El error, César Aira

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Aira

Creo que César Aira tiene un doble don. Un doble don un poco retorcido, al fin y al cabo. El primero es el don de narrar muy bien, mejor que varios. Es el don de una prosa amena, ingeniosa, donde se demuestra una imaginación ilimitada, ilimitada en el sentido más infanto-mágico del término. El segundo de los dones es, precisamente, la capacidad de borronear ese primer don. Y tiene que ser algo como un don en vez de una desatención, porque parece que es algo que Aira lleva también en la sangre.
En “El error”, su última novela (al menos por los siguientes tres o cuatro meses), Aira recuerda un poco la idea de su propia arte poética que viene dejando en entrevistas recientes. A saber: no corregir demasiado o casi ni corregir; hacer del error narrativo, mientras se escribe, un problema que puede ofrecer más adelante una solución o una salida feliz. La idea no es del todo novedosa. En “Explicación falsa de mis cuentos”, Felisberto Hernández comparaba el acto creativo como algo impersonal, como la vigilancia (en sus palabras) de una planta que está creciendo en un interior de él mismo y que sólo hay que vigilar para que posea “hojas de poesía”. En el caso de Aira, aunque esté pendiente de una lógica imaginativa que no se avenga con la del mercado editorial y sus requerimientos, el experimento a veces le juega en contra.
No es lo digresivo ni lo caprichoso de “El error” lo que quita un tanto la emoción de la lectura, porque de hecho, ambos son elementos que soportan narraciones bastante buenas del propio Aira de la primera parte de los ’90, como “Embalse”, “La abeja”, “Cómo me hice monja”, “La costurera y el viento” o “El volante”. En “El error” la historia empieza con un hombre que, de visita en El Salvador junto a su esposa, se encuentra una tarde deambulando por un parque público junto a un matrimonio amigo. Luego encuentran una enorme exposición de un escultor supuestamente extranjero y olvidado. Después se cuenta cómo una presa cambia su vida tras leer en su solitaria celda una entrevista a ese escultor. Pero también la presa lee de forma posesa una serie de novelas basadas en las andanzas de un Robin-Hood endémico: Pepe Dueñas. Entonces, a partir de la mitad del libro y hasta el final, la historia será la de las andanzas del mismísimo Pepe Dueñas. Es allí donde la lectura puede hacerse un poco más entretenida, un poco más sólida.
El problema de esta novela en suma, es el de la carencia de una pertinencia, de una “urgencia” a nivel del discurso. Es decir, por momento parece que estuviéramos observando, más que leyendo, a un escritor que está estudiándose en su capacidad de resolución, en el mismo fluir de su escritura. Lo que en otras palabras se llama presenciar un ejercicio de estilo.
Casi en el final, el escultor y Pepe Dueñas conversan sobre arte. Entonces el primero, que no puede parar de crear al final de su carrera, sostiene que “existía el peligro de engolosinarse con esos placeres excesivamente privados, y derivar a un rococó autocomplaciente” Y, antes de que Pepe Dueñas le conteste, agrega: “¡… y entonces las hienas empiezan a hablar de decadencia!”… Nada más arriesgado que leer allí el susurro de la voz autoral, y nada más triste que terminar siendo la hiena del escritor al que uno le debe tantas horas de placentera lectura. Pero… Pero leer a Aira, es, en extremo, reconocer o recordar que la libertad creativa radical o el capricho están siempre allí, flotando como una entidad. El resto, lo que uno hace después, es otra cosa.

Fue durante esa huida cuando le ocurrió un hecho memorable, que al encadenarse con otros hechos, en una sucesión pintoresca y accidentada como lo era todo en su vida, lo que se llamó “la última aventura de Pepe Dueñas”. No fue la última cronológicamente, pues su carrera siguió; el nombre obedecía más bien a la intención de destacar y aislar, dándole a “último” el sentido de “máximo” o “colmo”, como decir que ya no podía ir más lejos…
Atravesaba un claro cuando oyó un rumor, arriba, y levantó la cabeza; se trataba de un avión, muy alto, cruzando el cielo. Eran los primeros años de la aviación comercial, y el paso de un avión todavía era un espectáculo raro, que embelesaba; siempre había ojos atentos, soñadores, que seguían su trayectoria. Esos grandes pájaros metálicos blancos suspendidos en el aire parecían mensajeros de otro mundo. Pepe Dueñas, montado en su caballo Juanillo, recortados ambos en las primeras penumbras del crepúsculo contra un cielo teñido de rosa y malva, fijaba la vista en el avión de Pan-Am que se desplazaba de Norte a Sur. Brillaba como una joya de oro; allá arriba todavía alcanzaba el rayo del Sol, que había desertado de la superficie de la Tierra. El lejano susurro de los motores resonaba en otra parte, como si el aire mismo, en su inmensidad vacía, hiciera de cámaras ecos.

Calificación: Regular.

Editorial: Mondadori, Buenos Aires, 2010.
ISBN: 978-987-658-063-2

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6 comentarios en “El error, César Aira

  1. ¡Buena reseña, Dam! Che… siendo éste un autor de tantos dones (altibajos)… ¿Con qué libro me recomendás empezar a leerlo?

    ¡Abrazo!
    A.A

  2. Damián, hace tiempo que estoy por comentar y no lo hice antes de boludo, nomás.
    Puedo estar de acuerdo con esa estética del error, y con la idea de que el equívoco termina siendo un recurso para “humanizar” el texto pero… ¿No te parece que una idea de este tipo también podría entenderse, en el fondo, como una excusa más que conveniente para defender narraciones que – más allá de sus talentos imaginistas- no logran articularse en un cierre armónico y cabal?

    Y va el abrazo.

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