Ravelstein, Saul Bellow

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Bellow

Quizás con Saul Bellow me pasa lo mismo que me ha sucedido con otros autores consagrados: no entro a su obra por la puerta grande de sus libros más famosos, y me meto por una puerta de un patio. No lo hago por pura premeditación ni nada por el estilo, sino un poco por el azar. En el caso de Bellow, no he leído aún “Herzog”, y las puertas de los patios fueron la regular “Carpe diem” y, en este último caso, “Ravelstein”.
Este es el retrato inacabado, imperfecto, o el intento de un retrato, porque tiene mucho de reflexión y evocación, de un filósofo, especializado en política (Abe Ravelstein) efectuado por uno de sus amigos más íntimos. Ravelstein, de formación y prédica clásica, (léase fundamentalmente “griega”, más que “judía”) es un verdadero fenómeno en sí mismo. Sus estudiantes, sus ex-estudiantes, sus rivales, sus lectores: todos lo adoran de una forma u otra. Saltando toda la cuestión judía de por medio en la historia, toda esa cosa oy!, oy!, oy!, oy!, oy!, oy!, oy!, que tampoco pesa tanto, el Ravelstein que tenemos en frente semeja, más que un intelectual, el ejemplo de un sibarita, o, para el caso, esa imagen más o menos de diccionario ilustrado que tenemos de los griegos filosofando echados al sol y sobre el pasto, un poco con las piernas al aire y con el fruto del amor entre pares bastante a la mano. Es que el Ravelstein que el narrador elige para iniciar su retrato es el del éxito, el que logró que uno de sus libros de divulgación filosófico se convirtiera en un best-seller. Ravelstein es un personaje interesantísimo, sus observaciones son disfrutables, y, si no fuera por cierta impertinencia de esa cosa “grave” que termina en realidad parando la máquina, el resultado se me habría hecho mucho más disfrutable. Sobre el final, la novela levanta bastante cuando el propio narrador comenta sus últimos días antes de encarar el trabajo del retrato de su amigo, deuda que, en cierta forma, lo protege de la muerte a sus casi ochenta años. Por eso evocar a Ravelstein, al final, es empezar a hacer las paces con la misma muerte, a la que lo quiso preparar el filósofo en tantos y tantos días de discusión amistosa.

En los niños este impresionismo -la realidad real- es algo que los adultos toleran. Nada puede hacerse al respecto hasta cierta edad. En las familias adineradas dura más, tal vez. Pero Ravelstein podría haber dicho que en esto existe el peligro de indulgencia para con uno mismo. O bien uno continúa viviendo con las epifanías o las rechaza y empieza a trabajar en un comercio o se aboca a alguna tarea, adopta principios racionales y se ocupa de la sociedad, la política o de la ciudad. Entonces esa sensación de provenir de “alguna otra parte” se esfuma. En la teoría platónica todo lo que uno conoce son recuerdos de una existencia anterior en alguna otra parte. En mi caso, la opinión de Ravelstein era que el poder de observación había ido mucho más lejos de lo debido, y se lo cultivaba por sí mismo y por su extrañeza. La atención debía fijarse ante todo en la humanidad. Él opinaba que yo me entregaba en exceso a mi “metafísica personal”. Su severidad me hizo bien. En ese momento de mi vida yo no tenía la capacidad de cambiar, pero era excelente, pensé, que alguien que me apreciaba señalara mis errores y falencias. Yo no tenía ni la menor intención de quitarme, mediante cirugía crítica, las lentes metafísicas con las que había nacido.
Esta es una de las trampas que nos tiende la sociedad liberal: nos mantiene aniñados. Abe probablemente habría dicho: “Depende de ti hacer una elección. O bien sigues siendo como un niño, o decides que no”.

Calificación: Bueno.

Título original: Ravelstein
Editorial: Emecé, Buenos Aires, 2001
Traducción: Rolando Costa Picazo
ISBN: 950-04-2242-5

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