El cementerio de Praga, Umberto Eco

**
Eco

Había escuchado en algún lugar que algunos líderes judíos saltaron como resortes en contra de este libro, obviamente por considerar que tenía trazas antisemitas. Debo confesar que supuse que se trataba de algún tipo de explosivo publicitario. Es más, y peor, oí que alguien tendía paralelismos con “El Código Da Vinci”. Supuse que, por fuerza, Eco tendría más argumentos y armas que Brown y me zambullí en el maremágnum del relato, que no hace sino comenzar con una clara declaración del antisemitismo del personaje, el Capitán Simonini, un piamontés radicado en París. Hay que aclarar que, además de denostar a los judíos, desprecia a los alemanes, a los franceses, a las mujeres y a casi todo lo que se le cruce excepto los placeres culinarios y el dinero. Parte del relato consiste en biografiar a Simonini, lo cual se logra a partir del diario que este empieza a llevar luego de que descubre lagunas en su memoria, y a instancias de un tal Doctor Fröide, a partir de lo cual se asiste a una infancia italiana en la que el abuelo es decisivo a la hora de insuflar odio en el crío y de aislarlo de la sociedad. Aparecen los carbonarios y Garibaldi. Y las primeras maquinaciones fraudulentas del personaje, que no hará otra cosa a lo largo de su vida, y del relato, que dedicarse a las falsificaciones, espionajes, chantajes y complots. Para activar la necesidad de la comprensión, en un mecanismo entre policial y metafísico, Eco instala una segunda voz narradora, la de un sacerdote llamado Dalla Piccola, cuyos aposentos se comunican con los de Simonini por el alcantarillado parisino y que recuerda lo que el otro olvida. Las pistas se siembran para que se lo piense un álter ego, y eso es: una dislocación de esa personalidad falsaria. La trama, como conviene al retrato de alguien dedicado a entreverarlo todo para sacar provecho, se va enredando sobre sí misma, sin evitar atar los cabos que parecieron haberse cerrado y que vuelven como las cabezas de la Hidra de Lerna, pero podridos. De ese modo, como todo se vuelve sobre sí mismo, todos los vituperios hacia los judíos parecen ser la exacta descripción del carácter execrable del personaje.
Hay un paquete que incluye masonería, antisemitismo, anticlericalismo, carbonarios, garibaldinos y todo lo que anduviera en la vuelta en el siglo XIX. El combo aparece mirado con los evidentes ojos del observador que es Umberto Eco hoy en día. El cinismo del personaje aparece construido a través de una visión política moderna que mira hacia atrás. Eso es particularmente llamativo cuando se describe como un insumo político el porcentaje de personas idealistas o exaltables, es decir, funcionales a unos intereses ocultos que parecen manejarlo todo. Porque de eso se trata la historia, que se sitúa a la sombra, mirando a luz de vela los movimientos conspirativos hasta el hartazgo, un hartazgo que efectivamente logra a fuerza de dar nombres en cataratas, de sumar personajes página tras página, de no avanzar hacia nada, de estar largas páginas hablando de un episodio secundario, de dibujar un collage apretado de todas las corrientes políticas e ideológicas del siglo, teniendo la precaución de que todo parezca mentira, de buscar transmitir la idea de que todo es conspiración.
Hay libros que quedan cortos. Otros, como este, se exceden. La erudición de Eco, trasuntada en la utilización de figuras históricas y acontecimientos reales, acaba siendo un obstáculo que atenta contra el equilibrio literario. Y, por cierto, el libro no es antisemita. Casi podría decirse que es una caricaturización de la elaboración de los textos contra los judíos, de sus fundamentos inexistentes.

Siento cierto apuro, como si estuviera desnudando mi alma, en ponerme a escribir por orden -¡no, válgame Dios!, digamos por sugerencia- de un judío alemán (o austriaco, lo mismo da). ¿Quién soy? Quizá resulte más útil interrogarme sobre mis pasiones, de las que tal vez siga adoleciendo, que sobre los hechos de mi vida. ¿A quién amo? No me pasan por la cabeza rostros amados. Sé que amo la buena cocina: sólo con pronunciar el nombre de La Tour d’Argent experimento una suerte de escalofrío por todo el cuerpo. ¿Es amor?
¿A quién odio? A los judíos, se me antojaría contestar, pero el hecho de que esté cediendo tan servilmente a las incitaciones de ese doctor austriaco (o alemán) me dice que no tengo nada contra esos malditos judíos.

Calificación: regular
Título original: Il cimitero di Praga
Traducción: Helena Lozano Miralles
Editado por Lumen, diciembre de 2010, Barcelona, 587 páginas que se reman
ISBN: 978-84-264-1868-5

Anuncios

5 comentarios en “El cementerio de Praga, Umberto Eco

  1. Buen comentario, Ignacio.
    Hace unas semanas leía algo del libro-diálogo de Eco junto a Carriére, y pensaba que si bien Eco tiene una soltura notable para analizar en términos de impacto cultural todas las innovaciones tecnológicas, por debajo hay una nostalgia enorme por una época en la que quizás él se hubiera sentido más, mucho más a gusto. Ahora leer tu reseña y todo lo que refiere sobre las intrigas en pleno XIX, me dio la sensación de que sigue empeñado en escribir una obra menos de este siglo (por el XX, por el XXI, qué sé yo) que de otros siglos. Es cierto, abundan obras con conspiraciones situadas en el pasado (Ken Follet, etc.) y que venden muchísimo y son un poco pasatistas… Eco no entra en ese conjunto, me parece, aunque quizás caiga en la misma bolsa…

    1. Es verdad. Toda la ficción que he leído de él está en algún tiempo histórico. Sin embargo, la mirada es muy actual. Un ejemplo claro es lo mejor que escribió, “El nombre de la rosa”, que esa sí fue una obra original. En “El cementerio…”, me parece que se deja alcanzar por el pelotón, aunque se le note el músculo.

  2. El nombre de la rosa es una gran novela, yo le daría *****. Pero la crítica, con Nacho en ella, deja como la idea de que este hombre escribe de más a menos… No pude pasar de las primeras diez páginas de La misteriosa llama…

  3. Al “Cementerio…” todavía no he podido entrarle. Lo tengo en la mesa de luz desde diciembre. Leí hasta que Simonini se da cuenta que Dalla Piccola puede ser la misma persona. “El nombre de la rosa” me gustó muchísimo, la La Misteriosa llama… la leí casi de un tirón, pero mi favorita por lejos, la que siempre releo como fuente de insiración es El Péndulo de Foucault. Perdón por las referencias tan personales, pero vi que todos expresaban sus preferencias.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s