Juventud, J.M. Coetzee

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Coetzee

Hace un tiempo, en este blog, se escribió esta frase: Una narrativa que se ocupe de un personaje triste y que no pega una no tendría que ser necesariamente una narrativa triste y que no pega una”. Es una gran frase, no porque su construcción sea ingeniosa o brillante (que lo es), sino porque viene a darle forma y envase a una verdad, porque tiene el gusto de una lección bien aprendida. Leer Juventud, de Coetzee (tras haber leído Desgracia, Hombre lento y Elizabeth Costello), es ver esa verdad plasmada en una obra donde queda muy claro que para la mano de los grandes escritores no hay tristeza o chatura que logre entristecer o achatar una historia, y, por añadidura, que si una novela resulta apática o gris no deberíamos culpar de ello a los personajes o al tema.

Pues bien, Juventud es una novela semi-autobiográfica (de la serie comenzada con Infancia), que cuenta la historia de John, un joven universitario sudafricano, estudiante de matemáticas pero con ínfulas de poeta (Pound y Elliot son sus modelos). Es el retrato del artista adolescente, sus tribulaciones, dudas, temores, deseos, el ir y venir enloquecido entre un presente doloroso e insatisfactorio y el futuro en que será reconocido por el valor de su arte. Mientras, Sudáfrica vive los momentos más crudos del appartheid. John deja su país y viaja a Londres sin saber muy bien para qué. Acaba trabajando en IBM, etc. De todos modos, hacer esto, contar paso a paso los desplazamientos del protagonista no tiene sentido. En cierto modo, no hay nada en Juventud que pueda ser contado: pasa tal cosa, pasa tal otra… No se trata de eso. Pasan cosas, obviamente, pero uno no avanza con avidez en las páginas a la búsqueda de la clave de un misterio. No hay ninguna zanahoria delante de la nariz del burro (en rigor no hay tal burro, y de haberlo, el autor no querría que se fuese a ninguna parte). Uno avanza porque en cada línea resuena la fuerza de un arte que persigue la verdad, la verdad de la naturaleza de un hombre en proceso de convertirse en tal.

Respecto al estilo, bueno, para los que hayan leído algo más del sudafricano se van a encontrar con un Coetzee puro. La distancia que la voz narrativa marca con respecto a lo narrado –una distancia que a veces parece tan fría como insalvable-, es, sin embargo, constantemente vencida, descubriéndose así que se trataba de un pacto irreal, de algo que se estaba construyendo de ese modo porque era la única manera de revelar, llegado su momento, lo que se pretendía revelar. Tal vez Coetzee se comporta como un luchador que enfría la pelea durante los primeros cuatro o cinco rounds, manteniendo al contrincante lejos de su cuerpo gracias a sus largos brazos, hasta que de pronto lo encierra contra las cuerdas y le da un par de golpes íntimos y demoledores. Pues bien, desde lo puramente estructural hay un detalle que salta a la vista, muchos párrafos terminan con una seguidilla de hasta cinco o seis preguntas que muchas veces son variaciones de la misma interrogante, el golpe íntimo. Un ejemplo:

Los textos, escritos a máquina con una cinta gastada sobre papel crujiente, amarillento, son extraídos de un mueble que parece guardar una carpeta sobre todos los autores ingleses desde Austen a Yeats. ¿Eso es lo que hay que hacer para convertirse en catedrático de inglés: leer a los autores del canon y escribir una clase sobre cada uno de ellos? ¿Cuántos años de vida se te lleva por delante algo así? ¿Qué le hace a tu alma?

John sufre un desasosiego apático, un ensimismamiento desalentado que lo lleva a ir por su vida sin demasiadas expectativas reales de llegar a convertirse en hombre. Pasa muy rápidamente de ser un niño de ocho años a ser un joven envejecido (incluso, ambos estados llegan a convivir en él), pero nunca es lo que esperaba ser o lo que los demás esperaban que fuera. Vive en un mundo que no logra comprender y lentamente pierde las esperanzas de toparse con algo que dé sentido a ese mundo, un pegamento universal que venga a fijar cada cosa en su lugar. El arte y el amor fracasan algunas veces, le muestran que no son invencibles, que son caminos duros. Él no está preparado para el fracaso. Pero hacia el final (que es sólo el comienzo), con mucha torpeza llega a entrever una posible respuesta:

Y un día, estos hombres, estos poetas, estos amantes, tendrán suerte: la chica, no importa la excelencia de su belleza, les responderá, y una cosa llevará a la otra y sus vidas se transformarán, las de ambos, y punto. ¿Qué más hace falta sino una especie de obstinación estúpida e insensata como amante y escritor unida a la buena disposición para fracasar una y otra vez?

Calificación: excelente.
Título original: Youth.
Editorial Sudamericana, Debolsillo.
Buenos Aires, 2010.
Traducción: Cruz Rodríguez Juiz.
ISBN: 978-987-566-539-2

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5 comentarios en “Juventud, J.M. Coetzee

  1. Buen comentario, de nuevo, Leonardo…

    Bueno, y gracias por la cita… (Me pongo colorado…), por las citas, en definitiva… porque la primera de las dos de Coetzee es impresionante y aleccionante…

    Sobre el escritor y las cosas, donde escrbiste: “Vive en un mundo que no logra comprender y lentamente pierde las esperanzas de toparse con algo que dé sentido a ese mundo, un pegamento universal que venga a fijar cada cosa en su lugar.”, quiero decir que estuve leyendo al respecto algunas cosas interesantes en “El escritor”, de Azorín. Como lo siguientes (en el cap. XVII): “(…) Goethe ha dicho que las fronteras del hombre son las cosas. El verdadero arte, sea plástico o literario, se apoya en las cosas. De la realidad tangible parte para el ensueño”.

    Me gustó mucho también esta parte:

    “Pasan cosas, obviamente, pero uno no avanza con avidez en las páginas a la búsqueda de la clave de un misterio. No hay ninguna zanahoria delante de la nariz del burro (en rigor no hay tal burro, y de haberlo, el autor no querría que se fuese a ninguna parte). Uno avanza porque en cada línea resuena la fuerza de un arte que persigue la verdad, la verdad de la naturaleza de un hombre en proceso de convertirse en tal.”

    Un abrazo.

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