La tía Julia y el escribidor, Mario Vargas Llosa

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Vargas Llosa

Debe haber mentido, omitido y exagerado, pero muestra un sustrato autobiográfico que, debo decirlo una vez más, apenas si agita mi morbo. Es cierto que a uno le da cierta curiosidad hurgar en la vida de los otros pero, cuando se trata de una historia, es bastante más interesante dejarse llevar por los bamboleos de la historia, los de la trama y los del camino de palabras. Permitirse el sacudimiento de una bolsa de papas en la caja de un camión que recorre un camino en medio de una cordillera que uno desconoce. Y, de a ratos, darse cuenta de que lo liso o lo rugoso del camino son indicadores civilizatorios o del cuidado de la vialidad inefable de Dios.

Es la historia de un Varguitas de dieciocho años que trabaja en una radio y que, siendo un brote promisorio y aún muy verde de una familia “selvática”, se enamora de la Tía Julia, que lo es política y no sanguíneamente, y va desgranando las vicisitudes del romance con esa mujer boliviana, de treinta y dos años y divorciada. Estas están matizadas por la figura del frondoso autor de los radioteatros de la radio vecina, de los mismos dueños, el singular y también boliviano Pedro Camacho, uno de esos personajes que tienden a incrustarse de manera indeleble en la memoria del lector, por lo exagerado, maniático y eficiente. Además de por los exitosísimos, hiperbólicos, sangrientos y por fin entremezclados radioteatros que escribe en medio de una disciplina sobrehumana, con unos ritualismos contagiosos que sacan de su sopor a los decadentes actores. Estas historias van vertebrando el relato del ahora laureado Mario, que en la historia sirve de testigo de Camacho. Estos relatos aportan una cuota de fantasía desbocada que, al principio, genera perplejidad pero que, a medida que avanzan tropezando y mostrando sus demenciales hilachas, acaban por ser un metarrelato que entretiene y desgrana lo que se percibe como síntomas de su autor. Es en ellos que Vargas Llosa muestra la versatilidad de su lenguaje, adaptado como una fina película a las necesidades del momento, en peruanismos o latinajos, dejando entrever a su través el triperío del autor, que sufre, se emociona, se caga de la risa y lo transmite.

                Hizo una pausa efectista, como midiendo el tamaño de mi inocencia o estupidez.

                -¿Cree usted que sería posible hacer lo que hago si las mujeres se tragaran mi energía? –me amonestó, con asco en la voz-. ¿Cree que se pueden producir hijos e historias al mismo tiempo? ¿Que uno puede inventar, imaginar, si se vive bajo la amenaza de la sífilis? La mujer y el arte son excluyentes, mi amigo. En cada vagina está enterrado un artista. Reproducirse, ¿qué gracia tiene? ¿No lo hacen los perros, las arañas, los gatos? Hay que ser originales, mi amigo.

                Sin solución de continuidad se puso de pie de un salto, advirtiéndome que tenía el tiempo justo para el radioteatro de las cinco. Sentí desilusión, me hubiera pasado la tarde escuchándolo, tenía la impresión de, sin quererlo, haber tocado un punto neurálgico de su personalidad.

Calificación: muy bueno

Editado por Punto de lectura, España, 2001, 563 págs.

ISBN: 84-663-0229-8

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