Si me necesitas, llámame, Raymond Carver

Carver falleció a los 53 años de edad, en 1988, como resultado de un cáncer de pulmón. El tiempo que convivió con el éxito fue relativamente breve. Sus primeros relatos se publicaron a comienzos de la década de los ’70, en el Esquire, y recién a partir de 1976, con la publicación de ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?, la figura pública de Carver adquirió cierta notoriedad. Cuenta Douglas Unger, amigo de Carver, que en ocasión del lanzamiento de su último libro, Desde donde llamo (1988), la fila de lectores parecía la de un gran estreno de cine, no cabía en de la librería y se habían ordenado a lo largo de dos cuadras. “Y Ray me decía, señalándome a las personas: “¡Es un milagro! Es un milagro, ¿no? ¡Toda esta gente viniendo a comprar un libro mío! ¡No lo puedo creer! ¿Puedes creerlo?”. Y de algún modo es bueno imaginar que esa ingenuidad era verdadera, que esa incredulidad ante la propia valía fue parte de lo que hizo posible que Carver dejase a sus lectores un puñado de libros de relatos tan hermosos que la sensación que queda al acabarlos es la de pensar en qué poco dura lo bueno, señores.

carver y tess
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Y así llegaron los papeles inesperados que forman este conjunto póstumo de cuentos, editado a más de diez años de la muerte de Carver, en el que se reúnen apenas cinco historias que fueron siendo encontradas aquí y allá, en cajas, cajones, estantes y carpetas. Aunque a uno siempre le provoque cierto escozor eso de los libros póstumos, porque es imposible dilucidar cuánto hay de sentido homenaje y cuánto de oportunismo comercial, ese escozor, en este caso, dura hasta que uno acaba la primera carilla del primer relato y reconoce los personajes, los temas y la voz de Carver.

En Leña, Myers, un escritor alcohólico que perdió a su mujer a manos de otro alcohólico peor que él (pero más exitoso), llega a la casa de Sol y Bonnie, en una zona rural, para alquilar un pequeño cuarto tras la cocina mientras decide qué hacer, cómo continuar. Un día llega un camión descarga troncos de casi dos metros en el patio. Myers le pide a Sol que le permita cortarlos, pero Sol no tiene forma de pagarle. Myers lo hará gratis. Primero con la sierra, luego con el hacha, da cuenta de todo el cargamento y lo deja apilado junto a la cerca. Orgulloso del sudor frío sobre la frente y de los restos de aserrín en la camisa, Myers escribe en su cuaderno unas líneas, las primeras en meses, antes de abandonar el lugar.

Estoy en un país de lo más exótico. Me recuerda a un sitio del que en alguna parte he leído algo pero al que nunca había ido hasta ahora. Por la ventana abierta oigo un río y en el valle que se extiende detrás de la casa hay un bosque, precipicios y cumbres nevadas. Hoy he visto un águila y un ciervo, y he serrado y partido un camión de leña.

¿Qué queréis ver?, se emparenta con Si me necesitas, llámame, La casa de Chef y Conservación (ambos de Catedral). Las coincidencias son obvias, y sin embargo existe en el fondo del tema una variación que deja en claro la búsqueda de Carver de la manera más verdadera de decir lo que quería decir. Aquí, Sarah y Phil, dos alcohólicos ya recuperados, alquilan una casa a Pete y Betty, que tienen un restorán. La noche antes de marcharse –ya han decidido que se separarán-, Pete y Betty los invitan a cenar. El motivo de la cena es dejarles en claro, a su manera directa y sencilla, lo mucho que han aprendido a apreciarlos y a quererlos, lo mucho que los echarán de menos. Comen, beben, observan diapositivas de los viajes de Pete y Betty. Se abrazan, se despiden, cada cual vuelve a su casa. Sarah le pide a Phil que la abrace y eso es todo. Al otro día, antes de marcharse, descubren que la cámara frigorífica del restorán de Pete se ha descompuesto, echando a perder 70 kilos de salmón, entre otras cosas. Hay que regalarlo rápidamente, es imposible recuperar la carne. Sarah y Phil se marchan.

En Sueños, Mary Price, madre de Michael y Susan, ha sido abandonada por su esposo. Cada mañana recibe a sus niños en la cocina diciéndoles: “Buenos días, niños. Buenos días, mis seres queridos”. Ha conseguido un trabajo de camarera, por las noches, y se anotó a cursos por correspondencia en la Universidad. “Se estaba creando una nueva vida, aseguró la vecina”. Los niños se quedan cada noche con una joven niñera. Cierta noche hay un incendio.

