Los detectives salvajes, Roberto Bolaño

Bolaño
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Quién haya vivido la experiencia de salir a caminar con el sólo objetivo de mirar con atención los rostros que salen al paso, seguramente –y aunque sea por un instante- ha rumiado la idea de que un cruce de miradas entre dos desconocidos es algo así como un trueque liviano de destinos. Se siente que algo de nosotros, acaso un gesto, una mueca, un rasgo físico particular, una sensación, se ha filtrado en el otro; del mismo modo que ese otro nos ha concedido algo de sí. Y lo mejor de todo está en imaginar la posible densidad que puede adquirir esa minucia, las posibles consecuencias que un gesto involuntario puede causar en una vida ajena, una vida que ya es un poco nuestra.
En esa tentativa de describir un destino a través de las vidas que lo han atravesado de un modo pasional o apenas rasante, se apoya la maniobra narrativa de este mamotreto. Bolaño despliega la historia de Arturo Belano –su alter ego- y Ulises Lima a través de la confesión de muchísimos personajes que los han conocido de una u otra forma durante el período 1975-1996, urdiendo un extraño crisol que combina lo policial y lo histórico, lo existencial y la aventura, lo sentimental y lo absurdo, la tradición y la vanguardia.
Todo comienza con el diario íntimo de García Madero, un joven estudiante de letras radicado en el DF que decide integrarse al grupo poético de los real visceralistas, fundado medio siglo atrás por la misteriosa y desaparecida Cesárea Tinajero, pero remozado por Lima y Belano. Lo curioso es que nadie sabe exactamente de qué se trata la estética del movimiento. Sin embargo, García Madero se deja arrastrar por el poderoso influjo de sus nuevos amigos, y de la noche a la mañana se ve inmiscuido en una vida disipada donde abundan las charlas de café, el consumo compulsivo de libros robados y las trasnoches de sexo en casa de las hermanas Font.
La segunda parte de la novela interrumpe el diario de García Madero cuando este, Lima y Belano se ven obligados a salir del DF para proteger a Lupe, una prostituta amenazada de muerte por su proxeneta. El viaje oficia de pretexto para iniciar la búsqueda de Cesárea Tinajero y así reflotar la poesía real visceralista, pero de esto nos enteramos en la tercera parte. Es este sector intermedio el de mayor gravitación. Aquí el discurso abandona el tono monologante y ordenado del diario íntimo de García Madero y abre un abanico inmenso de voces y de historias que se abocan a reseñar los próximos veinte años –y en escenarios muy disímiles- de los dos protagonistas, hasta dejar borroso todo el marco anterior. Como un hilito de agua que se topa con un dique, la novela va engordando desde el fondo a fuerza de tiempo y obstinación hasta formar un lago profundo. Para entonces, ya nadie se pregunta por el hilito de agua; todos quieren nadar en el lago.
Ahora bien, la técnica de la polifonía presupone, además de la mera consecución de anécdotas referidas en primera persona, la identificación de cada una de esas voces mediante un modo particular de expresión, sobre todo como estrategia de verosimilitud. Cito a Borges, que lo dice más claro: “En mi corta experiencia de narrador he comprobado que saber cómo habla un personaje es saber quién es, que descubrir una entonación, una voz, una sintaxis peculiar, es haber descubierto un destino.” Asombra que, como buen devoto de Borges, Bolaño haya desoído este consejo. Todas las voces del libro vibran de un mismo modo, ninguna logra despegarse enteramente de la de su autor, y por todo esto –con el añadido de comentarios irrelevantes y detallistas que remiten al estilo de la nueva novela francesa- el ritmo se torna moroso pese a la efervescencia de algunas historias. Sólo algunas.
Por otra parte, el perfil confesional del discurso induce casi la completa anulación del lirismo, de la poesía, siendo esta el eje vertebral y emocional de la historia. Se entiende que la intención es mostrar a la poesía no como un modus operandi, sino como un modus vivendi; pero esa resequedad anula también una chance de emoción en el lector, otro modo de acceso a la historia.
Entonces el agua del lago se vuelve inasible, y el lector se hunde hasta quedar dormido como una piedra en el fondo.
Está claro que no se puede pretender leer una novela de poco más de seiscientas páginas sumido en el vértigo, pero hay algo que no cuaja. Se me ocurre que, ante la avasallante apertura técnica y temática del Boom, Bolaño tuvo la pretensión de escribir la novela total, acaso la versión más moderna de Rayuela, pero eludiendo de algún modo el estilo y el carácter ya consolidado de la novela latinoamericana; procurando abrir nuevos caminos. Quien mucho abarca…

