Mucho después del verano, Robert Nathan

Nathan
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El escenario geográfico de esta novela es una apacible zona costera de “pescadores y cangrejeros” de Estados Unidos, y da la sensación de estar leyendo por segunda vez “El viejo y el mar” de Hemingway que, por cierto, fue coetáneo de Nathan (1894-1985). Si comienzo esta reseña hablando del lugar geográfico en que se ambienta la novela es, precisamente, porque no es solo “el lugar en donde se ambienta la novela”. Es una especie de entidad en armonía con los personajes, muy al estilo del paralelismo psicocósmico que propugnaban los románticos. Pero el afán bucólico, excelentemente logrado, no es ni por asomo el elemento clave de la novela. Aquí se nos presenta una dosis perfecta (sí, perfecta, ¿por qué no?) de poesía, de una triste historia de amor y de reflexión filosófica, si se quiere metafísica, pero que afortunadamente no se achancha en el intelectualismo pesimista tan frecuentado hoy en día. A través de los hechos cotidianos, de las simplezas de la vida, el narrador logra ir más allá, pero sin forzarlo. Reflexiona del mismo modo con que aspiraría el aroma de una flor, de forma espontánea y casi inocente.

Este narrador, anónimo, soltero, veterano, marinero (como casi todos allí) amable, reflexivo, sencillo, austero, benévolo; es el personaje que se encarga de otorgarnos la información con la que nos construiremos un punto de vista para interpretar, significar y juzgar (en el mejor de los sentidos) la historia.

Johanna aparece misteriosamente en aquel balneario casi despoblado y, muy de a poco, con mucha frialdad, se va haciendo partícipe de la vida de los lugareños. Ha llegado de un orfanato al cumplir catorce años, porque su prima la señora Pereyra y su esposo Manuel la han invitado a su casa. Cuando el narrador enferma, Manuel pide a Johanna que vaya a cuidar de él y a trabajar en su casa. Como el narrador había estado preguntando por alguna mujer que pudiera cumplir esas tareas, aquella chica le viene como anillo al dedo. He aquí el comienzo de una gran amistad, que se consumará cuando el narrador le regale a Lunes a Johanna. Lunes es uno de los tres cachorritos de Penny, la perra del nuestro anfitrión. Johanna, muchacha que no tiene nada, ni pasado, ni pertenencias ni destino seguro, le llama Lunes porque aquella será la primera cosa verdaderamente suya, que le dará un inicio, digamos, a una nueva vida. Y luego vendrá Jot, el joven marinero del que Johanna se enamorará, no a primera vista, pero sí profundamente. Lo amará con un amor severo, aún más que el de los adultos. Y cuando lo pierde, todo el mundo que había comenzado a construir se desmorona. El tiempo se convierte en un infinito verano (a pesar de que el verano ya había terminado), donde ella aún conserva parte del breve y feliz pasado que mantiene consigo y defiende con uñas y dientes: su amor por Jot, que la sigue acompañando como una presencia fantasmal. Pero su locura es inofensiva, casi coherente con el modo en que acontecieron los sucesos. La segunda mitad de la novela se vuelve una suerte de tragedia irracional, donde el espíritu de la novela gótica está presente, pero en lugar de terror, aquí se inspira compasión. El narrador debe viajar a Boston apremiado por su puesto temporario de bibliotecario. Pero vuelve cuando el padre Dowdy le manda un telegrama que explicita que se requiere su presencia en el balneario. Luego se entera de que Johanna intentó ahogarse. La internan en un hospital y para cuando mejore la devolverán al orfanato de donde vino, porque ya nadie quería hacerse cargo de su locura. El narrador y el padre Dowdy son los únicos que se interesan por ella y consiguen que sea, a pesar del dolor, un poco más feliz.

La elección de la cita fue sumamente ardua. Pero me quedo con una del final:

Lo único que sabía era que no quería entregar a Johanna al dolor, a la muerte o a cualquier otra cosa que enturbiara su espíritu o apagara la llama apacible de su corazón. La había visto llegar, tranquila y ensimismada como un capullo. La vi florecer en encanto y alegría. Y presencié la lucha de su corazón por mantenerse en la fragancia del verano, mucho después que el verano había pasado.

Calificación: Muy bueno.

Título original: Long after summer

Traducción: Carlos H. Albarracín Sarmiento.

Editorial: Nova, Buenos Aires, 1956.

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3 comentarios en “Mucho después del verano, Robert Nathan

  1. Buen, Fabián… Pero, ¿no te contaste toda la novela?… Creo que con el dato de que entraba a trabajar a la casa y luego se enamoraba de Jot ya habría sido suficiente. De todos modos me interesó: es un tema muy caro para mí.
    Y además, ¡qué lindo título tiene el libro! ¿No? Creo que los libros con la palabra “verano”, sola o intercalada, me caen bien de entrada. Salvo que se les ponga empeño en hacerlos malos.
    Un abrazo.

  2. Sí, es verdad. Hermoso título. Además el verano es un símbolo en la obra, como todo el tema relacionado con el tiempo y el clima.
    Puede ser que me haya pasado de mano en la explicación, sí… (falto la parte divertida, de aventura, digamos, que no la mencioné) Eso me pasó por haber puesto una sola cita habiendo tanta poesía en este librazo. Cosas como:

    “De noche pensaba en la muerte y temblaba. Morir: perder mi propia vida irreiterable, no ver más los verdes campos del verano, o los oscuros mares del otoño, no aspirar más los dulces perfumes de la primavera… ser encerrado en el recuerdo como se encierra a un chico en un armario… ¡qué precio es el que se paga por haber vivido! No había salida…”

    “No contestó. Pero me dirigió una mirada semejante a la que una persona mayor dirige a un chico que quiere hacerse una corbata con las estrellas.”

    -Dime -inquirí- ¿qué es tu alma?
    El rostro de ella tomó una expresión encantadora de dicha y eternidad:
    -Es la parte mía que pertenece a Dios, como el alma de todos.”

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