Sunset park, Paul Auster

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Auster

Miles Heller, de 28 años, desaparecido desde hace siete para su familia neoyorquina, lleva una vida austera en el estado de Florida trabajando en una empresa que se dedica a limpiar y a acondicionar las casas abandonadas por las familias que no pueden afrontar los gastos a partir de la reciente crisis inmobiliaria de Estados Unidos. Lo que encuenran él y sus compañeros una vez que abren las puertas de esas casas, lo lleva a Miles a tomar una serie de fotografías de los objetos abandonados como una descripción lateral del tiempo de crisis. Es casi la única cosa que alienta o que le da pasión a su existencia. Hasta que conoce a Pilar Sánchez, una hija de cubanos menor de edad con la que empieza una relación. Estados Unidos no es el país más indicado para que un mayor le ponga el dedo encima a un menor, así que la relación se vuelve furtiva. Poco después las hermanas mayores de Pilar concienten la relación a cambio de ciertos favores. La situación se complica cada vez más hasta que a Miles no le queda otra que tomarse un ómnibus y regresar a New York a la espera de que Pilar cumpla sus dieciocho años.
Este conflicto que ocupa las primeras decenas de páginas haría pensar que Paul Auster, en “Sunset park”, su reciente novela, retoma de forma ostensible una narrativa mayormente marcada por lo episódico o por las peripecias de sus personajes, al revés de lo que podía verse en recientes libros como “Brooklyn follies”, “Viajes por el scriptorium” o “Un hombre en la oscuridad”. Pero eso no ocurre, y sin embargo no hay nada que se le parezca a una decepción. Por un lado, encontramos en “Sunset park” las reconocidas obsesiones de Auster, muchas de las cuales recuerdan el itinerario del protagonista de “El palacio de la luna” (el individuo despegado de la realidad y descarriado que de a poco emprende el viaje hacia el entendimiento de sus orígenes o el pago de ciertas cuentas pendientes con su pasado) o esa fascinación de lo vicario o de realizar una vida diferente que se puede encontrar en “La noche del oráculo”. Pero por otro lado, una vez que Miles Heller regresa a New York y acepta el ofrecimiento de su amigo Bing Nathan para vivir en una casa ocupada en Sunset park, la novela se transforma en una verdadera serie de retratos profundos de una serie de personajes. No se trata de algo coral sólo por el gusto de lo coral. La pertinencia de fijarse en un personaje u otro está determinada por la ligazón que se tiene con respecto a la historia de Miles Heller, pero el narrador va de uno a otro, adopta su perspectiva y revela una interioridad que por momentos puede sacudir de manera muy fuerte al lector. En ese sentido se destacan por mucho la figura del padre, Morris Heller (incluída en el inicio la tocante naración del funeral de la hija de un amigo), y la de la endeble Ellen Brice, una de las compañeras de ocupación en Sunset park. Todos estos personajes de Auster se revelan página a página no sólo como seres humanos que sufren, sino como individuos que hacen lo posible por comprender que están viviendo. No por sentirse vivir, no en ese grado de realización. Estos personajes buscan una profundidad de comprensión en las relaciones diarias que puede estar ilustrada con una de las coincidencias austerianas que aparecen: casi todos comentan en distintos momentos una película de Hollywood de posguerra: “El mejor año de nuestras vidas”, de William Wyller. En una de sus recientes novelas, “Un hombre en la oscuridad”, Auster ya había dado muestra de su interés por el influjo del cine en la cotidianidad, en lo doméstico. Eso le convenía, dicho sea de paso, a una novela así, que era más de “discurso”, que de peripecias o de personajes, como “Sunset park”. Este último libro no es sólo un simple y conmovedor catálogo de almas en pena, una coda más en esa larga tradición de discusión del Sueño Americano. Como en la película de Wyller, lo que sienten los personajes no se agota en el regodeo del dolor, sino en lo que depara el futuro, en lo que uno se puede llevar de un día para vivir en el día siguiente.

Miles tenía diez u once años. Era una de las primeras veces que venían aquí sin Bobby, ellos dos solos, sentados uno frente a otro en los reservados, quizás en este mismo, tal vez en otro, no recuerda cuál, y el muchacho se había traído una redacción que había compuesto para la clase de literatura de quinto o sexto grado, no, no una redacción exactamente, un breve ejercicio de seiscientas o setecientas palabras, un análisis de un libro que el profesor les había asignado como tarea, el libro que habían estado leyendo y discutiendo durante las últimas semanas, y ahora los alumnos tenían que escribir un trabajo, una interpretación de la novela que acababan de terminar, “Matar a un ruiseñor”, una historia bonita, pensaba Morris, un buen libro para colegiales de esa edad, y el muchacho quería que su padre leyera lo que él había hecho. (…) Su composición trataba sobre las heridas. El padre de los dos chicos, el abogado, está tuerto, escribía el muchacho, y el hombre negro al que defiende de la falsa acusación de violación tiene un brazo atrofiado, y más adelante el hijo del abogado se cae de un árbol y se rompe el brazo, el mismo que tiene lisiado el negro inocente, el izquierdo o el derecho, Botellero ya no se acuerda, y el fondo de todo eso, escribía el joven Miles, es que las heridas son una parte fundamental de la vida, y a menos que uno esté herido de alguna forma, jamás se hará hombre.

Calificación: Muy bueno.

Título original: Sunset park
Editorial: Anagrama, Montevideo, 2010.
Traducción: Benito Gómez Ibáñez
ISBN: 978-84-339-7546-1

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4 comentarios en “Sunset park, Paul Auster

  1. ¡Sí! La verdad es que este libro me dejó muy feliz. Me reconcilié un poco con algunas cosas que no me cerraban de lo último que había leído de él.
    Un abrazo. Nos vemos en estos días.
    PD: Cualquier cosa pasá por el Iporá en las tardes.

  2. Damián:

    Que hayas leído y reseñado tan prontamente este libro, hace que me pregunte sobre la calidad de nuestra amistad… Este gesto -se me dirá indiferente, absurdo, cincunstancial- te coloca a un paso de mis enemigos más acérrimos.
    😉

    En cuanto a lo demás: me siento congraciado con tu opinión y con la mirada o juicio narrativo que rezuma. Hay algo en muchas novelas de Auster, salvo en contadas excepciones, que quisiera saber si ocurre o no aquí… Me refiero a la construcción de un co-relato -suerte de narración emmarcada- que comienza bien, logra un interés inmediato, hasta que se ramifica y culmina por lo general en un punto desde el que no se puede avanzar… Y esa historia siempre queda ostensiblemente suspendida. Me acuerdo, para poner un ejemplo, de aquella historia de “La noche del oráculo” donde un hombre queda encerrado en una habitación subterránea repleta de guías telefónicas… Y por ahí se queda la cosa. Una historia tan fascinante como la principal, se desliza entre los dedos.

    En fin, un abrazo.

  3. Damián:

    Terminé el libro hará dos o tres días. Creo que aquí Auster vuelve a escribir una historia donde los personajes son el centro de atención, y donde la historia ya no se siente supeditada a un esquema preconcebido, sino que se desprende naturalmente de las huidas, culpas, neurosis y coompromisos de esos personajes.
    Creo, además, que se trata de una novela que expresa el desmembramiento de una sociedad en la que el esfuerzo abnegado no tiene garantías.

    En fin, eso.
    Un abrazo grande.

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