El maderero y otros cuentos, Aluísio Azevedo

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Azevedo

Se trata de una escritura llana pero versátil, oral pero ajustada, ágil pero profunda. En suma: una nueva constatación del poder, del empuje arrollador que caracteriza a la literatura brasileña.
Contemporáneo de Machado de Assis, Aluísio Azevedo forja su obra en medio del auge del Positivismo y la sociología, y no es indiferente al influjo del brío endémico que por entonces cobraba el naturalismo de Emile Zolá y allegados. Así, estos dieciséis cuentos ahondan con simpatía y dramatismo en las tensiones sociales de un país decimonónico que hasta hoy se entiende como un amplísimo crisol de clases, razas y culturas; un caldo de cultivo en ebullición. Sin embargo -y por fortuna-, ese propósito de llevar a cabo un examen narrativo de sesgo sociológico no condiciona un relato puramente realista. Azevedo es dueño de cierta libertad y se atreve a desarrollar temáticas vedadas o al menos rehuidas en el ámbito de la literatura de su momento. El tratamiento combinado de religión y erotismo, a veces con una envoltura fantástica, son ejemplo ilustrativo de esa temeridad. Lejos de plantear una trama compleja donde se atestigua un intrincado sistema de agites e impresiones, estos relatos van rectos y veloces sobre un solo carril hasta un destino indefinido pero de aparición abrupta. Es como subir a un tren y quedarse dormido por un segundo ante la visión de un campo dilatado, soñar que una mujer hermosa se acerca y despertar de golpe en la estación con una sonrisa ambigua, agradecida por el arribo y a un tiempo mortificada por lo corto y fugaz del sueño.
Este hechizo se logra por la verosimilitud que Azevedo imprime incluso a sus cuentos que orillan lo fantástico, donde el diálogo delata una incautación de voces tan disímiles como vivas. Y he aquí la cuestión central de su narrativa: la vida pura que subyace, la pulsión ya no de un individuo sino de un pueblo que punza bajo la escritura pública y nutre la corteza de su historia.
Pero hablemos de algunos casos particulares.
En “Politipo” nos enfrentamos al fallecimiento de un hombre plural, un hombre que es todos los hombres y que tal vez es reconocible por su inaudito parecido con otros. El cuento se limita a citar algunos episodios donde el protagonista siempre es confundido con alguien no precisamente en una posición de privilegio, y se lleva las de cobrar. Este y “El mono azul”, un relato que se burla de la concepción totalizadora y mítica de la poesía, tal vez sean los más hilarantes del conjunto.
En la otra esquina, con pantalones más oscuros y un peso muy superior en cuanto a carga dramática, está “Herencias”. Un peligro para lectores enclenques. Un puñetazo en la quijada que usa la fuerza de un músculo oscuro y siempre conflictivo: la herencia emocional, el perfil atroz de un antepasado que se impone en nuestra sangre y pauta nuestra conducta y la de nuestros hijos. Heredados y herederos de una nueva generación.
En cambio “El maderero”, aunque la editorial le haya concedido la portada, se queda en la anécdota de una picardía. Simpática, sí, bella y fresca como un chapuzón en el arroyo un día de verano, pero sin más pretensiones que eso. Personalmente me quedo con “Respuesta”, una suerte de reflexión en torno al amor que, pese a dejar la acción un tanto suspendida, toma distancia para echar mano a una veta más romántica, lírica y por momentos reveladora. Y sin caer en sentencias ni monopolios de certidumbres, el autor le concede siempre esa “respuesta” al lector; tanto en este cuento como en todos los demás. Porque si algo se siente y no se duda durante la lectura de este libro, es esa mirada condescendiente ante el que lee. Amo, cómplice y amigo.

El amor, interrumpido en la plenitud de su encanto, es la mayor y más amarga herida que conoce el corazón. El hombre, cuando se ve forzado a dejar a la mujer que ama, apenas se aparta de ella siente enseguida, rondándole los pasos, retardándole la fuga, el doloroso espectro de su felicidad perdida. Y esa sombra expulsada con él del paraíso, nunca más lo abandona; lo acompaña, sollozando a su lado, gimiendo y suplicando, tironeándole a cada instante de la negra túnica de aflicciones que el infeliz arrastra como puede por la noche sin estrellas de su retirada. […] Hacia donde vayamos, hacia donde huyamos, llevaremos su ausencia. En todo lo que oiremos, en todo lo que hagamos, sentiremos un poco de su esencia, como si la ingrata se volatizara en un doloroso aroma y planeara sobre todas las cosas que nos rodean.

En la unión amorosa de una pareja –dice cierto filósofo- siempre es uno el que ama; el otro se deja amar. Pues en la separación debe ser lo mismo: uno sufre y el otro lo deja sufrir.

Calificación: bueno.
Editorial Banda Oriental (colección Lectores), Montevideo, 2010.
Antología, prólogo, traducción y notas de Pablo Rocca.
Revisión de Heber Raviolo.
ISBN 978 9974 -1- 06662 -8

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3 comentarios en “El maderero y otros cuentos, Aluísio Azevedo

  1. LDL, muy buena reseña y una linda cita. Buen acercamiento a un autor y una literatura. Esta frase: “la pulsión ya no de un individuo sino de un pueblo que punza bajo la escritura pública y nutre la corteza de su historia”, me hizo pensar en una época en que la literatura (realista, naturalista…), fácilmente podía convertirse en un corsé demasiado apretado para cualquier autor. Saludos!

  2. He leído los cuentos El Maderero, Músculos y Nervios y otros de fines dell siglo XIX. Me sorprendió que en esos cuentos del Centro y Norte brasileños, colocara con naturalidad personajes de distintas razas y culturas y diera a entender -más allá de la anécdota de cada cuento- la enorme energía que esa circunstancia nueva y original ofrecía al país -como se viera años después. Me simpatiza que haya sido Cónsul de Brasil en mi país, Uruguay, en el “Salto Oriental”, donde registra el nacimiento (1903) de su última pieza de teatro: “Fluxo e refluxo”. Fue un grande de la literatura brasileña.

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