El hombre en busca de sentido, Viktor Frankl

Frankl
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Víktor Frankl fue un psiquiatra judío que sobrevivió al tormento infrahumano de los campos de concentración, y aquí ofrece el testimonio de esa experiencia. El libro se compone de dos partes. La primera –y más conmovedora- retrata la vida en el lager y las alteraciones psicológicas que allí se desprenden del abuso y el maltrato del hombre por el hombre. Sin incurrir en la reseña morbosa y estéril del asunto, aunque  sin faltar a la verdad, el autor fundamenta concienzudamente sus ideas respecto a  los efectos colaterales en la mente del recluso, desde el momento de su entrada hasta su liberación. A saber: los trastornos de conducta causados por la falta de descanso, la apatía, la reinterpretación del valor del alimento y los afectos, lo precioso del sueño e incluso de la pesadilla en medio de una realidad desbordada, la pulsión y admisión del tiempo, los planes de fuga, la añoranza de soledad, el resquebrajamiento del autoestima, la psicología de los guardias… Podríamos seguir, pero lo que al autor le interesa por sobre todas las cosas es la búsqueda de un sentido en esa “existencia provisoria” e incierta. Así, la valencia real o autobiográfica de este sector funciona como plataforma de la segunda parte, donde la lectura se impregna del gusto existencialista que rezuma en el título, y Frankl explica la teoría que fue elaborando a lo largo de su confinamiento: la Logoterapia.
Derivada del griego logos, esta disciplina se ocupa del “sentido”, “significado” o “propósito” de la vida; e implícitamente remite a esa pregunta que Camus planteaba como disparadora de todo el pensamiento filosófico: ¿merece la vida ser vivida?
Para Frankl, y en contraposición a los aportes de Freud y Adler, el hombre no es un mero instrumento de la “voluntad de poder” o “principio de placer”. Tampoco la motivación de su conducta está destinada a conciliarse con un sistema moral, pues este ejerce una fuerza más de contención que de impulso. Actuar al servicio de las necesidades instintivas o morales puede conceder un equilibrio de las pulsiones sexuales y cierta tranquilidad de conciencia, pero no un sentido cabal para la existencia del ser. Estos mecanismos son meras compensaciones ante la frustración de una “voluntad de sentido” latente en todos nosotros. Permitiéndose disentir, además, con intelectos de la talla Sastre y aquella idea de que el hombre debe resignarse al absurdo de la existencia; Frankl afirma y cree en un sentido cambiante, personal y omnipresente que es dable definir aún bajo el yugo de la experiencia más desalentadora. Y ese sentido siempre está radicalizado en el futuro y en el amor; el amor a una mujer, a una profesión, a un ideal, un árbol, una roca, una nube.
Sería complicado explicar todo el sistema. Sin embargo, vale decir que entre otras muchísimas ideas innovadoras y atizadas por un leve parricidio, la Logoterapia reivindica el sufrimiento no cómo condición sine qua non, pero sí como síntoma o señal de una tensión interna -noodinámica- a veces necesaria para reubicar o descubrir el significado de nuestra permanencia en la Tierra. El intento de la terapia tradicional por menguar urgentemente ese dolor, aquí se interpreta como una medida desacertada y peligrosa.
El diálogo entre ambas partes logra que la disquisición filosófica se asiente y adquiera un peso sensible y persuasivo. Este es un libro que invita a la relectura, y la merece.

Aunque resulte paradójico, en aquellas especiales circunstancias, un golpe bien dado, certero, quizá hiere menos que otro que no atina en el blanco. Recuerdo, en una marga ocasión, encontrarme de pie junto a la vía del ferrocarril bajo una tormenta de nieve. A pesar del temporal, a nuestra cuadrilla no le permitían interrumpir el trabajo. Me afanaba con ahínco en repasar la vía rellenando los huecos con gravilla, también porque ese era el único modo de entrar en calor. Durante unos segundos hice una pausa para tomar aliento y apoyarme sobre la pala. Por desgracia, en aquel momento el guardia se giró y me vio: pensó que vagueaba, que me hacía el remolón en el trabajo. Ni usó su látigo, ni sus insultos, ni bramó enfurecido los tacos rutinarios. Seguramente juzgó innecesario malgastar sus palabras con aquel cuerpo andrajoso y demacrado, que difícilmente dibujaría algo parecido a una figura humana. En vez de golpearme o insultarme, alegremente se agachó para coger una piedra y lanzarla contra mí, como quien juega a un juego macabro. Así se trata a los animales domésticos, sobre los que ejercemos un señorío que nos permite el placer de no molestarnos en castigarlos. Aquella pedrada me hirió más que los inmerecidos latigazos o los bestiales insultos. Se grabó en mi corazón de manera imborrable.

Calificación: Muy bueno.
Títulos originales: Ein Psychologe erlebt das Konzentrationslager, Man´s Search of Meaning, From Feath-Camp to Existentialism
Traducción: Christine Kopplhueber (del alemán) y Gabriel Insausti Herrero (del inglés).
Edición y prólogo: José Benigno Freire.
Editorial: Herder, España, 2004.
ISBN:

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4 comentarios en “El hombre en busca de sentido, Viktor Frankl

  1. Magnífico libro. Hay una biografía de Frankl, un poco novelada y muy asequible, de su época del campo de concentración. Se llama “Cuando el mundo gira enamorado” y es una preciosidad.

  2. ¡Gracias por tu comentario, Pilu!
    La verdad que Frankl demuestra ser un tipo hipersensible y, además, con una fuerza verbal muy poderosa. Ya mismo anotaré ese título que mencionas.
    Un saludo grande.
    🙂

  3. Me desesperé por saber qué era la noodinámica.
    Y me parece que tiene razón Frankl: los deprimidos son los que no van hacia ninguna parte y las aguas quietas no son sinónimo de felicidad. Tal vez los griegos que propugnaran el equilibrio lo tuvieran como objetivo porque el relajo era demasiado grande.
    En mi caso, pienso en un antes y un después de decidir qué era lo que me gustaba y quería hacer. Intervinieron dos personas: una con las armas del mal y la otra con las contrarias. Les hice caso.
    Interesante pisada en el blog, que yo he llenado tanto de policiales…

  4. “Aquella pedrada me hirió más que los inmerecidos latigazos o los bestiales insultos. Se grabó en mi corazón de manera imborrable.”

    Casi lloro con esto, en serio…

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