La ciudad, Mario Levrero

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Levrero

“La ciudad” (1966) es la primera de las novelas que conforman lo que años después se denominara “Trilogía Involuntaria”, del autor uruguayo Mario Levrero (1940 – 2004), además de ser su primera obra de largo aliento. La escribió cuando tenía tan solo veintiséis años, aunque la juventud escritural no parece ser un inconveniente a lo largo de las líneas de “La ciudad”. Es una obra madura que si bien tiene un modelo indiscutible del que se ha nutrido (“El castillo” de Kafka), ese modelo representa una influencia y, de ningún modo, una emulación. Levrero tiene su propia forma de contar los hechos que aparentemente quisieran entrar en el mundo de lo fantástico pero que, si se los observa y analiza detenidamente, no traspasarían los límites del “cuento extraño” como lo denomina Todorov.

Un hombre montevideano (eso lo sabremos al final) intenta vacacionar en un lugar alejado, pero tras proponerse hacer un mandado, y luego de una despiadada tormenta, termina por llegar a una ciudad misteriosa, cuyas reglas parecieran tan extrañas a nuestro mundo cotidiano y, a la vez, tan familiares a los lugares extraños que de veras existen en este mismo mundo cotidiano, que el protagonista anónimo (a la vez que narrador) intentará seguir y a la vez desobedecer dichas reglas, hasta llevar sus razonamientos y comportamientos a extremos irrisorios. Es cierto que quedan algunos elementos pendientes (la identidad de Ana, la llegada de La Empresa, el destino de Giménez y su esclava, aquel bar fantasmal; en resumidas cuentas, el destino de la ciudad), pero este parece un propósito deliberado, como si la incompletitud de la historia y las ganas de saber más fueran las encargadas de suministrar ese toque entre encantador y delirante que hace de “La ciudad” un fenomenal debut de uno de los mejores narradores que hemos tenido y que, sin duda, no ha gozado del reconocimiento que debería tener. Espero que las otras dos partes no me defrauden.

– ¿Ve usted esa ventana? – Como yo no contestara enseguida, pues quería estar seguro de la dirección exacta que señalaba su dedo, agregó: – Ésa, la única iluminada de la cuadra.

-Sí- respondí; en efecto, a pesar de tener las persianas cerradas, se filtraba una débil luz amarilla; el resto de la cuadra estaba en sombras.

-Bien.- Hizo una pausa, quizá con intención de aumentar el efecto de las palabras siguientes-. En esa pieza está Ana; lo está esperando.

-¿A mí?- pregunté, con un sobresalto.

-Claro, a usted- respondió, con una sonrisa; pero estaba serio, y la sonrisa también era seria. Agregó-: No tiene más que ir a verla; entre por el portal que está inmediatamente debajo de la ventana, que no tiene llave; luego, continúe por el corredor, que es muy largo. Está oscuro, pero no tema, porque no hay escalones hasta mucho más adelante. Con la mano derecha debe ir rozando la pared; tocará tres aberturas, que corresponden a tres corredores que se abren hacia la derecha; pero debe seguir el tercero, ignorando los otros dos. Debe ir rozando la pared izquierda, esta vez, al llegar a una segunda abertura, debe doblar a la izquierda, pero teniendo cuidado porque es una escalera. No le recomiendo que encienda fósforos, u otra clase de luz; le puede traer problemas. Contará cuarenta escalones, separados por tres descansos; en cada uno de esos descansos, deberá torcer a la derecha, pues la escalera tuerce; si sigue de largo se perderá, puesto que hay otros corredores y otras escaleras. Una vez que ha llegado al cuarto descanso, no tiene más que arrimarse a la pared y caminar, siempre, rozándola con los dedos, hacia la derecha; al tocar la cuarta puerta se encontrará exactamente en esa pieza, la de la ventana iluminada, y allí estará Ana, esperándolo.

Calificación: Excelente.
De “Trilogía involuntaria” (volumen triple), Editorial DeBolsillo, 1ra edición, Barcelona, 2008.
ISBN: 978-84-8346-798-5

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13 comentarios en “La ciudad, Mario Levrero

  1. ***

    Hasta ahora, de las tres, leí solamente “La ciudad” y “El lugar”. De ambas, prefiero a “El lugar”. Me pareció más atrapante, más efectiva y opresiva. Sin embargo, recuerdo pasajes de “La ciudad” muy graciosos, como ese en el que el narrador llega a la casa de María por las vías del tren y están todos esos niños rebotando por todo lados…
    Un abrazo.

  2. Que decir …esa pesadilla que compartimos con el personaje, parece dejar indiferente al autor, que no toma partido y solo mira desde la barrera los infortunios que sufre el protagonista, pero creo que la verdadera historia de esta novela es esa cuidad que se diluye en la niebla, ese mundo imaginario en el cual Levrero hace que nos sintamos inquietos, turbados, como hace sentir a su personaje, el cual parece sufrir el juicio de poderes desconocidos y tortuosos, que son las obsesiones que tiene Levrero hacia el mundo que le rodeaba y aun más creo yo a su corta edad de 26 años.

    Saludos …

  3. Recuerdo esto: iba caminando hacia mi trabajo al mediodía, por un largo bulevar bordeado de campo. Caminaba leyendo. En esa época era una práctica común para mí. Leía “El lugar” (edición de Banda Oriental, recuerdo). Me faltaba todavía un manojo de páginas para terminarlo. En un momento tuve que sentarme al costado, al otro lado de una cerca de madera, para leer tranquilo. Había caballos y ovejas pastando junto a un tajamar desbordado. Llegué tarde al trabajo.

  4. Para mí la mejor parte de la trilogía, y tal vez de lo más destacado de Levrero junto con La novela luminosa, es “Paris”.
    Un abrazo. Y me alegra que Levrero haya irrumpido en el blog.

    1. Ahora estoy por terminar “El lugar” y después voy a leer la última, que es “París”. Ya veré lo que me depara esta última novela de la trilogía.

      ¡Abrazo y feliz año!

  5. “La ciudad” (1966): Mario Levrero tenía veintiséis años. Y en esta novela ya aparece dominando el arte de narrar, con los verbos apropiados, con mesura, sin estridencias, manejando el tono adecuado y mostrando que no se necesita mucho más para narrar bien. Creo que debió haber sido como encontrarse con un mago que escribe una historia ambientada, presionada, perfumadas y sostenida por un ambiente especial desde el comienzo y aumentando a medida que se acerca el final: esa atmósfera real y rara de los sueños. Sueños en los que debe haber habido imágenes, palabras y ocurrencias que después que pasaron todos al papel permitieron la sonrisa y el desanso real, natural del autor.

  6. La Ciudad me pareció un excelente libro. Lo leí escuchando de fondo un disco de música navaja de las tribus de Arizona y me transporto a ese misterioso universo de incertidumbre e incoherencias. También al leer este libro me recuerda (no se porque) al anime El Viaje de Shihiro. También me llama la atención, sobre todo la escena del tren, donde me da la impresión de que al final viajan en el último vagón como animales unos encima de otros. En fin. Es rara pero muy emocionante.

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