Tierra trágica, Erskine Caldwell

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Caldwell

En “Tierra trágica” (aparecida originalmente en 1944) Erskine Caldwell retrata de forma aguda y hasta cruel las consecuencias derivadas del éxodo rural, por momentos convirtiendo lo que puede ser una inteligible denuncia social en una suerte de comedia negra apremiante. Los Douthit, procedentes de Beaseley County atraídos por las tentaciones de la gran ciudad, han terminado por malvivir en una casa precaria de Pobre Chico, un barrio de blancos marginados situado a orillas del Mississippi. Es la época de los últimos estertores del cambio profundo en la economía y la sociedad del Sur. Aquel modelo económico feudal y agrario que se mantuvo hasta la Guerra de Secesión quedó caduco ante el liberalismo industrioso impuesto por el Norte. Entre un modelo y otro, entre la adaptación vital de un mundo a otro, los creadores del Sur han sacado sus notables recursos. La vida en sí misma es una extrañeza sin fin, los términos de la experiencia son indiscernibles. Los Douthit de “Tierra trágica” ya no saben ni para qué viven. Spence, el padre, no trabaja desde hace mucho tiempo, cuando la fábrica de explosivos fue desmantelada. Maud, su esposa, se arrastra contra las paredes de la casa afectada de un mal impreciso que sólo apacigua un tónico que se termina transformando en la única cosa por la que suspira. Mavis, la hija menor, de trece años, fue reclutada en las filas del “Pavo Blanco”, uno de los burdeles más caros de la ciudad. Sólo Libby, la mayor, parece tener la cabeza sobre sus hombros: vive aparte, ayuda a sus padres, y en las primeras páginas sabemos de su determinación de regresar a Beaseley County después de casarse con Jim Howard, un joven herido en la guerra y también oriundo del mismo sitio. Por supuesto, los Douthit lo deben todo: alquiler, agua, luz… Y tampoco saben cómo ponerse al día.
Lo que anima esta historia es la aparición de la Sra. Jouett, una funcionaria del Ministerio de Bienestar Social que está al tanto de la situación de los Douthit. Este personaje designa para el caso a la Srta. Saunders, asistente social debutante. A partir de allí, el trato es claro, al menos para el lector: los Douthit sacan a su hija del prostíbulo y se marchan a Beaseley County y el Ministerio se encarga de los gastos para que puedan comenzar una nueva vida. Es a partir de entonces cuando se ejemplifican los conflictos centrales de esta novela. Un pasaje en especial podría resumirlo todo: es una de la primeras visitas de la Srta. Saunders, junto con las ubicaciones de cada personaje de la escena. La propia Srta. Saunders está en la calle, junto a su automóvil; Spence Douthit en las escaleras del porche; Maud está detrás, parada en la puerta de la casa. La Srta. Saunders expone de un modo altisonante y semi-romántico el plan de acción para resituarlos. Del otro lado, Maud cree que la Srta. Saunders es una de esas vendedoras de corbatas que terminan acostándose con sus clientes y sacándoles todo el dinero. Entre una mujer y otra, tirado por un lenguaje y por el otro, Spence cambia de parecer todo el tiempo, su lenguaje se reacomoda ante las vueltas de la conversación y el resultado es nada. “Yo me creo lo que me parece”, dice Maud al final de la discusión. Y así es. Toda la novela parece estar fundada sobre el principio de un malestar en el que nadie sabe exactamente qué es lo que el otro quiere de uno.

Y ahora una idea provisional, apenas motivada por un par de ejemplos de la obra de Caldwell. Una vez leí que era difícil emparejar el romanticismo de Lord Byron con el de sus coetáneos ingleses Wordsworth, Coleridge o Shelley, por considerarse en realidad una suerte de “contravoz irónica”. La afirmación es de M.H. Abrams (en “Romanticismo. Tradición y revolución”), un viejo profesor de Harold Bloom. Leyendo a Caldwell, y observando su capacidad para el humor, y el humor más negro, se me fija una idea parecida intentando encajar al autor en la plural tradición del Gótico Sureño. El malestar del que surge el Gótico Sureño, el de Faulkner, O’Connor o McCullers, tendría que desdoblarse para llegar a la voz de Caldwell.

Spence notó una mano que le tiraba de un brazo, y al volverse a mirar, vio a Justine de pie junto a él.
-Si voy a su casa, ¿me dará usted un cuarto de dólar, señor Douthit? -le preguntó en un susurro apresurado, mientras contemplaba a su padre que regresaba del puesto -. ¿Quiere usted, señor Douthit?
-Márchate -dijo Spence, nervioso, empujándola.
-¡Haré lo que sea, señor Douthit! -rogó ella -. ¡Palabra que lo haré!
Empezó a retroceder a medida que su padre se acercaba al árbol. Antes de volverse y echar a correr, sonrió a Spence y entornó los ojos infantilmente.
Floyd cogió un puñado de tierra y se la tiró. Spence se sentía confuso.
-¿Qué te estaba diciendo, Spence? -preguntó el padre, enojado.
Spence sacudió la cabeza. No podía decidirse a decir la verdad acerca de la chiquilla.
-Nada, Floyd -mintió. Su cara se iba entristeciendo y dirigió la mirada hacia el canal. Floyd le contemplaba muy serio -. Pero te confieso que si yo estuviera en tu pellejo haría todo lo posible por meterla en cintura. Una niña como esa puede acabar armando un gran lío. Estoy bien enterado, porque Mavis a estas horas anda por ahí como oveja sin cencerro.
-Estoy metido en el peor embrollo que puede tener un hombre -dijo Floyd. Su voz eran ronca y desapacible -. No sería tan malo si fuera una sola, pero tengo ocho y otra en camino. Soy capaz de tener diez o doce aún -sacudió la cabeza con desaliento -. Es este condenado sitio el que tiene la culpa.

Calificación: Muy bueno.

Título original: Tragic ground
Editorial: Luis de Caralt editor, Barcelona, 1968.
Traducción: Regina Flavio
(Sin ISBN)

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