En Vándalos, dos parejas se reúnen dos veces por año a compartir una cena: Carol y Robert, y Joanne y Nick. Los primeros eran amigos de la anterior pareja de Joanne: Bill, quien jamás es mencionado en esas reuniones, pero Nick tiene la certeza de que cuando ellos vienen, también viene Nick. Cuento de sutilezas, de observación fina.

El mejor relato del volumen es el que le da su muy buen título: Si me necesitas, llámame. Una pareja que ha tenido problemas decide alquilar una casa en la costa norte de California para pasar el verano e intentar otro futuro. Para eso cada uno debió apartarse de las otras relaciones que había emprendido durante la separación. Todo el cuento tiene el sabor de lo verdadero, y no me refiero a lo verosímil o al fondo de experiencia real del asunto, sino a la verdad que Carver es capaz de trasmitir, esa agónica apuesta final de dos personas que saben lo frágil que es la empresa en la que se encuentran. Por un momento parece que todo va a salir bien, que es posible porque ambos tienen las mejores intenciones y de verdad quieren eso, que todo vuelva a funcionar. Cuando se enfrentan otra vez a la imposibilidad, el dolor es el de una pequeña muerte, tan irremediable como eso. Y lo que hace que Carver sea un gran escritor, es, en este cuento, su capacidad de convertir una anécdota trivial, si se quiere, en una tragedia auténtica que hace entender al lector que ahí se ha terminado un mundo. Carver hace eso, mira a cada persona como si fuese un mundo.

A pesar de la tristeza muchas veces desolada de sus historias, que incluso podrían ser tildadas de deprimentes luego de una lectura ligera, hay que ser capaz de ver entre líneas y entender dónde están los gestos amables, las sonrisas optimistas, la ayuda enternecida para esos personajes suyos, tan vapuleados por una vida demasiado dura. Hay momentos así en toda la producción de Carver, momentos de auténtica maravilla, como en el último cuento, cuando ya la pareja ha aceptado su derrota final y ella duerme en el cuarto mientras él fuma en la sala. De pronto, él ve que a través de la noche han llegado unos caballos hasta su patio delantero. Es un espectáculo. Él va a despertar a su mujer para que los vea. Es su primer impulso, ella tiene que verlos.

–Dios, son hermosos. ¿De dónde vienen? Qué hermosos son.
–De alguna granja vecina, supongo. Voy a llamar al sheriff para que ubique al dueño. Pero quería que los vieras antes.
–¿Morderán? Me gusta acariciar a aquél, el que acaba de mirarnos.
–No creo que muerdan. No parecen esa clase de caballos. Pero ponte algo encima si vamos a salir. Hace frío afuera.
Me puse la campera encima del pijama y esperé a Nancy. Abrí la puerta y salimos y nos acercamos caminando hasta ellos. Todos levantaron sus cabezas. Uno resopló y retrocedió unos pasos, pero volvió a tironear del pasto y mascar como los demás. Apoyé mi mano entre sus ojos y le palmeé los flancos y dejé que su hocico me oliera. Nancy estaba acariciando las crines de otro, mientras murmuraba: “¿De dónde vienes, caballito? ¿Dónde vives y qué haces aquí en medio de la noche?”, mientras el animal movía su cabeza como si entendiera.
–Será mejor que llame al sheriff –dije.
–Todavía no. Un rato más. Nunca veremos algo igual. Nunca, nunca tendremos caballos en nuestro jardín. Un rato más, Dan.

Calificación: muy bueno.
Título original: Call if you need me (2000)
Traducción: Benito Gómez Ibáñez.
Editorial Anagrama, Barcelona, 2010.
ISBN: 978-84-339-6783-1

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5 comentarios en “Si me necesitas, llámame, Raymond Carver

  1. “¿Qué queréis ver?, se emparenta con Si me necesitas, llámame, La casa de Chef y Conservación (ambos de Catedral). Las coincidencias son obvias, y sin embargo existe en el fondo del tema una variación que deja en claro la búsqueda de Carver de la manera más verdadera de decir lo que quería decir.”

    Me da esperanza leer a alguien que dice que no es que Carver se repitiera, sino que sus cuentos eran acercamientos a una verdad que intentó “mostrar” por todos los medios de los que disponía. Es una preciosa interpretación de Carver, y creo bastante acertada. A mí, “El hacha” me recordó a otros cuentos suyos, por ejemplo a “La brida”, de Catedral, por aquello del sujeto extraño-peculiar que viene y va inquietando a los dueños del lugar rentado sin cambiar en realidad sus vidas, o no aparentemente.

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