El libro de las ilusiones, Paul Auster

David Zimmer, profesor universitario de literatura, ha perdido a su familia –su esposa y sus dos hijos- en un accidente aéreo. Tras dos años de depresión alcohólica y de coquetear con la idea del suicidio, se ríe mirando un cortometraje mudo. Esa risa se le ocurre prodigiosa. Nunca antes había visto al cómico: Hector Mann, un actor que tuvo un fugaz pasaje por Hollywood y que desapareció sin dejar rastro en circunstancias poco claras. Como modo de escapar a su estado de ensimismamiento, Zimmer comienza a recorrer los archivos fílmicos de EEUU, Inglaterra y Francia donde se encuentran distribuidas las únicas 12 películas de Mann. Piensa escribir un libro: El mundo silencioso de Hector Mann.

Auster
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Es un comienzo lleno de tópicos austerianos: por un lado está el misterio del hombre desaparecido; por otro, la fuerza del terrible azar torciendo la vida; más allá, las historias creciendo en el corazón de las historias. En El libro de las ilusiones, al parecer, el juego metaliterario y autorreferencial de Auster sufre una vuelta de tuerca o, quizá, simplemente se vuelve más evidente. Si hasta esta novela uno podía pensar que las coincidencias entre las distintas obras de Auster respondían más que nada a ciertas pulsiones inconscientes (o no del todo premeditadas, al menos), a partir de aquí hay que entender que la repetición de los temas, los personajes y las circunstancias en las que se ven envueltos se ajustan a una intención, a una voluntad bastante clara. Basta con un par de ejemplos, creo. Una de las películas secretas que Hector Mann filma durante su desaparición, y que Zimmer logra ver en un aislado rancho en Nuevo México, se llama La vida interior de Martin Frost. El propio Auster dirigiría esa película en 2007, cinco años después de la publicación de El libro de las ilusiones, siguiendo la estructura argumental que reseña en su novela. A su vez, otro título que aparece entre los filmes de Mann es Viajes por el scriptorium, que no es ni más ni menos que el título de la novela metanarrativa que Auster publicó también en 2007.

Estos elementos -y otros nada difíciles de descubrir pero que sería agotador detallar aquí-, generan una estructura tan deliberada como artificiosa. Es como si el autor no soportara entregarse mansamente a la novela y decidiera aferrarla al piso, como los liliputienses a Gulliver. Cada referencia externa, cada vez que salta a la vista un detalle que podemos asociar a la vida pública de Auster, es una soga aprisionando la posible vida de la ficción. Auster tiene la necesidad de estar presente a cada paso y sucumbe a esa necesidad (“soy yo el que está diciendo esto, yo, siempre yo”). Si en Leviatán uno de los personajes se apellidaba Trause, y si en La ciudad de cristal había un detective llamado Paul Auster, en esta novela Auster es todos los personajes y también es Dios, un dios griego, en realidad, que mete mano a todo y que no le importa ser atrapado con las manos en la masa (que en verdad desea ser atrapado y por eso deja pistas obvias por todos lados). Deus ex machina al extremo. Como un apunte lateral, quizá sea interesante mirar a Auster por un segundo a través de los ojos de su archienemigo, el crítico británico del New Yorker, James Wood, quien afirma que: Auster es un narrador convincente, pero sus historias son afirmaciones y no persuasiones”. Al comentario hay que drenarle la bilis, claro está, pero no habría que descartarlo sin antes ver cuánto de verdad puede haber en él. De la novela en cuestión puede extraerse un ejemplo bastante claro. En cierto punto de la historia Hector Mann ha caído en desgracia. Está vomitando en la taza de un wáter público. Necesita una nueva identidad. Detrás del retrete encuentra una gorra de lana con visera de cuero:

Entonces fue cuando vio el nombre de dueño escrito con tinta en la parte de atrás, en la banda de cuero del interior: Herman Loesser. Le pareció un buen nombre, quizá incluso excelente, y en todo caso un nombre no peor que cualquier otro. ¿Acaso no era él Herr Mann? Si decidía llamarse Herman, podía cambiar de identidad sin renunciar enteramente a ser quien era (…) Herman Loesser. Unos lo pronunciarían Lesser (menor) y otros dirían Loser (perdedor). En cualquier caso Hector pensó que había encontrado el nombre que merecía.

