Versos de vida y muerte, Amos Oz

***
Oz

El protagonista de esta nouvelle es un famoso escritor que la voz narrativa identifica como “El autor”. Poco importa su identidad, ya que la intención de la historia es penetrar en la vida y la mente de un hacedor, en ese género de personas que no puede evitar el impulso de ver en las otras vidas y en la dinámica del entorno un cimiento, la materia prima para el acto de la creación.
El autor acude temprano a la presentación de su último libro y decide beber algo en un lugar cercano para hacer tiempo. Una camarera le toma el pedido y, mientras se retira, él no puede evitar mirarla y descubrir que sus muslos presentan una leve asimetría. Entonces algo ocurre. Como por arte de magia, de un modo absolutamente independiente a su voluntad, esa revelación en apariencia banal se transforma en el inicio de una historia. Y así comienza el juego. ¿Cómo se llama la chica? ¿Tiene novio? ¿Será posible que la haya engañado? ¿Con quién? ¿Qué sintió ella al ser abandonada? ¿Cómo se amaban? ¿Qué fue de la vida de esa otra chica que él usó para engañarla?
Está claro que estamos ante el milagro y el misterio del arte, su sinrazón, y por esta línea transita todo el libro. ¿Qué hace que una persona decida trasmutar la realidad en palabras cuando la realidad ya es poseedora de un valor por sí misma? “Es parecido a tocar una pieza de Schubert estando Schubert presente en la habitación.”
El autor oye el fragmento de una charla entre dos hombres antes de irse, luego acude a su presentación, escucha al catedrático a cargo de analizar su obra, mira el público, atiende la lectura de un fragmento de su libro que hace una joven estudiante. Pero a diferencia de lo que ocurre en otras ocasiones, esta vez se halla atrapado por una historia. Y no puede evitar que los rostros, los gestos, los comentarios, se vean arrancados del plano de la realidad para ser transplantados en la tierra fértil de su imaginación, donde a través de un juego de conjeturas se pretende hacer de esos brotes aislados el vasto viñedo de un vino perfecto.
El correlato imaginario avanza a medida que se ramifican las elucubraciones y los acertijos, hasta que esos personajes cobran tal densidad e independencia que empiezan a ejercer una fuerza casi física, modificando el comportamiento y el estado anímico de su demiurgo. Y lo cierto es que cada historia también asume un cuerpo para el lector; y muchos personajes, incluso en estado embrionario, se sienten cercanos y especialmente queribles. La noche pasa, el autor procura seducir a la joven que leyó su libro en el acto, y mientras tanto debe lidiar con sus criaturas. Debe saber cuándo reducirlas y cuándo darles alas, debe convivir con esa otra vida que puja y que parece nacer de sí misma, para sí misma, desde sí misma.
El problema es cuando el narrador omnisciente de nuestra historia se siente como afectado por el dilema de su personaje, el autor, y da inicio a su propio juego de conjeturas. Me parece que aquí Oz opaca la vitalidad interna, profunda de esas historias, al introducir un cambio como este para remarcar un rasgo teórico, experimental, metaliterario, que hasta el momento estaba bien dosificado.
Desde luego que lo premeditado de esta intención nos permite tolerar que muchas historias queden abiertas, inarticuladas en el espacio psicológico del protagonista. Y está bien, porque la idea no es explorar la construcción entera y cabal de una novela, sino ese momento en el que se da el hallazgo, donde la nada comienza a ser algo. ¿Por qué? ¿Para qué? Tal vez por la nada misma y exquisita de ser, de existir.

Cuando tenía dieciséis, diecisiete años, el autor se sentaba solo por las noches en un almacén abandonado y vertía en el papel fragmentos de historias embrolladas. Las escribía más o menos tal y como soñaba y tal y como se masturbaba: con una mezcla de obsesión, entusiasmo, desesperación, repugnancia y desdicha. Y también tenía una cierta curiosidad incansable por intentar comprender por qué las personas se hacen unas a otras, y a sí mismas, cosas que no pretendían hacer.
Aún sigue teniendo curiosidad por comprender pero con los años se ha ido acumulando en él un temor físico al contacto real con extraños: hasta un ligero roce casual lo atemoriza. Hasta el contacto de una mano extraña en el hombro. Hasta la necesidad de respirar el aire que quizás ha estado antes en los pulmones de otros. Y a pesar de todo continúa mirándolos y escribiendo sobre ellos para tocarlos sin tocarlos, y para que ellos le toquen sin tocarle de verdad.

Calificación: Bueno.
Título Original: H.aruzei ha-h.ayim ve-ha-mavet
Ediciones Siruela/De Bolsillo, Barcelona, 2009.

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2 comentarios en “Versos de vida y muerte, Amos Oz

  1. Bienvenida, Pilu. No leí esa novela de Amos Oz, pero lo anoto en mi lista de pendientes.
    Me gustó mucho su libro de ensayos “La historia comienza”… Lo otro que leí fue “La bicicleta de Sumji”, mucho más flojo.
    Saludos y gracias por pasar
    🙂

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