Firmin, Sam Savage

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Savage

Una rata escapa de sus perseguidores. Está herida y encuentra un refugio en el sótano de una tienda de libros usados. Es una noche gélida en la plaza Scollay de Boston. Muy pronto la rata siente un dolor nuevo, inusual, y desgarra las páginas del Finnegans Wake de Joyce para dar a luz a sus trece vástagos. Y sólo uno, Firmin, el último en nacer, le es consecuente a ese alumbramiento tan impregnado de literatura. Bajo el yugo de sus hermanos, quienes siempre le dejan las sobras de la leche, se ve obligado a roer algunos libros del sótano para saciar el hambre, a vivir literalmente de las letras. Entonces, de un modo mágico, comienza a desarrollar una increíble habilidad de lectura.
Y leer es sinónimo de soñar. Firmin no es únicamente un lector compulsivo y curioso, sino un perpetuo soñador de historias, una rata en los bordes de la humanización que sin embargo nunca se deja ver enteramente como humano, puesto que es necesario para la historia mantener ese divorcio, esa tensión entre su aspecto físico y la mirada disidente y sensible que hace del mundo.
¿Conoce Firmin el amor? No estoy seguro, pero está claro que le encantan las películas pornográficas que pasan en la trasnoche del cine, y que no es ajeno a poderosos impulsos sexuales hacia sus propias hermanas. En todo caso, se podría decir que está enamorado de Norman Shine, el dueño de la librería; y también de Jerry Magoon, el bohemio escritor de pelo largo y vincha de indio que vive en el piso de arriba. Cada uno de ellos le revela distintas caras –ni buenas ni malas, simplemente distintas- del género humano, pero lo condenan igualmente a la soledad, rasgo que parece inevitable en toda cosa viva del libro.
Mientras estos vínculos se ramifican y Firmin los puebla de ensoñación, el gobierno de la ciudad planea el derrumbamiento de la plaza Scollay -librería incluida-, lo que trae una tensión adicional que hace pensar en las causas de ese afán brutal del progreso por abolir el pasado, y en la manera en que sus efectos percuten en la vida íntima de las personas.
Creo que a esta altura ya debe estar claro que un aire de fábula entibia y abraza la trama de la novela. Se podría decir que, como Gregorio Samsa, Firmin debe lidiar con el juicio y el trato despreciativo de su entorno, por lo que se gana enseguida la misericordia y el cariño del lector. Y si bien Kafka parte del hombre-insecto y Savage del rata-hombre, la moraleja es la misma. ¿Se las cuento?

Este es el relato más triste que nunca he oído. Empieza, como todos los verdaderos relatos, quién sabe dónde. Buscar el principio es como intentar descubrir las fuentes de un río. Se pasa usted varios meses remando contra la corriente, bajo un sol abrasador, entre altísimas murallas de jungla chorreante, con los mapas empapados de humedad desintegrándosele en las manos. Lo enloquecen a usted las falsas esperanzas, los malignos enjambres de insectos picadores, y las añagazas de la memoria, y lo único que saca en claro, al final (…), es un humedal de la selva o, tratándose de un relato, una palabra o un gesto perfectamente desprovistos de sentido. Y, sin embargo, en algún lugar más o menos arbitrario del largo recorrido entre el humedal y el mar, el cartógrafo clava la aguja de su compás, y es ahí donde nace el Amazonas.

Calificación: muy bueno.
Título Original: Firmin: Adventures of a Metropolitan Lowlife
Traducción de Ramón Buenaventura
Seix Barral, 2007, Barcelona.

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