Infancia, J.M. Coetzee

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coetzee

Coetzee es un hombre que está saldando cuentas pendientes. Un hombre que llegado a cierta edad de su vida ha alcanzado la suficiente lucidez (y con ella, el lenguaje y la despojada sinceridad) que hace falta para mirar la propia vida. Coetzee no se hace demasiadas concesiones y eso es algo que queda claro en las dos primeras novelas que forman parte de la trilogía de sus memorias (Juventud y esta Infancia). Algo que se siente con fuerza a lo largo de las páginas que forman la novela es que si bien Coetzee puede no acertar a dar respuestas sobre casi nada, es poco probable encontrar a alguien más certero que él para formular las preguntas precisas. Sus preguntas siempre son una aguja que toca el nervio: incómodas, eléctricas, duraderas.

La familia Coetzee (la madre, el padre, los dos hermanos), han tenido que irse de Ciudad del Cabo a vivir en Worcester, un pueblito rural de tierra arcillosa y polvo rojizo. El padre, abogado en una empresa de seguros, perdió su trabajo en la ciudad y debió venir con su familia a este sitio de casas iguales, de vegetación escasa, para llevar los libros en la fábrica de conservas de un judío. La madre, Vera, es una mujer extraña para la Sudáfrica de la época. El hermano menor aparece apenas en un par de escenas (una de ellas, escalofriante), sólo para que en relación a él quede claro el carácter del mayor. Un carácter hacia el cual el narrador (tercera persona, distante e íntimo, jamás indulgente) presta todos sus recursos:

Quiera lo que quiera, le guste lo que le guste, tarde o temprano tiene que convertirlo en un secreto. Empieza a verse a sí mismo como una de esas arañas que viven en un agujero con trampilla cavado en la tierra. La araña siempre tiene que estar regresando a toda prisa a su agujero, cerrando la trampilla, excluyéndose del mundo, escondiéndose.

Si en todo momento la particularísima historia de la Sudáfrica de mitad de siglo XX se filtra hasta la superficie del relato es porque no habría sido verosímil dejarla fuera, pero siempre que emerge, viene a cuento, y lo hace de un modo a veces sutil, a veces terrible. Para nosotros, lectores probablemente legos en la historia de un país partido (entre nativos, afrikaans, ingleses y Boers; también entre protestantes, católicos y judíos), la mirada de un niño es especialmente reveladora, porque siempre logra pintar un detalle que vale por el paisaje general, que da una idea, que sitúa. Hay algo en la prosa de Coetzee que consigue este efecto abrumador, y es su densidad, lograda a partir de su capacidad de connotación. Si uno mira el libro antes de leerlo puede pensar en que se trata de un volumen bastante magro, y sin embargo, al cerrarlo uno descubre que esa idea ha sido demolida.

Por ese talento tan inusual es que Coetzee no necesita ser exhaustivo con su infancia. Toma un período que va de los nueve o diez años hasta los trece o catorce, y de ese período, apenas unas cuantas escenas (algunas de ellas, en apariencia irrelevantes), y eso le alcanza para ajustar cuentas con aquel niño (aquel mentiroso y malvado que se horrorizaba ante la posibilidad de ser enfrentado a sí mismo), porque este libro parece escrito para cerrar una puerta, para dar por saldada una deuda, para poner sobre la mesa lo blanco y lo negro.

Para cerrar este breve comentario, un fragmento en el que queda claro el amor de John por la granja de la familia de su padre, llamada Vöelfontein (querría ser enterrado allí al morir, piensa el niño, y si no se le permite eso, que al menos esparzan allí sus cenizas):

La palabra secreta y sagrada que lo ata a la granja es “pertenencia”. Cuando está sólo en medio del veld puede pronunciar las palabras en voz alta: “La granja es el lugar al que pertenezco” (…) Una vez, en el veld, lejos de la casa, se agacha y se frota las palmas en la arena como si se las estuviera lavando. Es un ritual. Está inventando un ritual. Aún no sabe lo que significa el ritual, pero le alivia saber que no hay nadie cerca que pueda verlo y contarlo después.

Calificación: excelente.
Título original: Boyhood. Scenes from Provincial Life.
Traducción: Juan Bonilla.
Editorial Mondadori, Barcelona, 2004.
ISBN: 987-9397-31-2

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4 comentarios en “Infancia, J.M. Coetzee

  1. Leo:

    Algunos detalles se me han desdibujado, pero creo que esa impresión en cuanto a la densidad de la prosa es sensiblemente acertada.
    Cuado terminé de leer esta reseña no pude dejar de sentirme feliz al saber que todavía me quedan muchos libros de Coetzee en la lista de pendientes. Seguro que muchos nos envidian.
    Un abrazo.

  2. Sólo leí “Desgracia” y se me cayeron las medias. Me mata su aspesia, me lo imagino escribiendo con un bisturí. El tipo pone todos los verbos en presente y genera una distancia increíble con la historia. Quedás como narcotizado en las escenas más terribles, como si te hubiesen puesto un algodón empapado en éter en la narizr. Un salado.

  3. “Desgracia” es una novela absolutamente impresionante y que no da chance, ni alivio, ni respiro. Sin un sólo ángulo blando o tibio. Coetzee es absolutamente un salado. Un clásico contemporáneo, sin dudas. Ahora pienso que ese narcótico, en vez de adormecer, despierta. Y la lucidez que provoca es lo que se nos vuelve casi insoportable.

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