los fiascos más o menos evidentes de ciertas historias en exceso pretenciosas (La destrucción del Goethenaum y Akhnilo), o en las que la imitación de Hemingway es demasiado obvia y sin justificación (American Express), los mejores relatos del libro son: Anochecer, Polvo y Am Strande Von Tanger. El resto son relatos del montón que ciertamente no le cambian la vida a nadie. Pero en ese trío hay literatura de la buena, hay personajes que toman cuerpo y existencia poderosa, como si se los hubiese forjado con tres certeros golpes de la maza de un buen herrero. Veamos dos descripciones. Esta es la señora Vera Pini (Anochecer):

Era una mujer que había vivido de una manera particular. Sabía cómo organizar una cena para mucha gente, cuidar perros, entrar en los restaurantes. Tenía su propia forma de contestar a las invitaciones, de vestirse, de ser ella misma. Se los podría calificar de hábitos incomparables. Era una mujer que leía libros, jugaba al golf y asistía a bodas, cuyas piernas estaban en forma, que había capeado temporales, una mujer espléndida a la que ahora nadie quería.

Y este es el viejo Harry Mies (Polvo):

La muerte estaba próxima para Harry Mies. Yacería desposeído, coloreadas sus mejillas, sordos los espléndidos oídos. No es posible adivinar la cantidad de cosas que él sabía. Estaba solo en las regiones más lejanas de su vida. La lluvia le había mojado, pero él se había aguantado. Hay animales que al final, cuando les llega la hora, se tumban a esperar. Él no era de esos. Cuando se arrodillaba, volvía a incorporarse poco a poco. Se apoyaba en una rodilla, hacía una pausa, y al final se balanceaba sobre ambos pies, como un caballo.

No hay en estos relatos finales sorpresivos, golpes de efecto ni tramas enrevesadas. Como si fueran bosquejos de historias más largas, ejercicios, proyectos, las historias toman consistencia y se desvanecen con una levedad que a veces tiene olor a trampa, a poca cosa, y que en otras se ocurre como algo justificado perfectamente por la vida interna del relato. Para saber cuál es el verdadero Salter habrá que leer sus novelas.

Calificación: bueno
Título original: Dusk and other histories (1988)
Editorial: Muchnik Editores, Barcelona, 2002.
Traducción: Antoni Puigrós.
ISBN: 84-7669-536-5

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