La carretera, Cormac McCarthy

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McCarthy

Se dice que Cormac McCarthy escribió esta novela (ganadora del Premio Pulitzer y recientemente llevada al cine) para conjurar o trasladar un miedo. El miedo acerca de lo que hará su pequeño hijo (John Francis) en este mundo cuando él muera. La historia de “La carretera” comienza perfilando las consecuencias de un gran desastre que ha deshecho casi toda la vida posible en el planeta. Un padre y un hijo atraviesan el país por una ruta interestatal rumbo al sur, a lo que sin mayores cálculos podría tratarse como el Golfo de México. Es invierno. El padre y el hijo caminan, acampan a los costados cada noche junto a un pequeño fuego, cuando es que pueden encenderlo de forma prudente, y se cuidan de no ser vistos. El padre le dice a su hijo que hay que cuidarse, que algunos son buenos y otros son malos, y que es difícil poder identificarlos; así que, ante la duda, mejor ser visto lo menos posible. Mientras tanto, día a día, hay que alimentarse. Pero todo es desolador. Las casas están todas arrasadas. Los árboles están quemados y muertos. No hay hierba. No hay ya aves que corten el cielo. No se sabe para qué, pero hay que avanzar.
Esta novela de McCarthy tiene por lo menos tres aspectos que se me ocurren sumamente interesantes. El primero de ellos es que escapa a la lógica imaginativa del relato de desastre o “post-apocalíptico”. A McCarthy no le interesan tanto los rasgos distintivos del sub-género: sólo lo imprescindible para que el relato se logre. Por eso uno no se topa casi con “dadores” personificados, ni, casi, casi, con los malos sorprendiendo por detrás de los árboles. La narración avanza, continúa y la tensión, más allá de la supuesta aparición de algo que se insinúe, está realizada por la misma forma del relato, algo que caracteriza al autor en sus otras novelas. Esto nos lleva al segundo aspecto: el tiempo, el profundo tiempo. Como sucede en el final de la novela “Ciudades de la llanura” con esa larga procesión que se coloca casi como un elemento extraño, en “La carretera” también está el interés por el proceso, por el ciclo temporal, más allá de las convenciones de los hombres, más allá de las raíces y los dioses y las pasiones (algo que podría estar corroborado en el último párrafo del libro). Si el narrador al final nos hace entender que es necesario que el mundo esté destruido para conocer cómo es, entonces ese otro lado, la Naturaleza, sacada de la apreciación humana, respira de forma desnuda. Esa parece ser una de las intenciones de esta novela: llegar a tocar la idea de la Naturaleza, de un conocimiento puro, como el que se revela en un texto bíblico justo a partir de la destrucción… Y tercero: el “homo faber”. Los personajes de McCarthy son antes que nada “personajes que hacen”. Se definen y los conocemos por lo que hacen, desde ajustar un tornillo hasta matar a un hombre. En “La carretera”, McCarthy encuentra también una buena condensación de esa idea. Para el padre y su pequeño hijo cada acto es importante porque puede ser el único, después de todo, que le dé solución o significación a sus vidas. Por eso recoger agua y que nosotros sepamos qué tan minucioso es todo el acontecimiento, y que lo leamos de forma visiblemente extendida, es, más que una forma, un fondo de conocimiento.

Al atardecer atravesaron un campo tratando de encontrar un sitio seguro donde encender fuego. Tirando del carrito por el terreno. Una región tan poco prometedora. Mañana encontrarían algo que llevarse a la boca. La noche los sorprendió en una carretera embarrada. Se adentraron en un campo y avanzaron despacio hacia un grupo de árboles que se veían pelados y negros en la lejanía contra el poco mundo visible que quedaba. Para cuando llegaron ya era noche cerrada. Cogió al niño de la mano y amontonó con el pie ramas y maleza y encendió lumbre. La leña estaba húmeda pero el hombre rascó la corteza muerta con su cuchillo y puso broza y ramitas a secar junto al fuego. Luego extendió el plástico en el suelo y sacó del carrito las americanas y las mantas y se quitaron los zapatos húmedos y embarrados y se sentaron en silencio con las palmas de las manos vueltas hacia la lumbre. Intentó pensar en algo que decir pero no pudo. No era la primera vez que tenía esta sensación, más allá del estremecimiento y la sorda desesperación. Como si el mundo se encogiera en torno a un núcleo no procesado de entidades desglosables. Las cosas cayendo en el olvido y con ellas sus nombres. Los colores. Los nombres de los pájaros. Alimentos. Por último los nombres de cosas que uno creía verdaderas.

Calificación: Excelente.

Título original: The road
Editorial: De Bolsillo / Mondadori, Barcelona, 2010.
Traducción: Luis Murillo Fort
ISBN: 978-84-9908-346-9 (vol. 702/2)

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3 comentarios en “La carretera, Cormac McCarthy

  1. Damián:

    Lo que siempre me gustó -y me seguirá gustando- de la prosa de este señor es la contundencia, la fuerza de su lenguaje. Una fuerza que se conjuga con lo más íntimo de la especie. Cada página, párrafo, oración, parece venir con el puño cerrado y, no obstante, un puño dispuesto a abrirse.

  2. Exacto. Exacto…
    Y otra cosa… ¡¡Qué candidato al Nóbel que se vienen morfando hace rato en Suecia!! ¿No?
    Este tipo sí que es clásico. Uno lo lee y no se puede sacar de la cabeza de que esto es un clásico.

  3. Yo también la considero excelente. Me gusta como escribe, describe, te lleva a la esencia, al momento, vives, tocas, sientes, casi eres el personaje. No hay engaño, hay empatía mutua.

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