Catedral, Raymond Carver

Antes de la reseña, algunas consideraciones necesarias. Tess Gallagher es la viuda de Raymond Carver, su segunda esposa. Es ella la responsable de la aparición de Principiantes. Dice Tess: “Principiantes es el libro que Ray presentó originalmente a la editorial Knopf para la publicación y que se convirtió en De qué hablamos cuando hablamos de amor. Ray no estaba de acuerdo con la edición de ese libro, pero no podía parar la publicación”. Que Carver no estaba de acuerdo con la edición de Gordon Lish, queda claro en una carta que él mismo le dirigió, el 8 de julio de 1980, en la que le pedía que hiciera “lo necesario para detener la producción del libro… Estoy confundido, cansado, paranoico, y sí, con miedo a las consecuencias si el libro es publicado tal como está ahora”. Es importante mantener esto en mente, porque detrás de la cuestión Carver-Lish, hay algo que trasciende este caso puntual, y lo trasciende hasta llegar a la médula misma de los motivos por los cuales un hombre escribe. Gordon Lish editó los cuentos de Carver hasta alejarlos de lo que eran en un inicio. Tomó una cosa y la convirtió en otra. Sobre este punto no hay dos lecturas. Las amputaciones que Lish hizo de los cuentos (famosos, aclamados, magistrales), convirtieron a Carver en un autor minimalista. Pero no era así como Carver se veía así mismo, Tess dice que nunca estuvo de acuerdo “con la designación de “minimalista” que hicieron de él (…) Esto era una impresión falsa de Ray”. ¿Por qué, entonces, Carver permitió eso? “¿Permitir qué?”, dirán algunos, “¿convertirlo en un autor famoso?”. Sí, quizá… al precio de falsear su obra. Cuando Richard Ford (íntimo amigo de Carver, igual que John Cheever), es consultado sobre su opinión acerca de la cuestión en torno a Principiantes, responde: “No tengo ninguna opinión al respecto. Él era mi mejor amigo. Yo leía las historias que escribía mientras estaba vivo. Y creo que lo que sucede después no tiene ninguna importancia, no lo tomo con seriedad. El sabía lo que quería hacer cuando estaba vivo y, como cualquiera, estaba bajo presión desde muchos lugares. Tenía su propia vida que soportar, tomó sus propias decisiones y sus historias eran buenas. Murió trágicamente joven: fin de la historia. El resto es todo una porquería”.

La pregunta que se han estado haciéndose escritores, críticos y lectores acerca de este tema es la misma que le hicieron al propio Gordon Lish, recientemente: ¿Carver hubiera podido ser el gigante en el que se convirtió sin su intervención? “Dios mío, dudo mucho que le hubieran publicado”, dijo él. El problema es, ¿realmente lo publicaron? ¿Puede decirse que un cuento al que un editor reduce de 15 páginas a 7 sigue siendo el mismo cuento que escribió su autor? ¿Y si el espíritu de la historia se ha perdido en el torbellino de cambios, dejando su lugar a otro espíritu? ¿Qué pasa entonces? Aunque el resultado final sea mejor (en cualquier sentido posible de la palabra mejor), aunque tenga más potencial comercial, más punch, más llegada… ¿cuán importante es eso, realmente? ¿Cuán importante es esa mejoría a nivel artístico y comunicativo? Es importante comercialmente (“Dios mío, dudo mucho que le hubieran publicado”), pero, bueno, en la búsqueda de hacer que su ficción fuera mejor y más vendible, Lish hizo que Carver dijera cosas que Carver no quiso decir, y que lo hiciera de modos que no le eran propios. Ese es un dato que no puede obviarse. El problema, al final, siempre es el mismo: la verdad. El resto, como dice Ford, es todo una porquería.

Carver
*****

Catedral (1983) es el tercer libro de cuentos de Carver y está formado por doce historias breves a las que, en las que el autor no estuvo dispuesto a soportar de nuevo esa clase de “amputación quirúrgica y transplante” (son sus palabras). Y si es por este Carver en estado puro que debemos guiarnos, la conclusión será que quizá Lish convirtió a Carver en un escritor de éxito, pero no en un gran escritor. Eso ya lo era él, por su propio talento y sensibilidad.

