Fiesta, Ernest Hemingway

Hemingway
*****

Jake Barnes, el narrador de la novela, es un periodista norteamericano que vive en París luego de haber luchado en la 1ª Guerra Mundial en un frente de segundo orden, el itálico. Allí Barnes sufrió heridas que lo dejaron impotente para siempre. Lady Brett Ashley es una bellísima mujer inglesa que era enfermera en Italia y conoció a Barnes en el hospital. Están enamorados. La imposibilidad de concreción de ese amor atraviesa toda la novela igual que un cuchillo que nunca llega a cortar, quizá porque ya ha cortado y nosotros asistimos a otro momento de la historia, uno que ha llegado luego de que Brett y Jake aceptaron tristemente que juntos no había ningún futuro para ellos (Brett no es precisamente lo que uno diría “una señorita casta”). Es fácil pensar ahora en la célebre frase de Ortega y Gasset: “No hay amor sin instinto sexual. El amor usa este instinto como una fuerza brutal, como el bergantín usa el viento”.

Los personajes secundarios son notables, desde Robert Cohn, el judío que fue campeón de los pesos medios en la Universidad y que escribió una novela pero que no puede con la segunda y cuyo sueño es viajar por Sudamérica porque quedó embelesado con las descripciones de Hudson en La tierra purpúrea; Mike, el prometido de Brett, un hombre que está en la ruina, derrocha a crédito y que cuando bebe se pone buscapleitos; Bill, escritor de cierto éxito y fama, un hombre estupendo, gran pescador de truchas; Pedro Romero, un impresionante torero de diecinueve años… sin contar los breves personajes que entran y salen de la novela sin hacer nada excepcional y aún así fijándose en la memoria del lector: el conde Mippipopoulos, Harris, Montoya, Belmonte, todos viven, la multitud entera de la fiesta de San Fermín está viva.

Hemingway es lacónico –hizo de ese rasgo de su estilo algo grande-, pero habría que ir un poco más allá de ese laconismo, de esa economía, para entender su sentido. Quizá tenga que ver con la confianza del escritor en su historia y en sus lectores. Puesto ante la disyuntiva entre mostrar y contar, Hemingway decide mostrar la superficie de las cosas a veces con increíble detalle y con un lirismo tan medido como certero (las descripciones del paisaje del sur de Francia y norte de España son muy bellas). Barnes es un hombre sereno y su discurso es sereno. Muy rara vez tenemos acceso directo a su alma. Esta es una de ellas:

Es posible que con el paso de los años uno pueda llegar a aprender cosas. A mí todo eso me daba igual. Lo único que deseaba saber era cómo vivir mi vida. Tal vez si uno lograra aprender a vivir con todo lo que le rodea podría llegar a comprender el porqué de todo aquello.

La trama de la novela, sin grandes virajes, no pierde el interés jamás, de modo que la descripción lenta y cuidada de una trivial excursión de pesca al río Irati se vuelve tan atrapante como si se nos estuviese contando una aventura terrible y magnífica (y quizá así es). En fin, hay muchas cosas más para decir, pero sería un poco manido caer en aquello de poner a Barnes como símbolo de toda la generación perdida de la que hablaba Gertrude Stein, de una generación herida, convaleciente, una generación malograda. Quizá no haya que hacerle eso a los personajes, convertirlos en representantes de tiempos y lugares, reducirlos, momificarlos. En cierta forma, es probable que eso mismo le esté pasando al propio Hemingway, devorado por una mirada usualmente demasiado exigua y perezosa que se empeña en reducirlo a su mito.

Para terminar estaría bien citar a Raymond Carver, que tenía una idea muy poderosa de la obra de Hemingway. Carver dijo una vez que luego de leer En nuestro tiempo, pensó: “Aquí está. Esto es. Si sabes escribir prosa así, has hecho algo”.

Cerremos con la descripción de Hemingway de la forma de torear de Pedro:

Romero jamás hacía un movimiento brusco o extraño, sino que conservaba siempre la pureza del toreo natural. Los otros se retorcían como sacacorchos, levantaba los codos y se apoyaban contra los flancos del toro, pero después de que los cuernos habían pasado, para ofrecer a los espectadores una apariencia de peligro. Después, todo aquello que había sido falseado se volvía contra ellos y dejaba una desagradable sensación. La faena de Romero, sin embargo, causaba verdadera emoción, porque el torero conservaba la absoluta pureza de líneas en sus movimientos y siempre permanecía tranquilo, calmado, y dejaba que los cuernos pasaran muy cerca de él a cada pase. No necesitaba de trucos para fingir una proximidad inexistente, como hacían los demás (…) Romero había revivido esa antigua cualidad del toreo que consiste en mantener la pureza de la línea exponiendo al máximo, dominando absolutamente al toro para hacerle creer que el torero es inalcanzable y, poco a poco, irlo preparando para el momento final de la muerte.

Calificación: excelente.
Título original: The sun also rises.
Editorial Sudamericana, Debolsillo.
Buenos Aires, 2010.
Traducción: Joaquín Adsuar.
ISBN: 978-987-566-230-8

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2 comentarios en “Fiesta, Ernest Hemingway

  1. Me interesó mucho el libro desde siempre, ahora más después de esta reseña. Me interpela mucho eso del amor-pasión sin posibilidad material y que aún así siga exitiendo. Por lo que veo (por lo que leo), este hombre tocó la fibra como sólo algunos pocos pueden.

  2. Pedro (gracias por el comentario). El amor-pasión sigue existiendo en la novela, sí, pero en la forma de una amarga y calmada frustración que por momentos se vuelve exasperante, como una bomba a la que nunca termina de quemársele la mecha, mientras el lector, te juro, quiere que todo vuele por los aires de una puta vez. Un abrazo. (Te presto el libro cuando quieras).

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