Ardores de agosto, Andrea Camilleri

Camilleri
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El comisario Montalbano espera la visita de su amada Livia y un matrimonio amigo. Apenas la familia se instala en un confortable chalet, comienzan a ocurrir hechos extraños: arañas, insectos y ratones brotan de una grieta en el piso. Pronto no queda otra opción que indagar hasta el fondo del asunto, y a medida que se excava en el terreno de la casa van asomando las paredes de una vivienda oculta. El lugar carece de mobiliario a excepción de un baúl donde yace el cadáver de una chica desaparecida seis años atrás. Entonces, apenas la grieta abre la boca se revela el conducto de una garganta insondable que expele el tufo y el horror de una súplica, un hambre de justicia. Y así comienza el intento por zurcir o acaso remendar ese vacío, desplegándose una aventura con todos los condimentos del policial.
Mientras tanto, el sol de agosto calcina las almas de Sicilia y mengua los ánimos hasta la exasperación. Camilleri logra conducirnos con vértigo e interés por las circunvalaciones de la trama, arropados por esta atmósfera que da lugar a momentos tan cómicos como agobiantes. Y es que Montalbano supedita poco menos que su existencia a la comida y el confort, lo que además de humano lo vuelve profundamente simpático. No obstante, ese ardor expresado en el título no hace referencia únicamente al marco de la historia, sino al ardor sexual del comisario frente a la hermana gemela de la víctima. Aquel lector malpensado que ahora suponga un aire de necrofilia, se equivoca; porque incluso el ropaje dramático del crimen queda por momentos diluido en la cordialidad de los personajes.
Haciendo uso y abuso de sus dotes de guionista, el autor se luce en la urdimbre de los diálogos, lo que termina desplazando a la voz narrativa hasta un rol de mera “conducción”. Este mecanismo tal vez sea el causante de ese vértigo que crece a la par del interés y la voracidad del lector; aunque por momentos se vuelve inverosímil. Cada tanto alguno de los personajes se ve forzado a hacer una reseña de la investigación, como si necesitara aclararse –y lo que es peor, aclarar al lector- todo lo ocurrido hasta el momento. Esto supone dos debilidades peligrosas. Primero: la debilidad de no confiar en el lector. Y segundo: la de poner en peligro la verosimilitud de su historia.
Por lo demás, la novela no parece ajustarse del todo a sus pretensiones. Más allá del tono satírico, todo indica que estamos ante un policial clásico, o al menos así lo sugiere la primera mitad del libro. Pero pronto todo se desborda. La esperada conclusión asombrosa y omnisapiente del detective aquí se trata de un mero formulismo traído de los pelos, al tiempo que la investigación paralela al crimen central que suponíamos imprescindible para el encastre queda absolutamente suspendida, sin otra razón que la de acentuar un tono de mafia y peligro que ya se había dado. No conforme con esto, alguien podría argumentar que esa rigidez que tan imperiosamente se le reclama al policial es al fin y al cabo relativa, y que incluso cierta trasgresión a las leyes del canon pueden ser consecuencia de una intención soterrada. En este caso, esa intención se me pierde.
Uno se imagina a Camilleri detrás de su historia, como si empujara un auto sin batería por una calle inclinada. Apenas apoya el peso de su talento, el auto se mueve y avanza sin problemas hasta alcanzar la velocidad precisa. Pero él no sabe cuándo detenerse y sigue empujándolo, haciendo ostentación de su fuerza. Entonces el auto lo supera. Poco a poco se despega de sus palmas, y lo deja atrás.

-¡Vaya, vaya!- fue la asombrada exclamación del señor Callara cuando bajó por la ventana del cuarto de baño y lo vio todo listo para entrar a vivir.
Con la linterna encendida, Montalbano lo acompañó a las demás habitaciones.
-¡Vaya, vaya!
Después llegaron al salón.
-¡Vaya, vaya!
-Fíjese, hasta los marcos están preparados. Basta desempaquetarlos.
-¡Vaya, vaya!
Como por casualidad, el comisario iluminó un instante el baúl.
-¿Y aquello qué es?- preguntó Callara.
-Un baúl, me parece.
-¿Qué hay adentro? ¿Usted lo ha abierto?
-¿Yo? No. ¿Por qué iba a hacerlo?
-¿Me deja la linterna?
-Aquí tiene.
Todo estaba siguiendo el curso previsto.
Callara levantó la tapa e iluminó el interior del baúl, pero no dijo “vaya, vaya”, sino que pegó un brinco hacia atrás.
-¿Qué hay?
-Pero… Pero… Aquí dentro hay… Hay… ¡Un muerto!
-¡¿De verdad?!

Calificación: regular
Título original: La vampa d’agosto
Traducción de María Antonia Menini Pagés
Ediciones Salamandra, España, 2009.
ISBN:  978-84-9838-214-3

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Un comentario en “Ardores de agosto, Andrea Camilleri

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