Tal vez lo que el crítico Wood señala respecto a la diferencia entre afirmar y persuadir, se ve con cierta nitidez en este pasaje donde Auster renuncia a dejar que el conocimiento llegue a nosotros por vías indirectas, y en lugar de eso utiliza un artilugio lingüístico que además fuerza demasiado los límites de la verosimilitud de la ficción. Supongamos que incluso podemos permitir el hallazgo de la gorra y, siendo generosos, el nombre escrito en ella. Aún así estaríamos lejos de aceptar la explicación etimológica del apellido. Si para este entonces el autor aún teme que no hayamos entendido que Mann ha caído en desgracia y decide usar la fuerza bruta es porque a) no confía en nosotros, o b) no confía en sí mismo. ¿Cuál es peor?

Hay un problema con Auster, definitivamente. Por un lado, es indiscutible que es capaz de mantener el ritmo, la tensión y el interés de sus historias a lo largo de cientos de páginas (este no es un mérito menor). Gracias a esa virtud suya el lector avanza rápidamente por la novela y recibe satisfacciones regularmente, asombros y revelaciones que impulsan la lectura, pero quizá -sólo quizá- el problema resida en que esos asombros y revelaciones no nacen del seno de la historia, sino que parecen ser elementos externos, manipulaciones. John Gardner en Para ser novelista, dice que: “La trama no es una sucesión de sorpresas, sino una sucesión cada vez más emocionante de descubrimientos, o de momentos de comprensión”.

Hacia el final de la novela, Zimmer, el narrador, declara:

Éste es un libro de fragmentos, una recopilación de aflicciones y sueños medio recordados.

Tiene bastante razón.

Calificación: regular
Título original: The book of illusions.
Traducción: Benito Gómez Ibáñez.
Editorial Anagrama, Barcelona, 2003
ISBN: 84-339-6997-8

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3 comentarios en “El libro de las ilusiones, Paul Auster

  1. Acabo de terminar el libro de marras. Aún aturdido, medio ebrio con la historia que acabo de leer y con los personajes sin plegar y guardar en la memoria, decidí buscar más. Necesitaba algo para la resaca. Confieso que he leído un montón de tonterías, de simples reseñas antes de llegar a esta critica. Me alegra leerla y aún más la inteligencia de tus criterios. Me alegra descubrir que no es única mi incomodidad con el pasaje (¿o debo decir “escena”?) del rebautizo de Hector Mann a partir de una gorra abandonada en un retrete. Podría mencionar otros “deus ex machina” o al menos que así me parecieron: su encuentro con Frieda Spelling a partir del suceso en el banco de Sandusky, o de la rocambolesca historia de Hector, Nora O’Fallon y su padre a pesar de cuan consciente es el escritor de lo extraño del asunto.

    Sin embargo, no me bastan todos estos argumentos para explicar mi extraña satisfacción insatisfecha con este libro. ¿cómo explicar mi fascinación por determinados detalles pero no del conjunto? La brillante narración-invención de la etapa muda de Hector Mann, sus películas y el propio personaje me parecen un fascinante ejercicio de ficción literaria en sí mismos, pero me parecieron excesivos e innecesarios para el argumento de la novela. Ni que decir de la casi transcripción del guión de “La vida interior de Martín Frost”: argumento original en si pero que me supo a relleno dentro de la novela.

    De cualquier modo, gracias por tu artículo. Oportuno y muy certero

  2. Calixto.
    Comparto… hay muchas más inmiscusiones de Auster en esta historia, claro que la idea tampoco era hacer un catálogo. El problema es que el tipo sabe narrar, sabe hacer avanzar una historia, y esto que a vos y a mí (y probablemente a algunos más) nos deja “insatisfechos” seguramente no son errores de acuerdo a la visión de Auster, sino apenas manifestaciones de una forma de ver la literatura. Una forma que puede estar más cerca o lejos de la sensibilidad literaria de cada lector. En mi caso, cada vez estoy más lejos de todas las obras a las que se les vean las costuras. “Suspensión de la incredulidad”, como decía Coleridge, sí, todo bien, pero dame motivos para creer, motivos, no trampas.
    Un abrazo y gracias por pasar y leer.

  3. Muy buena la reseña. Los últimos tres renglones explicaron, (o mejor dicho, justificaron) mi tremenda molestia al encontrar tantas y tantas casualidades que son fundamentales en la historia. Sin esas “casualidades”, yo no imagino cómo Auster hubiese desarrollado esta novela hasa el final.
    Gracias!

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