Una historia montevideana, Gualberto Trelles Merino

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Trelles Merino

La verdad es que lamentaría en cierta forma que este libro, publicado a mediados de año, haya pasado desapercibido. O al menos el inicio de esta larga historia que la editorial Banda Oriental promete entregar cada tanto. Primero, porque el género de las memorias es algo que escasea en nuestro medio y que sería bueno fomentar. Segundo, cosa no menor, porque en algunos momentos está muy bien escrito. Tercero, porque tiene algo diferente.
“Una historia montevideana” (o esta primera entrega) está compuesta por dos partes: “Memorias de la Banda Artola” y “Lejos de casa”. En la primera de ellas su autor, Gualberto Trelles Merino (Montevideo, 1932) cumple con el requisito, si de memorias se trata, de todos sus coetáneos. Empezamos a conocer entonces la historia de un niño de clase media venida a menos en el Uruguay que se ha beneficiado de las guerras mundiales pero que comienza su inexorable declive a partir de los ’50. Esto es, en rigor, lo consabido. Trelles Merino lleva adelante el rol de la evocación mágica, melancólica y por momentos casi plañidera de todo ese Uruguay que se fue con su base de buenas costumbres, matinés con cowboys, botella de leche en la vereda, un gallego en un bar, etcétera, como, desde luego, lo han hecho también otros autores de su generación y de filiación política de izquierda (véase “Otro mundo”, de Carlos Caillabet). De hecho, sería interesante un día indagar por qué o cómo existe entre los hombres de izquierda de alrededor de setenta años en este país un discurso hinchado de nostalgia por la gran mayoría de los productos audiovisuales de Hollywood. En el caso de “Una historia montevideana”, si uno tiene paciencia y juzga que puede haber algo más que la marca distintiva de un grupo etáreo e ideológico, será recompensado. Ya no sólo tenemos enfrente las aventuras y desventuras escolares del protagonista, con romances, reflexiones sobre la Segunda Guerra Mundial o el simple delineamiento de los personajes, sino el misterio que llevó a una elaboración personal de la experiencia. Este libro es, en ese sentido, la historia de una educación sentimental. En la segunda parte, cuando el narrador nos presente lo sucedido en los casi dos años que vivió en Estados Unidos, el interés será el mismo. Más allá de algunos cambios bruscos en el estilo o de alguna otra aspereza, por lo general Trelles Merino sorprende con un lirismo fino, a veces al borde de lo inidentificable, en perfecta sintonía con ese pasado que se busca tanto como la posibilidad de una epifanía, así como por el deseo de realizar ciertas paces con el mundo.

Cuando mi madre se sentaba conmigo a escuchar música clásica, generalmente, pero no siempre, un concierto de la Orquesta Sinfónica del SODRE trasmitido por radio, se sucedía en mí una variedad de sentimientos. (…) ¿Qué era aquella gente aplaudiendo durante minutos a un señor que salía a saludar; qué era esa enormidad de músicos, detrás de cada uno de los cuales se escondía el esfuerzo de años de prácticas reiteradas, reuniéndose sacramentalmente desde hace centurias para hacer música, para exaltarse, sonreír, estremecerse por aquellos sonidos de apariencia insensata? Y de a poco, con el apoyo de mi madre, comenzaba a surgir la necesidad de esperar, de esperar que llegara a mí algo de aquello que percibía secretamente, pero de lo cual me hallaba separado. Y de eso precisamente, de la curiosidad y la paciencia, la voluntad de repetir la experiencia las veces que fuesen necesarias hasta llegar a la difícil comunión que los demás compartían, constituía la esencia de mis primeras experiencias, que muy pronto variaron de signo.

Calificación: Bueno.

Editorial: Ediciones de la Banda Oriental, Montevideo, 2010.
ISBN: 978 9974-1-0650-5

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3 comentarios en “Una historia montevideana, Gualberto Trelles Merino

  1. Me empantané en las primeras páginas y después el ritmo del año me ganó y dejé el libro. Ya pensaba retomarlo, de lo que me convence aún más tu reseña.

  2. Totalmente!!!! Creo que venden a suscriptores y con eso ya dan el negocio por bueno. Las librerías los complican, creo. Al igual que los autores vivos y en condiciones de cobrar!!!
    Igual, un abrazo fraterno para el Gran Raviolo y el Gran Abella!!!

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