Durante un tiempo la Crítica acompaña a la Obra, luego la Crítica se desvanece y son los Lectores quienes la acompañan. El viaje puede ser largo o corto. Luego los Lectores mueren uno por uno y la Obra sigue sola, aunque otra Crítica y otros Lectores poco a poco vayan acompasándose a su singladura. Luego la Crítica muere otra vez y los Lectores mueren otra vez y sobre esa huella de huesos sigue la Obra su viaje hacia la soledad. Acercarse a ella, navegar a su estela es señal inequívoca de muerte segura, pero otra Crítica y otros Lectores se le acercan incansables e implacables y el tiempo y la velocidad los devoran. Finalmente la Obra viaja irremediablemente sola en la Inmensidad. Y un día la obra muere, como mueren todas las cosas, como se extinguirá el Sol y la Tierra, el Sistema Solar y la Galaxia y la más recóndita memoria de los hombres.

Calificación: regular.
Editorial Alfaguara, Barcelona, 2005.

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12 comentarios en “Los detectives salvajes, Roberto Bolaño

  1. Lo has rematado al chileno.
    Estimo que no sea injusticia de tu parte. Leí “La pista de hielo”, a tres voces, bastante monocorde y carente de interés. Es decir, carente de una trama interesante y de logro lingüístico.
    El tema de la metaliteratura y el “vivir poéticamente” son arenas movedizas, me parece. O lugares comunes, por decir un sinónimo. Y Bolaño ha causado tal vez demasiado entusiasmo como para que uno se entusiasme. Me voy alejando de él como la piedra que decías, llevada por la corriente de la crítica.

  2. Bueno, y yo quería decir que por lo pronto valoro la sinceridad de tu texto, Leonardo, en una época en la que Bolaño es el monstruo sagrado. Decirlo sin ambages, aduciendo tus motivaciones y fundamentándolas, me pareció muy bueno. Yo he leído un par de libros de Bolaño y en ellos he encontrado algunas cosas muy interesantes, y otras que no sé si tildar de demasiado ingenuas o superfluas, o, peor, un ejemplo de esa cosa que desde la ingenuidad o lo superfluo juega a ser más trascendente.
    Abrazo.

  3. Bueno, me tocó quebrar la lanza por Bolaño, esté de moda o no. No estoy de acuerdo especialmente con lo de que las voces no “suenan” diferenciadas; quizá no TODAS lo hagan, pero se me ocurren varías que sí se distinguen claramente entre sí… Auxilio, Iñaki, el poeta mexicano que ahora no recuerdo como se llama… en ese sentido no me parece una crítica muy feliz.
    Luego, lo de “quien mucho abarca” es, a lo sumo, una apelación al sentido común, que por suerte no es necesariamente común en la literatura, donde el riesgo es -en mi opinión- un capital valioso. Y si no ver Pynchon, DeLillo, Nabokov, Foster Wallace…

  4. Gracias por el comentario, Ramiro. A mí entender, si un relato polifónico ostenta sólo ALGUNAS voces debidamente concebidas, eso basta para que el lector recuerde que está leyendo una novela, es decir, para arrancarlo del hechizo. Además, se me hace que las voces de los personajes que citás se diferencian más por el vocabulario que por su modo particular de “respiración”. Ese es el núcleo, la sustancia de una novela polifónica: hallar no sólo el parámetro léxico en el que se mueve el personaje en arreglo a sus caracteres psicológicos, económicos, políticos, sociales; sino a través de un modo particular de ordenar las ideas, de armar y sentir el discurso acorde a una situación dada. Faulkner lo logra, por ejemplo. Bolaño no. Si me pidieran que dibujara la cara de cada uno de los personajes de la novela basándome en su voz y no en sus historias particulares, dibujaría a un flaquito cabezón de pelo ensortijado con un pucho en la mano. ¿Me explico?
    En cuanto al riesgo como capital valioso, creo que estamos de acuerdo al menos en el plano más general. Es cierto que lo temerario es condición necesaria para romper el modelo dominante y propiciar nuevos caminos, pero lo de Bolaño me parece desde el inicio un riesgo estéril. Un riesgo que no es tal. No pude detectar en esta novela cuál es el factor de innovación tan ponderado por la crítica. Se me hace que Bolaño -que, como dice Fresán, era un “lector que escribe”- recurrió a ciertas influencias y pretendió hacer un combo único, original, pero en cambio le salió un trago inarmónico donde los componentes no terminan de integrarse. Es como si yo me pusiera a mezclar ahora mismo todas las bebidas que tengo en la heladera sin pensar en proporciones o armonías. Me saldría una cosa de color indefinido en la que puedo identificar, pese a todo, los sabores individuales.
    Yo diría que algo así me pasó con este libro. Algo así…
    Un abrazo.

