La conjura contra América, Philip Roth

***
Roth

Uno se ve atrapado por un discurso desde un punto de vista infantil, familiar, y uno político internacional, que son los extremos que tensan la piola. Los Roth son judíos que viven en un barrio donde habitan muchos otros judíos en Newark y el narrador es el hijo menor, Philip, que ve pasar la mayor parte de los acontecimientos desde su visión de niño, los familiares y los políticos. Durante un largo tramo del libro, las pinceladas autobiográficas cobran fuerza al punto de que el lector abandonado a la contundencia narrativa piensa que está leyendo una autobiografía. La constante alusión a personajes de la vida pública tiende a reforzar el efecto realista, en medio de la tensión mundial por la creciente segunda guerra y el antisemitismo, que también tiene sus manifestaciones organizadas en Estados Unidos.

Sin embargo, ciertos datos empezaron a incomodarme. Sobre todo, la figura del famoso aviador Charles A. Lindbergh, que deviene presidente republicano tras sus alegatos antibelicistas contra Roosevelt. Es un mandatario lacónico que acostumbra a utilizar como argumento un avión en el que viaja, aterriza, lanza un discursito y vuelve a viajar. El pequeño narrador depende ideológicamente de sus padres, que a su vez escuchan a Winchell, un columnista judío muy influyente que después también inicia su trayectoria política, con un fin que le saca el tapón a la trama para que se arremoline buscando la salida. ¿Por qué me incomodaban? Porque mi memoria no registraba ningún presidente Lindbergh ni lo que le pasó a Winchell. La breve investigación arrojó como resultado que Roth había modificado mediante la ficción el curso de la historia y que yo, distraído, había comprado. Es decir: hizo que Lindbergh ganara unas elecciones  a las que no se presentó, con consecuencias totalitarias en la sociedad norteamericana y, claro, en el círculo íntimo y cercano del narrador. Recordé haber escuchado el concepto historiográfico de “hipótesis contrafáctica” que supone, básicamente, imaginar qué habría pasado si determinado acontecimiento conocido e importante hubiera sucedido de otro modo. Para los historiadores, en general, no se trata de una técnica válida y suele vérsela como pura especulación aunque algunos le adjudican cierto valor a la hora del análisis de la coyuntura. Le corresponde más bien a la literatura que, cuando recurre al procedimiento, incurre en algo que se llama “ucronía”, algo que me tomó de sorpresa en un autor que parece estar hablando de cómo una familia sufre los vaivenes de la política mundial. Cuando caí en la realidad, empecé a ver al libro con unos ojos un poco vengativos, lo cual coincidió con su descenso hacia el final, cuando el país vuela por los aires en una explosión y cuando un avión desaparece poco tiempo después.

Me pareció interesante el ejercicio de imaginar un escenario distinto. Sin embargo, lo que queda como saldo no es la subversión de la historia tal como la conocemos sino lo vivo de los personajes, se parezcan o no a sus modelos reales, si es que existieron. En otras palabras, cualquier nabo con un poco de ingenio puede imaginarse que los nazis tomen el poder en los Estados Unidos pero hace falta escribir muy bien para generar una línea de discurso a la vez densa y fluida que dé vida a unos personajes.

El autor tiene la precaución de añadir una colección de biografías reales y un discurso verdadero de Lindbergh después de la novela, como para despertar a tipos como yo que se lo crean todo si está bien escrito.

Y, por si no quedó claro, no sé si me convenció el recurso que dispara la narración. Hay que considerar el lugar desde donde leo y también la comunidad de lectores que seguramente le vea a esta novela todas las cosas que yo ignoro.

Tía Evelyn estaba exultante, pero mi padre se sentía frustrado, apenas decía palabra, y aquella noche durante la cena pareció especialmente apagado cuando Sandy se puso a hablar del dechado de virtudes que era el señor Mawhinney. En primer lugar, el señor Mawhinney se había graduado por la facultad de agricultura de la Universidad de Kentucky, mientras que mi padre como la mayoría de los niños newarquianos antes de la Primera Guerra Mundial, no había pasado de la enseñanza primaria. El señor Mawhinney no solo poseía una granja, sino tres (la más pequeña de ellas alquilada a unos arrendatarios), unas tierras que pertenecían a su familia desde los tiempos de Daniel Boone, y mi padre no poseía nada más impresionante que un coche que ya tenía seis años. El señor Mawhinney sabía ensillar un caballo, conducir un tractor, manejar una trilladora, usar una sembradora de fertilizante, trabajar un campo tan fácilmente con un tiro de mulas como con una yunta de bueyes; sabía llevar a cabo la rotación de las cosechas y contratar a braceros, tanto blancos como negros; sabía reparar herramientas, afilar las puntas de arados y segadoras, instalar vallas, tender alambre espinoso, criar gallinas, desinfectar ovejas, descornar al ganado, sacrificar a los cerdos, ahumar tocino, curar jamón con azúcar, y cultivaba unas sandías que eran las más dulces y jugosas que Sandy había comido jamás. Gracias al cultivo del tabaco, el maíz y las patatas, el señor Mawhinney podía vivir directamente de la tierra, y durante la cena del domingo (en la que el granjero de metro noventa y ciento quince kilos de peso comía más pollo frito con salsa de crema que el resto de los comensales juntos), solo tomaba alimentos procedentes de animales que él mismo había criado, y todo lo que mi padre podía hacer era vender pólizas de seguros. Por supuesto, el señor Mawhinney era cristiano, miembro inveterado de la abrumadora mayoría que hizo la Revolución y fundó la nación y conquistó la naturaleza salvaje y subyugó a los indios y esclavizó a los negros y emancipó a los negros y segregó a los negros, uno más entre los millones de buenos, limpios, trabajadores cristianos que se establecieron en la frontera, cultivaron los campos, construyeron las ciudades, gobernaron los estados, se sentaron en el Congreso, ocuparon la Casa Blanca, amasaron la riqueza, poseyeron la tierra y las acerías y los clubes de béisbol y los ferrocarriles y los bancos, que incluso poseían y supervisaban el lenguaje, uno de aquellos invulnerables  nórdicos y anglosajones protestantes que dirigían Norteamérica y siempre la dirigirían, generales, dignatarios, magnates, los hombres que daban las órdenes y tenían la última palabra y leían la cartilla cuando les parecía, mientras que mi padre, claro, no era más que un judío.

Calificación: bueno
Título original: The plot against America
Traducción: Jordi Fibla
Editada por Mondadori (Sudamericana), Buenos Aires, 2005,
editado por primera vez en inglés en 2004
ISBN: 987-9397-41-X

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2 comentarios en “La conjura contra América, Philip Roth

  1. Habrá que entrarle a Roth entonces… Buena reseña. Si hay que ser quisquillosos, un poquitín larga la cita… Pero bien, bien…
    Abrazo!!!

  2. Archi:
    Si pasás por el Duende, en la mesa de ofertas, vas a ver el libro rápidamente.
    Y sí, la cita es larga, la sentí al teclearla. Pero me pareció que si cortaba le arruinaba el efecto al Philip. Esas enumeraciones interminables contrastan con el lacónico espacio dedicado a definir al padre.
    Gracias por leer, Archi,
    saravá e tudo de bom para ti

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