Dicho lo anterior, ahora sí, la reseña. Una reseña difícil, porque la magia de estos cuentos es precisamente lo que se escapa, eso que no puede ser destilado del relato, porque el relato ya es el producto de otra destilación más profunda y compleja. Así, Carver mueve sus historias en un universo cotidiano y sus personajes son esposos y esposas con problemas, desempleados, alcohólicos, gente con mala suerte, nadie allí está inmaculado, todos viven vidas que han sido tocadas por la mala suerte, los malos hábitos o las malas decisiones, vidas que se han ido torciendo hasta volverse muy difíciles.

Una vez, cuando estaba en el instituto, una psicóloga me dijo que fuera a su despacho. (…) “¿Qué clase de sueños tienes?”, me preguntó la mujer. “¿Qué piensas hacer dentro de diez años? ¿Y dentro de veinte?”. Yo tenía dieciséis o diecisiete años. (…) La psicóloga tendría más o menos la edad que yo tengo ahora. Me parecía vieja. Es vieja, dije para mí. Sabía que había pasado la mitad de su vida y tuve la impresión de saber algo que ella no sabía. Algo que ella nunca llegaría a descubrir. Un secreto. Algo que nadie debía saber ni decir. Así que me quedé callada. Sólo moví la cabeza. Debió catalogarme como idiota. (…) Ahora, si alguien volviera a hacerme la misma pregunta acerca de mis sueños y lo demás, se lo diría (…) Le diría: “los sueños son eso de lo que uno se despierta”. Eso es lo que diría.

(del cuento La brida).

La forma en la que cada personaje enfrenta esa vida renqueante que tiene es lo que imbuye de gracia y fuerza a los relatos, volviendo extraordinario lo ordinario. Pero aquí no hay alegoría ni parábola. Cada historia vale por sí misma, remite a su propia esencia, y pretender extraer de ella algo más no parece tener sentido.

El estilo de Carver combina diálogos siempre ajustados y verosímiles, con párrafos largos y densos que se sostienen, ya sea en las descripciones, ya en la narración pura, por la fuerza de una perfecta tensión interna. Sin rimbombancias en el léxico y sin complejidades de estructura, más allá de algún quiebre en la lógica temporal del relato (se ve claramente en el relato Desde donde te llamo), Carver recrea un mundo con su mirada. Una mirada que no es reivindicativa en el sentido de que no tiene la intención de quebrar lanzas por nadie, ni estrictamente piadosa, sino una mirada sensible, que va lo más lejos posible en su intento de comprender a los demás, y que cuando llega al límite dice: “quizá pensaran algo así, quizá sintieran algo así, quizá…”.

Sin excepción, era el niño más feo que había visto nunca. Era tan feo que no pude decir nada. Las palabras no me salían de los labios. No es que estuviese enfermo o desfigurado. Nada de eso. Simplemente era feo (…) Llamarle feo era decir mucho en su favor (…).
Harold era un niño feo. Pero por lo que yo sé, creo que eso no les importaba mucho a Bud y a Olla. O si les importaba, tal vez pensasen: “Bueno, es feo, ¿y qué? Es nuestro niño. Y eso es sólo una etapa. Muy pronto vendrá otra. Hay esta etapa y luego viene la siguiente. Las cosas acabarán bien a la larga, una vez que se hayan recorrido todas las etapas”. Quizá pensaran algo así.

(del cuento Plumas).

Calificación: Excelente.
Título original: Cathedral (1983).
Editorial Anagrama, 1992.
Traducción: Benito Gómez Ibáñez
ISBN: 84-339-2057-X

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2 comentarios en “Catedral, Raymond Carver

  1. En lo que a mí concierne, el mejor libro de Carver.
    Lish no le hizo ningún favor a sus letras. Para muestra, el excelente cuento “Una cosa más”, que en Principiantes es un cierre perfecto y en cambio en De qué hablamos cuando hablamos del amor sólo es doloso. Ni siquiera sensible, doloso.

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