  5. Respeto tu opinión de lector, pero estoy muy en desacuerdo. No creo que se trate de buscar “innovación” (término que me resulta dudoso, sospechoso), pero sí “visión”; te remito por ejemplo al capítulo de la feria del libro, donde se cuenta el duelo entre Arturo Belano (Bolaño) e Iñaki (Ignacio Echevarria), y se dibuja en cinco, seis limpios trazos la “realidad” del mundo editorial (cosa que acá llega como un rumor distante).
    Nada más lejos de una descripción feliz de “Los detectives” -en mi opinión- hablar de un “trago inarmónico”. Muy por el contrario, creo. Además, “pensar en proporciones o armonías”, ¿no implica aceptar normas impuestas por códigos amplios del “buen gusto” o de lo “bueno” en literatura, justamente lo contrario que hacen las novelas que limpian el campo y proponen una revisión hacia atrás del canon?
    En cuanto a las “voces”. No lo veo como un asunto de proporción numérica.
    Y además, “arrancar del hechizo” no entiendo por qué es algo equivocado. Parte de la idea de la lectura como “transporte a otro mundo”, que es válida para ciertas obras pero no necesariamente universalizable. Romper la famosa “pared”, por ejemplo, o apelar a lo metadiscursivo, a la conciencia de artificio del texto literario (o sea, vamos, si la literatura no trata de gente o de hechos sino de palabras), son “valores” de una literatura posible (Tristram Shandy, sin ir más lejos… incluso el Quijote, y más recientemente Pynchon, Borges…).
    Ah, y no entiendo el argumento del flaquito cabezón, jeje.
    Salute!

  6. No leí a Bolaño, así que no puedo intervenir en la charla desde ese lugar, pero leyendo los comentarios de Ramiro y LDL me quedé pensando en algo que leí por ahí hace un tiempo (no sé dónde ni sé quién lo dijo, pero era algo así): el modo en que formulamos una crítica, sobre todo cuando el propio crítico es escritor, suele tener una intencionalidad particular, no siempre consciente, y es la de configurar un espacio desde el cual quiere ser leído él mismo. Leemos como queremos que nos lean. Buscamos en los autores lo que queremos que busquen en nosotros. En ese sentido, yo pensaría en la importancia que tiene para LDL la fuerza del ensueño de la ficción, por ejemplo, y en cuanto a Ramiro, cargaría las tintas sobre lo metadiscursivo y la conciencia de artificio del texto literario. (Lo peligroso de reseñar es que al fin y al cabo, nos reseñamos a nosotros mismos).

  7. Leo (Cabrera), totalmente de acuerdo! Escribir reseñas es una manera de leer, y uno lee de acuerdo a sus horizontes conceptuales; al ser escritor esos horizontes están inextricablemente ligados a los proyectos personales, de escritura, de “posicionamiento”; en mi caso, al menos ahora, me parece detalle clave ese juego metadiscursivo del que hablás, y estoy seguro que Leo (de León) -todavía no leí su libro, pero está segundo en mi lista después de un Gandolfo que tengo que reseñar- busca -y encuentra- eso que señalás. Y Bolaño es una encrucijada, en ese sentido.
    Leo (de León, ahora), quizá podrías probar leer alguna novela breve de Bolaño, donde los objetivos quizá son diferentes… estoy pensando en “Estrella distante”, por ejemplo; quizá esté más cercano a tus gustos.

  8. Es verdad, uno lo que hace es ver su ojo todo el tiempo.
    En mi caso, supongo que tiendo a coincidir en los gustos con LDL.
    Mi aporte mínimo es la lectura de “La pista de hielo” del mentado chileno, que me aburrió mucho a pesar de que se leía rápido. Dos voces no muy interesantes, una trama previsible. No me interesó seguirlo leyendo. Y el tema del culto a la figura del escritor me hace desconfiar mucho, eso sin mencionar que la metaliteratura me interesa tanto como una persona que sólo habla de sí misma.

  9. Bueno, en el fondo todos hablamos de nosotros mismos, de una manera u otra, aunque hablemos de otros, no?
    La pista es una novela muy temprana de Bolaño; creo que de alguna manera su talento (enorme) apareció con “La literatura nazi en América”

  10. Recién veo estos comentarios, y de atrevida me meto. Yo adoro a Los detectives salvajes, y adoro a 2666. Pero lo que yo adore no importa. En Los detectives encontré a gente que conozco, y casi hasta a mi, en esas idas y vueltas y personajes inolvidables. Pobres, entrañables, dando vueltas y apareciendo de vez en cuando en otras novelas de Bolaño. No me molestaron los cambios narrativos o como quieran llamarles, sino que me pareció una escritura fresca, interesante. Y atrapante (cosa que a mi me importa).
    Lo que no me importa es si está muy alabado o si está de moda, etc. Yo agarro un libro y me agarra o no, me afecta y me deja algo o no. Es así de simple.

    Saludos,
    ElsaKito

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