El escritor, Azorín

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Azorín

Aparentemente con esta novela Azorín, en el año 1941, cerraba un período de relativo silencio o de cierta desaparición de la escena literaria. No es casual entonces que el protagonista de la misma, Antonio Quiroga, sea un escritor que, además, como en el caso del autor, es un monstruo sagrado de la literatura española, o la viva imagen de un pasado glorioso, o el cuerpo con la cabeza que las nuevas generaciones van a querer cortar. El parricidio es uno de los temas del libro, realizado en el comienzo desde el lugar de la “víctima”. Para Quiroga, cierto ambiente parricida es en cierto modo una derivación de una relación mayor: la relación que existe entre las cosas que lo rodean y la fuerza de la que dispone para mediar entre él y esas cosas. ¿Por qué escribir cuando se ha tenido una vida exitosa al respecto?, parece preguntarse el protagonista. ¿Por qué seguir escribiendo cuando el mundo persiste, y persiste y persiste? Esto lleva a relfexiones preciosas sobre el arte de la escritura, sobre aspectos técnicos o emocionales resueltos con una prosa brillante. Pero el hilo del relato se tensa (si es que puede usarse ese término para un libro que fluye con la naturalidad de un diario de apuntes) al aparecer Luis Dávila, algo así como una joven promesa de la literatura española. Entre Quiroga y Dávila habrá a partir de entonces una relación que ejemplifica todo el proceso que va de la admiración, pasando por el parricidio, hasta llegar al pacto.
No es sin embargo la puesta en escena de ese conflicto lo más intereresante de este libro, sino la simple yuxtaposición de la vida de dos escritores, ese espacio que se forma en el medio, esa cosa no expresada sobre la incertidumbre del diario vivir del escritor y que los envuelve a ambos y los hace respirar el mismo aire, más allá de la diferencia de edad. Son dos hombres que escriben.
También Azorín pudiera haberle dado forma con “El escritor” a una preocupación sobre el asunto de la forma en la novela del siglo XX. Heredero de una respuesta al modelo decimonónico español, Azorín parece tantear y criticar ahora lo que se viene en el arte de la novela: es decir esa mescolanza entre lo ficticio y la abstracción formal manifiesta. De hecho, el argumento de “El escritor”, quizás engañosamente deslucido, o desasido, podría ser una guiñada para evadir la secuencialidad y allanar el espacio para un relumbrón tras otro de reflexiones o descripciones inapreciables de momentos del alma del escritor (que es lo que de manera estricta vuelve a este libro “confesional”). ¿Puede haber argumento en la narración de la vida de un escritor, en la narración apegada a su sensibilidad? El argumento traba una lógica, pero quizás lo que se pretende decir no forme parte de esa lógica.

¿Quién podrá conocer y explicar todas las influencias que obran sobre el escritor? Influye el escritor en el escritor; influyen las obras en las obras; influyen las cosas; influyen los mismos animales domésticos a quienes estimamos. ¿Es que la marmota que el padre Isla tenía en su celda no influía, con su reposo, con su sosiego, en el padre Isla? ¿Y es que agudizando un poco, temerariamente acaso, no podríamos ver en esas cartas familiares en que el padre Isla habla de su marmota una tranquila jovialidad, una alegría apacible, trascendida del curioso animal?
¿Y cómo influyen las cosas? Las cosas viven; las cosas nos esclavizan a veces; pero las cosas nos liberan otras de la tristeza y nos dan pábulo para la obra. Escribo estas líneas en una casa de campo; en la cantarera, enfrente de mí, sobre la losa arenisca y húmeda, se yerguen tres cántaros. Escribo en el zaguán iluminado vívidamente por el sol que entra de un cielo límpido. Los cántaros amarillentos reposan con sus líneas puras. Desde lo remoto pretérito han llegado, siempre quebradizos, siempre frágiles, renovándose de unos en otros, hasta nuestras manos. ¿Y es que tú, escritor, podrás tener esa perennidad? ¿Y es que tu obra podrá transmitirse como estos cántaros, de mano en mano, a lo largo de las generaciones? ¿Y es que tu prosa tendrá la pureza, la sencillez, la simplicidad de estas deleznables vasijas? Ello es eterno e insuperable: hagamos lo que hagamos, ni el más hábil escultor, ni un Donatello, ni un Rodin, podrían mejorar la forma prístina de estos cántaros humildes y milenarios. De una vez y para la eternidad han sido creados por manos primitivas en el arcano de los tiempos.

Calificación: Bueno

Editorial: Espasa Calpe, Buenos Aires, 1945.

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